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Aun así Nils no se tranquiliza, pero tampoco huye. Clava la mirada en Max, que ahora se ha detenido a unos metros de distancia.

– Celeste Horizon -dice-. Ése es tu barco. -Nils asiente con la cabeza-. Es inglés. -Max se sienta en una piedra entre los árboles y saca un cigarrillo-. Pero el capitán es danés, se llama Petri. No me ha hecho preguntas sobre la identidad del pasajero, sólo le interesa hablar de dinero.

– Pues hablemos -dice Nils.

– Ahora están cargando madera; zarparán dentro de tres días -anuncia Max, y expulsa el humo.

– ¿Rumbo adónde?

– A East London. Allí descargarán la madera, después irán a Durban para cargar carbón, y luego continuarán hasta Santos. Si quieres, puedes desembarcar allí.

– Pero yo quiero ir a América -suelta Nils sin pensárselo-. Quiero ir a Estados Unidos.

Max se encoge de hombros.

– Santos está en Brasil, al sur de Río -dice-. Siempre puedes coger otro barco desde allí.

Nils recapacita. ¿Santos está en Sudamérica? Puede ser un buen punto de partida para futuros viajes, antes de regresar a Europa.

Asiente con la cabeza.

– Bien.

Max se pone rápidamente en pie. Le tiende la mano.

Nils deposita cinco monedas de dos coronas en ella.

– Antes debo ver a ese tal Petri -indica-. Te daré el resto después. Enséñame dónde puedo encontrarlo.

Max esboza una sonrisa.

– Mañana preséntate en el puerto como un cargador más. -Nils le mira sin comprender, y Max prosigue-: Los cargadores van al puerto al amanecer y esperan que los contraten. Unos consiguen trabajo, otros tienen que volverse a casa. Tú bajarás al puerto y te reunirás con ellos mañana temprano… y te elegirán para cargar el Celeste Horizon.

Nils asiente de nuevo.

El joven guarda las monedas en el bolsillo a toda prisa.

– Me llamo Max Reimer. ¿Y tú?

Nils no contesta. ¿Acaso no ha pagado para evitar preguntas? Nota cómo se le acelera el pulso en la vena del cuello: es su ira que lentamente se despierta.

Max le sonríe satisfecho; no parece sentirse amenazado.

– Yo creo que eres de Småland -dice, y apaga el cigarrillo-. Tu acento es de por allí.

Nils sigue callado. Sabe que puede derribarlo; Max es más bajo que él y no le costaría ningún esfuerzo. Tirarlo al suelo y luego patearlo a conciencia. Utilizar una piedra pesada para liquidarlo y después ocultar el cuerpo en el parque.

Sería muy sencillo.

¿Y después? Después Max podría regresar por las noches, igual que el policía provincial.

– No preguntes más de la cuenta -le dice, y emprende la caminata por el parque hacia el puerto-. Podrías quedarte sin dinero.

18

Lennart no telefoneó.

Julia esperó sentada durante horas en la casa de verano. El reloj marcó las ocho y media de la tarde del martes, luego las nueve, pero él no llamó.

Julia se bebió toda la botella de vino tinto; no le costó nada. Y su decisión de entrar en la casa de Vera Kant se volvió tan ineludible que dejó de importarle que Lennart la acompañara o no.

Pensó en llamar a Gerlof y contarle lo que iba a hacer, pero luego se echó atrás. Había limpiado y hecho la maleta: ya no sabía qué más hacer para entretenerse. La devoraban la inquietud y la curiosidad.

La oscuridad y el silencio se cernían sobre las paredes de la casa. A las diez menos cuarto se levantó por fin, un poco mareada a causa del vino, pero más decidida que ebria.

Se puso un jersey más debajo del abrigo, calcetines gruesos y botas. Encontró un viejo gorro de lana marrón en el armario del recibidor y se remetió el pelo mientras se miraba al espejo. ¿Se le habían alisado las arrugas de preocupación de la frente tras la conversación con Lennart?

Quizás, aunque tal vez fuera el vino.

Se metió el móvil en el bolsillo, sujetó la vieja lámpara de queroseno con la mano izquierda y apagó la luz de la casa. Estaba preparada.

