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La iglesia encalada del siglo XIX de Marnäs se perfilaba contra el cielo gris. Durante más de mil años los cristianos se habían reunido en el mismo lugar. Ésta era la tercera iglesia, edificada cuando la construcción medieval se tornó demasiado estrecha y ruinosa.

Entraron en el cementerio y recorrieron apresuradamente el sendero de piedra; luego Marie aminoró el paso y tiró de la silla de ruedas para cruzar el bajo umbral de la puerta de la iglesia.

Gerlof se quitó el gorro tan pronto como traspasaron el pórtico. Éste estaba oscuro y desierto, pero la nave se hallaba abarrotada de gente vestida de negro.

Flotaba un leve murmullo en el ambiente; el servicio aún no había comenzado.

Muchas de las cabezas agachadas se volvieron discretamente hacia él cuando entró por el pasillo lateral izquierdo de la iglesia. Qué aspecto más lamentable y débil debía de ofrecer a la gente, pensó. Y así se sentía, débil y en un estado lamentable, pero con la cabeza lúcida: eso era lo más importante.

Algunas personas iban a los entierros para ver quién sería el próximo en estirar la pata. «Pues miradme -pensó Gerlof-, que no me veréis peor que ahora.»

Pronto se levantaría y andaría.

Una pequeña mano blanca le saludaba desde uno de los bancos delanteros. Pertenecía a Astrid Linder, que llevaba puesto un sombrero negro con velo. Había un sitio libre a su lado en la cuarta fila, y no pareció darse cuenta de que Gerlof iba en silla de ruedas.

Marie se detuvo, y Gerlof se puso en pie con su ayuda y se sentó en el banco junto a Astrid.

– No te has perdido nada -le susurró ella al oído-. Ha sido aburridísimo.

Gerlof apenas hizo un gesto de asentimiento, después de lanzar una mirada de soslayo al otro lado de Astrid y comprobar que Julia no estaba allí.

Marie retrocedió con la silla de ruedas hacia la salida mientras se apagaba el murmullo bajo los altos arcos de la iglesia cuando el cantor comenzó a tocar el salmo «La vieja cabaña». Gerlof había escuchado la triste melodía en más entierros de los que podía recordar. La música le tranquilizó y miró con detenimiento alrededor.

La iglesia estaba repleta de ancianos. Del centenar de personas que había reunidas allí sólo unos pocos tenían menos de cincuenta años.

El asesino de Ernst estaba ahí, oculto entre los dolientes; Gerlof no tenía la menor duda.

Junto a Astrid se sentaba su hermano Carl, el último jefe de estación de Marnäs, que había acabado trabajando de ferretero al cerrar la estación a mediados de los años sesenta. En la actualidad estaba jubilado. Fue Axel Månsson, el compañero mayor de Carl, quien había dado la orden de partida al tren en que viajaba Nils Kant ese día de verano al acabar la guerra, pero Cari también estaba allí. Entonces era el chico de los recados de la estación y le había contado a Gerlof cómo vio que Margit, la vendedora de billetes, llamaba por teléfono a la policía de Marnäs e informaba en un murmullo que el joven señorito Kant acababa de comprar un billete a Borgholm. Incluso vio, algunos minutos más tarde, al policía provincial Henriksson llegar corriendo desde Marnäs y avanzar pesadamente por el andén con su inmensa barriga para intentar detener al sospechoso de asesinato.

Cari fue quizás el último ölandés vivo que vio de cerca a Nils Kant de adulto, pero cuando en una ocasión Gerlof le preguntó cómo era éste, se limitó a negar con la cabeza: tenía muy mala memoria para los rostros.

Unos bancos más allá se sentaban otros jubilados de Marnäs: Bert Lindgren, el antiguo director de la Casa del Pueblo, que había sido marinero y navegado por los mares del mundo entero entre los años cincuenta y sesenta, y junto a él Olof Håkansson, pescador de anguilas, y después Karl Lundstedt, coronel del ejército en Kalmar, que tras jubilarse se había mudado a su casa de verano en Långvik.

No era raro que los jubilados se mudaran a Marnäs, pero Gerlof sabía que lo que necesitaba el norte de Öland no eran más ancianos, sino jóvenes y trabajo.

