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Un pálido semblante la observaba desde una de las amplias ventanas del piso superior: era una anciana, y su mirada no podía ser más seria.

Julia abrió la boca para preguntarle a su padre si la conocía, pero Gerlof ya se encontraba junto al coche. Se apresuró a abrirle la puerta.

Cuando volvió a mirar, la mujer de la ventana había desaparecido.

Gerlof se acomodó en el asiento y consultó su reloj.

– La una y media ya -anunció-. Vayamos a comer algo. Después entraremos en alguna tienda de licores. He prometido a algunos vecinos del hogar Marnäs que haría unas compras. ¿Te parece bien?

Julia se sentó al volante.

– El alcohol es un veneno.

Comieron el plato de pasta del día en uno de los pocos restaurantes de Borgholm que permanecían abiertos en invierno. El comedor estaba casi vacío, pero cuando Julia sacó a colación la visita a Martin, Gerlof sacudió levemente la cabeza y se concentró en su plato. Más tarde su padre insistió en pagar la cuenta, y luego fueron a comprar dos botellas de aguardiente sazonado con ajenjo, una botella de licor de yema de huevo y seis latas de cerveza alemana. Julia tuvo que cargar con todo.

– Bueno, ahora ya podemos volver a casa -anunció Gerlof cuando estuvieron de nuevo en el coche.

Hablaba con el tono de voz despreocupado del que acaba de pasar un día maravilloso en la ciudad, y a Julia le crispaba los nervios. Puso rápidamente la primera y salió a la calzada.

– No ha pasado nada -se lamentó mientras frenaba y se detenía ante un semáforo en rojo al este de Borgholm.

– ¿Qué? -preguntó Gerlof.

– ¿Qué de qué? -dijo Julia, y giró en dirección norte-. Hoy no hemos conseguido nada.

– ¿Cómo que no? Primero hemos comido unas galletas maravillosas en casa de Margit y Gösta -repuso Gerlof-. Después le he echado un vistazo de cerca a Blomberg, el vendedor de coches. Además…

– ¿Por qué lo has hecho?

Gerlof guardó silencio.

– Por diferentes razones -declaró tras una pausa.

Julia tomó aliento.

– Cuéntamelo ya, papá -le pidió mientras miraba fijamente por el parabrisas.

Tenía ganas de detenerse, abrir la puerta y echarlo del coche en medio del lapiaz al norte de Köpingsvik. Parecía que se estuviera burlando de ella.

Gerlof guardó silencio un rato más.

– A Ernst Adolfsson se le ocurrió una idea el verano pasado. Una teoría. Según él, ese día mi nieto, es decir nuestro Jens, se dirigió al lapiaz envuelto en la niebla y no bajó al mar. Y encontró ahí a su asesino.

– ¿A quién?

– A Nils Kant quizá.

– ¿Nils Kant?

– Nils Kant, que murió, sí. Entonces llevaba muerto y enterrado diez años. Tú has visto la lápida. Pero corría el rumor…

– Lo sé -interrumpió Julia-. Astrid me lo contó. Pero ¿de dónde provenía ese rumor?

Gerlof suspiró.

– En Stenvik había un cartero… Erik Ahnlund. Cuando se jubiló nos contó a Ernst y a mí, y a todo el que quisiera escucharle en la aldea, que Vera Kant recibía postales sin remitente.

– ¿Ah, sí?

– No sé desde cuándo -continuó Gerlof-; pero según Ahnlund las postales llegaban desde diferentes lugares de Sudamérica durante los años cincuenta y sesenta. Varias veces al año. Y siempre sin remitente.

– ¿Eran de Nils Kant? -preguntó Julia.

– Probablemente. Es lo más fácil de creer. -Gerlof miró el lapiaz-. Más tarde Nils Kant regresó a casa en un ataúd y fue enterrado en Marnäs.

– Lo sé -dijo Julia.

Gerlof la miró.

– Pero las postales continuaron llegando tras el entierro -añadió él-. Siempre del extranjero y sin remitente.

Julia le lanzó una rápida mirada.

– ¿Es verdad?

– Imagino que sí -indicó Gerlof-. Erik Ahnlund fue el único que vio realmente las postales dirigidas a Vera, pero juró que siguieron llegando por correo durante varios años tras la muerte de Nils.