«Sólo un vistazo.»

La noche era más clara y fría que antes, y apenas soplaba el viento entre los árboles. Al salir al camino vecinal, la oscuridad la envolvió, aunque veía las luces cabrilleando en el continente.

Una docena de metros más adelante se detuvo y aguzó el oído para escuchar los sonidos de la oscuridad: el crepitar de las hojas o el crujir de las ramas. Pero no se oía ningún ruido: nada se movía.

Stenvik estaba desierto. La gravilla crujió bajo sus botas mientras echaba a andar hacia la casa de Vera Kant.

Una vez allí se detuvo de nuevo. La verja blanquecina brillaba en la oscuridad y estaba cerrada como siempre. Julia alargó la mano lentamente y palpó el pestillo de hierro. Tenía un tacto rugoso a causa del óxido y no se movía.

Empujó la verja, que chirrió débilmente pero no se movió. Quizá los goznes estaban oxidados.

Julia dejó el quinqué sobre la grava, se arrimó a la verja y, sujetando con ambas manos su parte superior, la levantó hacia arriba y hacia adentro. Entonces la puerta se deslizó unos centímetros antes de atascarse de nuevo. Pero ahora podía pasar a través de la abertura.

La embriaguez del vino mantenía a raya el miedo a la oscuridad, pero no del todo.

El jardín de la casa estaba bordeado de altos árboles e invadido por sombras. Julia se detuvo unos minutos para acostumbrar su vista a la oscuridad. Poco a poco fue descubriendo detalles: en el jardín había un sinuoso sendero de piedra caliza que se internaba entre las sombras como una silenciosa invitación; junto a él se veía la tapa ovalada de un pozo marrón cubierta de hojas y negras manchas de moho, y por todas partes crecían hierbajos. Al otro lado del pozo había una leñera alargada, cuyo techo parecía a punto de derrumbarse como una tienda de campaña mal levantada.

Julia dio un precavido paso adelante en el oscuro jardín. Y otro más. Escuchó y dio un tercer paso. Cada vez le resultaba más difícil avanzar.

De repente el móvil empezó a sonar; el corazón se le desbocó. Lo sacó del bolsillo apresuradamente, como si no quisiera molestar a alguien o a algo en la oscuridad, y contestó.

– ¿Sí?

– Hola… ¿Julia?

Escuchó la tranquila voz de Lennart en el auricular.

– Hola -respondió, esforzándose por sonar sobria-. ¿Dónde estás?

– Sigo en la reunión. Y aún nos queda un rato…

– Vale. -Julia avanzó un par de pasos por el camino de piedra. En ese momento vio una esquina de la casa de Vera Kant-. De acuerdo.

– Mañana es el entierro y antes tengo que trabajar un par de horas -continuó Lennart-. No creo que pueda ir a Stenvik esta noche…

– Lo entiendo -repuso Julia rápidamente-. Otra vez será.

– ¿Estás fuera de casa? -preguntó Lennart.

Su voz no delataba sospecha, sin embargo, Julia se sobresaltó al responder con una pequeña mentira.

– He salido al cantil. Solo… Estoy dando un pequeño paseo nocturno.

– Bien. ¿Nos vemos mañana? ¿En la iglesia?

– Sí…, allí estaré -respondió Julia.

– De acuerdo -dijo Lennart-. Buenas noches.

– Buenas noches… Que duermas bien -se despidió Julia.

La voz de Lennart desapareció con un clic. De nuevo estaba completamente sola, pero ahora se sentía mejor. Había presentido que él no podría venir.

El sendero concluía a unos pocos pasos al pie de una ancha escalera, también de piedra, que conducía a una puerta de madera blanca y un porche acristalado y decorado con tallas astilladas y erosionadas por la lluvia y el viento.

La casa se alzaba ante Julia como un silencioso castillo de madera. Las oscuras ventanas le recordaron las ruinas quemadas del castillo de Borgholm.

«Jens, ¿estás ahí dentro?»

Ni siquiera la oscuridad podía ocultar el deterioro de la casa. Los cristales de las ventanas, a ambos lados de la puerta principal, estaban rotos, y la pintura de los marcos, descascarillada.