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En las paredes había rectángulos más claros: huellas de cuadros retirados.

Se encontraba al final del pasillo. Abrió la puerta y alzó el quinqué.

La habitación era pequeña y estaba desamueblada, como el resto de la casa. Pero no estaba vacía del todo. Julia cruzó el umbral y se detuvo al ver una oscura figura tendida junto a la única ventana de la habitación.

No. No era una persona, sino un saco de dormir, como un capullo negro desenrollado. A su lado había una serie de recortes colgados de la pared.

Julia dio un paso adelante. Los recortes eran antiguos y estaban amarillentos, sujetos con agujas a la pared.

«SOLDADOS ALEMANES HALLADOS MUERTOS POR DISPAROS DE ESCOPETA», decían los negros titulares de uno de ellos.

En otro se leía:

«ASESINO DE POLICÍA BUSCADO POR TODO EL PAÍS.»

Y en un tercero, menos descolorido:

«NIÑO DESAPARECIDO SIN DEJAR RASTRO EN STENVIK.»

Un niño pequeño le sonreía despreocupado desde un retrato en blanco y negro, y a Julia le embargó la misma desesperación que sentía cada vez que veía a su hijo. Había más recortes, pero no se quedó en la habitación a leerlos. Apartó rápidamente la mirada y volvió sobre sus pasos.

Se detuvo. A la luz del quinqué vio que la puerta al otro lado del pasillo estaba abierta.

Antes había estado cerrada, pero ahora se veía el umbral y detrás la oscuridad de la habitación. No es que estuviera a oscuras, sino que se veía negra como boca de lobo.

Y no estaba vacía. Julia sintió que alguien esperaba en su interior. Una anciana. Estaba sentada en una silla junto a la ventana.

Era su dormitorio. Un dormitorio frío, henchido de soledad y de espera y de amargura.

La mujer esperaba que le hicieran compañía, pero Julia se había quedado clavada en el pasillo y no podía moverse.

Oyó un chasquido en la oscuridad. La mujer se había incorporado. Se dirigía a la puerta. Se acercaba arrastrando los pies.

Julia tenía que irse. Tenía que abandonar el piso de arriba.

La llama del quinqué parpadeó, se movió con rapidez.

Alcanzó el descansillo y descendió.

Le pareció oír pasos arriba y sintió la fría presencia de la anciana detrás de ella.

«¡Él me ha engañado!»

Julia sintió el odio como un golpetazo en la espalda. Bajó a ciegas en la oscuridad, trastabilló en un peldaño y perdió el equilibrio, tres o cuatro metros por encima del suelo de piedra.

Braceó en el aire, y el móvil y el quinqué salieron volando.

Ambos se estrellaron contra el suelo de la cocina. Saltaron llamas del quinqué, y Julia comprendió que muy pronto ella misma aterrizaría sobre el suelo de piedra.

Apretó los dientes para aguantar el dolor.

19

El día del entierro de Ernst Adolfsson, Gerlof se despertó en el frío y gris amanecer, sintiéndose como si se hubiera caído al suelo desde una gran altura. El dolor de las articulaciones y rodillas era paralizante.

Era el estrés, el síndrome de Sjögren que volvía a visitarlo; un verdadero incordio. Necesitaría una silla de ruedas para ir a la iglesia.

El síndrome reumático que padecía era un acompañante, no un amigo, a pesar de que muchas veces Gerlof había intentado darle la bienvenida y desarmarlo relajándose e intentando ser amable con él. Aunque le daba a Sjögren acceso ilimitado a su cuerpo, no servía de nada. Cuando aparecía siempre se mostraba igual de implacable: se lanzaba sobre él, se introducía en sus articulaciones, arrancando y tirando de sus nervios, le secaba la boca y le provocaba escozor de ojos.

Gerlof le dejaba hacer hasta que se cansaba. Se reía en su cara.

– Vuelvo al cochecito -constató tras el desayuno.

– Dentro de nada estará andando de nuevo, Gerlof.