– ¿Y la gente de Stenvik creía que Kant estaba vivo por esa razón?

– Claro -repuso Gerlof-. A la gente siempre le ha gustado sentarse y charlar al ponerse el sol. Y aunque a Ernst no le gustaban mucho los chismes, él también lo creía.

– ¿Y tú?

Gerlof titubeó.

– Yo soy como el apóstol Tomás -afirmó tras una pausa-. Necesito tener pruebas de que vive. Y aún no las he encontrado.

– ¿Y por qué querías ver a ese tal Blomberg? -preguntó Julia.

Gerlof vaciló de nuevo, como si temiera que su hija lo tomara por un viejo loco.

– John Hagman cree que Robert Blomberg podría ser Nils Kant -respondió al fin.

Julia lo miró a los ojos.

– Vaya -dijo al rato-. Pero tú no lo crees, ¿verdad?

Gerlof negó lentamente con la cabeza.

– Demasiado rebuscado -observó-. Pero la historia de John tiene su lógica. Como te he contado, Blomberg fue marinero. Creció en Småland y con quince años se embarcó como maquinista. Estuvo fuera muchos años…, veinte, veinticinco o más. Al final regresó y se mudó a Öland. Se casó y tuvo hijos. Creo que uno de ellos trabaja en el taller.

– No parece muy extraño -dijo Julia.

– No -convino Gerlof-, lo único sospechoso es que permaneciera tanto tiempo fuera. John ha oído el rumor de que le despidieron del barco donde trabajaba y vagó alcoholizado por algún puerto de Sudamérica hasta que al final un capitán sueco lo trajo de vuelta a casa.

– Pero Blomberg no es la única persona que se ha mudado a Öland, ¿verdad? -repuso Julia.

– No -respondió Gerlof-. Aquí han venido a vivir centenares de personas del continente.

– ¿Y John sospecha de todos? Cualquiera podría ser Nils Kant.

– No. Además creo que Blomberg no se le parecía -señaló Gerlof-. Pero uno ve lo que quiere ver. Mi madre, tu abuela Sara, vio un duende cuando era joven… ¿Te acuerdas? Ella lo llamaba simplemente «el hombre gris».

– Sí, he oído esa historia -replicó Julia-, no hace falta que…

Pero ya no había quien detuviera a Gerlof.

– Fuera lo que fuese, lo cierto es que, un buen día de primavera de finales del siglo XIX, mi abuela vio algo mientras lavaba la ropa en el estrecho de Kalmar, a las afueras de Grönhögen. De pronto, oyó unos pasos apresurados a su espalda, y el duende salió corriendo del bosque, un hombrecillo de un metro de altura que vestía ropa gris. No dijo esta boca es mía, sólo corrió hasta el estrecho y pasó junto a Sara sin mirarla. Y no se detuvo al llegar al agua. Mi madre lo llamó, pero él se fue directo al mar, hasta que las olas le cubrieron y se hundió bajo la superficie. Luego, desapareció.

Julia asintió levemente. Era una historia extravagante; quizá la más extraña de todas las que se contaban en su familia ölandesa.

– Un duende que se suicida -dijo-. Eso no se ve todos los días.

– La historia no es verdadera a todas luces -prosiguió Gerlof-. Pero yo la creo. Creo que mi madre vio un duende, o por lo menos alguna especie de fuerza natural o fenómeno desconocido que ella interpretó como un duende. Y al mismo tiempo sé que los duendes y los trols no existen.

– Por lo menos hoy día no se ven tan a menudo -añadió Julia.

– No -replicó Gerlof lentamente-, y lo mismo ocurre con Nils Kant. Nadie habla de él, nadie lo ve. La policía lo tiene archivado como fallecido, y está enterrado en el cementerio de Marnäs bajo una lápida que cualquiera puede visitar. Y sin embargo, en el norte de Öland hay personas que creen que aún está vivo. Al menos entre los que son tan viejos como para acordarse de él.

– ¿Y tú qué piensas? -preguntó Julia de nuevo.

– Yo creo que estaría bien aclarar todo lo relacionado con Nils Kant -respondió Gerlof.

– Yo prefiero encontrar a mi hijo -apuntó Julia en voz baja-. Ésa es la razón de que haya venido.

– Lo sé -repuso Gerlof-, pero las historias podrían estar relacionadas.