Mucho después comprendió que algunas de las preguntas de la policía se habían basado en la posibilidad de que ella misma -por alguna razón desconocida, quizá porque estaba loca- hubiera matado a su propio hijo y ocultado su cuerpo.
Lennart negó con la cabeza.
– Nunca nos vimos…, al menos no hablamos. Los encargados de tratar con la familia fueron otros policías y, como te dije, mi tarea consistió en dirigir la búsqueda. Reuní a los voluntarios en Stenvik y peinamos la playa durante toda la tarde; yo mismo conduje por los caminos de los alrededores de Stenvik y por el lapiaz. Pero no encontramos nada…
Él guardó silencio y suspiró.
– Fueron días horribles -prosiguió-, sobre todo porque yo…, yo había pasado por una situación parecida, en mi vida privada. Mi padre fue…
Guardó silencio.
– Algo he oído, Lennart -intervino Julia con tacto-. Astrid Linder me contó lo que le pasó a tu padre…
Lennart asintió con la cabeza y bajó la vista.
– Sí, no es ningún secreto -reconoció.
– Nils Kant -dijo Julia-. ¿Cuántos años tenías cuando… cuando ocurrió?
– Ocho. Tenía ocho años -dijo Lennart con la mirada clavada en el suelo-. Había comenzado la escuela en Marnäs. Era uno de los últimos días de clase, un día soleado y precioso. Estaba contento; deseaba que llegaran las vacaciones de verano. De pronto, entre los alumnos empezó a correr el rumor de que había habido un tiroteo en el tren a Borgholm; habían disparado a alguien de Marnäs…, pero no se sabía nada con certeza. No me enteré de lo que había ocurrido exactamente hasta que llegué a casa. Mi madre estaba allí con su hermana. Se quedaron sentadas en silencio un buen rato, hasta que al fin mi madre me contó lo que había pasado.
Lennart guardó silencio, ensimismado en sus recuerdos. Julia creyó ver en su mirada ausente al niño de ocho años conmociona-do y triste de aquel día.
– ¿No podéis llorar los policías? -preguntó con tiento.
– Sí -respondió Lennart en voz baja-, pero se nos da mejor ocultar nuestros sentimientos. -Después añadió-: Nils Kant…, no sabía nada de él. Era más de diez años mayor que yo, y nunca nos habíamos visto a pesar de que vivíamos a sólo un par de kilómetros de distancia. Y de pronto había matado a mi padre.
De nuevo se hizo un silencio.
– Y después, ¿qué sentiste por él? -preguntó Julia finalmente-. Quiero decir que comprendería que lo odiaras…
Estaba pensando en sí misma, y en las veces que había imaginado cómo reaccionaría si encontrara al asesino de Jens. ¿Qué haría?, se preguntaba.
Lennart suspiró y miró más allá de la oscura ventana que daba a la parte posterior de la comisaría.
– Sí, odiaba a Nils Kant. Con todas mis fuerzas. Pero también le temía. Sobre todo de noche, cuando no podía dormir. Me aterraba que regresara a Öland para matarnos a mí y a mi madre. -De nuevo guardó silencio-. Tardé mucho tiempo en superar esos miedos.
– Hay quien dice que aún vive -murmuró Julia-. ¿Lo has oído?
Lennart la miró.
– ¿Quién?
– Nils Kant.
– ¿Que está vivo? -dijo Lennart-. Eso es completamente imposible.
– Ya. Tampoco yo creo que…
– Kant está muerto y enterrado -insistió Lennart, y cortó un trozo de pizza-. ¿Quién dice eso?
– Tampoco yo me lo creo -repitió Julia de inmediato-. Pero desde que llegué a la isla Gerlof no he dejado de hablar de él; es como si quisiera convencerme de que Nils Kant está detrás de la desaparición de Jens. Que el día de su desaparición mi hijo se encontró con Nils Kant. A pesar de que entonces Nils llevaba muerto diez años.
– Murió en 1963 -confirmó Lennart-. El ataúd llegó al puerto de Borgholm ese otoño. -Bajó la mirada-. Y no sé si debería desvelarlo pero…, el caso es que la policía de Borgholm abrió la caja. Con mucha discreción, no sé bien si por miedo o respeto a Vera Kant; quiero decir que aún tenía mucho dinero y tierras…, pero abrieron el ataúd.