Marie, su asistente ese día, le colocó un pequeño cojín para que apoyara la espalda y desplegó con los zapatos de charol el reposapiés de la silla de ruedas.

Con su ayuda, y no poco esfuerzo, Gerlof se había puesto su único traje negro, que brillaba de tantos lavados. Lo había comprado para el entierro de Ella, su mujer, y después lo había utilizado en una docena de funerales de amigos y familiares en la iglesia de Marnäs. Más tarde o más temprano lo llevaría puesto en su propio entierro.

Encima del traje llevaba su abrigo gris, alrededor del cuello una gruesa bufanda de lana y una gorra de fieltro calada encima de los ojos. Ese sombrío día de mediados de octubre la temperatura había descendido a cero grados.

– ¿Preparado? -preguntó Boel al salir de la oficina-. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

Siempre preguntaba lo mismo.

– Depende de lo inspirado que esté hoy el pastor Högström -señaló Gerlof.

– Podremos calentar tu almuerzo en el microondas -le tranquilizó Boel-, si hiciera falta.

– Muchas gracias -respondió Gerlof, que no creía que volviera con hambre después del entierro de Ernst.

Pensó que Boel, en su necesidad de controlarlo todo, se alegraría de que Sjögren le hubiera obligado a utilizar la silla de ruedas, pues así era más fácil de dirigir. Pero dentro de nada, cuando el síndrome se hubiera tranquilizado, estaría de nuevo en pie. Volvería a andar, y entonces encontraría al asesino de Jens.

Marie se puso los mitones y sujetó el manillar de la silla de ruedas.

Subieron al ascensor, que bajó despacio, y salieron al aire frío y luminoso; descendieron la rampa y llegaron a la rotonda. La gravilla congelada crujió bajo las ruedas de la silla cuando tomaron el desierto camino de la iglesia.

Gerlof apretó los dientes. Aborrecía la impotencia que sentía al ir en silla de ruedas, pero intentó relajarse y dejarse llevar.

– ¿Llegamos tarde? -preguntó.

Había tardado mucho tiempo en vestirse.

– No demasiado -dijo Marie-. Sólo un poco, es culpa mía… Menos mal que la iglesia queda cerca.

– Así nos evitamos la espera -comentó Gerlof, y Marie rió educadamente.

Eso le gustó: no todos los asistentes del hogar Marnäs comprendían que era obligación de los jóvenes reírse de la bromas de los mayores.

Continuaron su camino hacia la iglesia y Gerlof inclinó la cabeza para protegerse el rostro del viento cortante que soplaba desde el estrecho de Kalmar. Lo conocía de sobra: era un viento fuerte y constante procedente del sudoeste que habría impulsado a un velero hacia el norte bordeando la costa sueca hasta Estocolmo. Pero un día como éste no echaba de menos el mar. Las olas habrían azotado la cubierta, el frío habría helado las bancadas. Después de más de treinta años en tierra Gerlof aún se sentía capitán, y ningún marinero deseaba hacerse a la mar en invierno.

Las campanas comenzaron a repicar cuando pasaron junto a la parada de autobús y giraron por el camino que conducía a la iglesia. El desolado y prolongado tintineo que emitían resonaba sobre el paisaje llano, y Marie no podía menos de apresurarse.

Gerlof no tenía prisa en llegar al entierro; lo veía como un ritual para los demás dolientes. Él ya se había despedido de Ernst hacía una semana, cuando fue a la cantera con John. La añoranza que sentía por su amigo se mezclaba con la pena por la muerte de Ella, y sabía que sólo su propia muerte le libraría de ambas. Al mismo tiempo tenía la desagradable sensación de que Ernst no descansaba en paz y esperaba impaciente a que Gerlof colocara en su sitio todas las piezas del puzle que él había dejado tras sí.

Había al menos media docena de coches estacionados en el pequeño aparcamiento frente a la iglesia. Buscó con la vista el Ford rojo de Julia, pero no lo encontró. En cambio vio el Volvo de Astrid Linder y supuso que Julia, su hija, viajaba con ella desde Stenvik. En caso de que hubiera asistido al entierro.