La música del órgano dejó de sonar. El pastor Åke Högström, oficiante en Marnäs desde hacía unos diez años, se situó frente al féretro de madera blanco adornado con rosas. Sostenía entre las manos una gran Biblia de piel marrón y miraba seriamente a la congregación a través de sus gafas redondas.

– Nos hemos reunido hoy aquí para despedir a nuestro amigo y cantero Ernst Adolfsson. -El pastor hizo una pausa, se ajustó las gafas y luego prosiguió con el funeral formulando una pregunta importante-: Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él?

«Primera Epístola a los Corintios, segundo capítulo», anotó Gerlof en su fuero interno.

– Nosotros, los hombres, sabemos muy poco los unos de los otros -predicó el pastor-; sólo Dios lo sabe todo. Ve todas nuestras faltas y deficiencias y, sin embargo, desea darnos paz eterna…

Gerlof cerró los ojos y escuchó con tranquilidad; apenas dejó que lo asaltaran los sentimientos alguna vez que otra. Cuando entonaron el salmo 113 sobre la rosa florida afinó lo mejor que pudo. A continuación el pastor dirigió la oración, se leyeron más citas de la Biblia y salmos, y luego se cantó el bonito himno Donde las flores nunca mueren.

Aunque consideraba que se había despedido de Ernst en su casa de la cantera, Gerlof sintió un nudo en la garganta cuando en los últimos acordes de la música de órgano seis hombres se levantaron con gravedad y se acercaron para cargar el féretro. Entre ellos estaban sus amigos Gösta Engström de Borgholm y Bernard Kollberg, que había regentado durante décadas la tienda de Solby, un pueblo al sur de Stenvik, y solía llevarle las provisiones a Ernst en coche. El resto eran parientes del finado que residían en Småland.

Le habría gustado levantarse y cargar el féretro sobre sus hombros, pero no pudo hacer otra cosa que permanecer sentado hasta que todos comenzaron a ponerse en pie. Entonces apareció Marie con la silla de ruedas.

– Creo que ahora puedo caminar -anunció, pero no podía, claro.

Marie le ayudó a volver a la silla y, cuando estuvo lista, Astrid se acercó y la tocó en el hombro.

– Ya lo llevo yo -dijo decidida mientras cogía las cosas.

Marie le lanzó una mirada dubitativa; Astrid era menuda y delgada como un gorrión, pero Gerlof sonrió animoso.

– Todo irá bien, Marie -la tranquilizó.

Ésta asintió y Astrid condujo la silla de ruedas por el pasillo acompañada de su hermano Cari.

– Ahí está John -señaló ella.

Gerlof giró la cabeza y vio que John Hagman abandonaba la iglesia acompañado de su hijo Anders.

Al salir del recinto y sentir el viento helado, Gerlof se abrochó el abrigo, y entonces se dio cuenta de que llevaba un objeto plano en el bolsillo. Recordó que había traído el monedero de Ernst.

Al sacarlo notó la piel desgastada entre los dedos y le preguntó a Astrid:

– ¿Has visto hoy a mi hija?

– No -respondió ella-. ¿No regresaba hoy a Gotemburgo? Tampoco he visto el coche.

– Vaya -se lamentó Gerlof.

Así que Julia al final se había marchado por la mañana. Pensó que podía haber venido al entierro, o haberle llamado para despedirse de él. Pero su hija era así. Al menos había conseguido que se quedara en Öland más tiempo del que tenía previsto, y aunque no habían hecho grandes progresos, Gerlof creía que a Julia le había sentado bien la visita. La llamaría dentro de poco a Gotemburgo.

– ¿Es el monedero de Ernst? -preguntó Astrid señalándolo.

Gerlof asintió con la cabeza.

– Quiero dárselo a sus parientes.

También les entregaría todo lo que contenía, menos el recibo del museo de la madera de Ramneby, que Gerlof había ocultado en su escritorio.

– Eres muy honrado, Gerlof -comentó Astrid.

– A César lo que es del César -sentenció él-. No me gusta dejar cabos sueltos.

Se encontraban en medio de las tumbas y avanzaban lentamente entre lápidas conocidas. Gran parte de las más bonitas las había tallado Ernst antes de jubilarse, entre otras, la amplia losa de Ella. Era sencilla y hermosa, y había espacio de sobra para el nombre y las fechas de Gerlof debajo de los de su esposa.