– ¿Y había un cuerpo dentro? -preguntó Julia.
Lennart asintió con la cabeza.
– Yo lo vi -murmuró, y añadió-: Tampoco esto es del todo oficial, pero cuando desembarcaron el ataúd…
– De uno de los buques de carga de Malm -añadió Julia.
Lennart asintió.
– En efecto. ¿Ha sido Gerlof el que te ha informado de todos los detalles? -preguntó y, sin esperar respuesta, prosiguió-: Acababan de destinarme a Marnäs, tras un par de años en Växjö, y pedí permiso para viajar a Borgholm y presenciar la apertura del ataúd. Obedecía a móviles de carácter exclusivamente personal, no profesional, pero mis colegas se mostraron comprensivos. El ataúd esperaba a que los empleados de la funeraria fueran a buscarlo en un almacén del puerto, dentro de una caja de madera con documentos y sellos de algún consulado de Sudamérica. -Guardó silencio, y luego continuó-: Un agente de mediana edad abrió la tapa. Y allí estaba el cuerpo de Nils Kant, medio reseco y recubierto de un moho velloso. Un doctor del hospital de Borgholm que estaba presente constató que se había ahogado en agua salada. Al parecer había pasado bastante tiempo en el mar, pues los peces habían empezado…
Otra vez tenía la mirada perdida, pero de pronto se fijó en la mesa y pareció advertir que estaban sentados comiendo pizza.
– Te ahorraré los detalles, perdona -se excusó.
– No tiene importancia -replicó Julia-. Pero ¿cómo supisteis que era Kant? ¿Fue por las huellas dactilares?
– No había muestras fiables de las huellas dactilares de Nils Kant -señaló Lennart-. Tampoco de su dentadura. Al final se le identificó por una antigua lesión en su mano izquierda. Se había roto algunos dedos en una pelea en la cantera de Stenvik. Yo mismo he oído contar esa historia a varios vecinos de pueblo. Pues bien, el cuerpo del ataúd tenía exactamente la misma lesión. Así que el asunto se zanjó.
Durante unos segundos volvió a imperar el silencio en la cocina de la comisaría.
– ¿Qué sentiste? -preguntó Julia-. Quiero decir al ver el cuerpo de Kant.
Lennart recapacitó.
– En realidad, nada. Yo quería ver a Kant vivo. A un cadáver no se le pueden pedir responsabilidades.
Julia asintió, meditabunda. Quería pedirle un favor a Lennart.
– ¿Has estado alguna vez en casa de Kant? -preguntó-. ¿A alguien de la policía se le ocurrió buscar a Jens allí?
Lennart negó con la cabeza.
– ¿Por qué razón tendríamos que haber buscado allí dentro?
– No lo sé. Trato de imaginar adónde dirigió sus pasos Jens. Si no bajó a la playa ni fue al lapiaz, quizás entrara en alguna casa vecina. Y la de Vera Kant se encuentra a unos pocos metros de la nuestra…
– ¿Y para qué iría allí? -preguntó Lennart-. ¿Y por qué se quedaría?
– No lo sé. Quizás entrara, y resbalara, o… Quién sabe, puede que Vera Kant estuviera tan loca como su hijo.
«Quizás entraste en la casa, Jens, y Vera Kant cerró la puerta detrás de ti.»
– Dudo que sirva de mucho -prosiguió en voz alta-, pero ¿te gustaría echar un vistazo a la casa? ¿Conmigo?
– Un vistazo… ¿Me estás proponiendo entrar en la casa de Kant? -inquirió Lennart.
– Sólo para echar un vistazo, antes de que regrese a Gotemburgo mañana -prosiguió Julia, y le sostuvo la mirada, que ahora expresaba reserva. Tenía ganas de contarle que había visto luz en el interior de la vivienda pero temía habérselo imaginado-. No es ningún delito entrar en una casa abandonada, ¿verdad? Y siendo policía puedes entrar donde te dé la gana, ¿no?
Lennart negó con la cabeza.
– Tenemos unas reglas muy estrictas -repuso-. Como soy el único policía de la zona a veces me las salto un poco, pero…
– Nadie nos verá -interrumpió Julia-. Stenvik está casi desierto, y todas las casas que rodean la de Vera Kant son de verano. Ahí no vive nadie.