Cerró la puerta del coche y sacó la linterna del portaequipajes. Julia lo vio entrar en el jardín y desaparecer tras la leñera en ruinas.
Julia suspiró en el coche, ahora en silencio; se reclinó con cuidado en el asiento y dejó vagar la mirada sobre el mar gris que se divisaba al final del camino vecinal.
Lennart no tardó mucho en regresar, entre cinco y diez minutos. Julia había estado angustiada desde que bajara del coche, y se sintió aliviada al verlo aparecer al otro lado de la verja.
Abrió la puerta del conductor, se sentó y la miró.
– Tenías razón. Alguien ha estado ahí. Además, hace bien poco.
– Sí -dijo Julia-, y creo que…
De pronto, Lennart levantó una mano.
– No hablemos de Nils Kant -la interrumpió, y dejó una cajita sobre el salpicadero del coche.
– La encontré en el sótano. Había muchas más en el suelo.
Era una caja de tabaco snus, uno de esos modelos redondos de un solo uso.
– Así que le gusta el snus.
– Sí, quienquiera que sea la persona que haya estado ahí dentro consume snus… -confirmó Lennart, y arrancó el coche-. Ahora nos vamos a Borgholm.
Una vez en el hospital, le cortaron la ropa, el jersey y los pantalones, y le inyectaron un calmante. Entró en la sala un joven médico para examinarla y le preguntó cómo se había hecho las heridas.
– Ha sufrido un accidente esta noche -informó Lennart, que se disponía a salir por la puerta de la sala de exploraciones-. En Stenvik.
– ¿En la playa?
Lennart dudó unos segundos y asintió.
– En la playa, sí.
Cuando Lennart se marchó, el médico comenzó a apretarle la espalda y el abdomen y a tirar de sus brazos y piernas, y la enfermera hizo una serie de radiografías. Después la vendaron con unos lienzos mojados y fríos de escayola. Julia no protestó; conocía el procedimiento y sólo deseaba acabar cuanto antes.
Tenía cosas más importantes en que pensar. En la casa de Vera Kant había hecho un importante descubrimiento, no tenía duda.
Nils Kant estaba vivo. Vivía y moraba en la vieja casa de su madre, igual que en aquella desagradable película de Hitchcock. Se ocultaba en la vivienda, y cuando Jens se había colocado en su interior Nils se había visto obligado a matarlo. O tal vez se encontraran en el lapiaz envuelto en niebla. A Nils Kant quizá le gustaba pasear por allí.
Julia no quería quedarse en el hospital. Preguntó si podía utilizar el teléfono, ahora que su móvil estaba estropeado, y llamó a Astrid a Stenvik. Le contó lo que había ocurrido y le hizo una pregunta.
Astrid estaba en casa y enseguida aceptó que Julia se quedara con ella unos días. Tener compañía era siempre agradable.
Lennart regresó a recogerla una hora después.
– Hay que tener cuidado con las piedras y las rocas de la playa -aconsejó el joven médico después de comprobar la escayola y tenderle la mano-. Sobre todo si es de noche.
– ¿Tenías algo que hacer en la ciudad? -preguntó Julia cuando conducían de vuelta al norte.
– He ido a la comisaría -explicó Lennart, sentado al volante-.
Allí los ordenadores son más rápidos que el que tengo en Marnäs, así que he redactado unos cuantos informes. -La miró-. Entre otros el que se refiere al allanamiento de morada en Stenvik.
– Vaya.
– No he dicho nada de ti -aclaró Lennart de inmediato-. Informé de que un intruso había dormido en la casa de Kant. Tú nunca has puesto los pies ahí, recuérdalo. Una noche viste que había luz. A la mañana siguiente me llamaste y lo notificaste. Fue así, ¿verdad?
Julia le devolvió la mirada.
– De acuerdo -respondió ella-. Tropecé y me caí en la playa. Por la noche.
– En efecto -dijo Lennart.
Tomó la salida en dirección a Stenvik.
– Pero sigo creyendo que Nils Kant ha estado en la casa -añadió Julia en voz baja-. No creo que esté muerto.
Al tiempo que decía esas palabras Julia vio, o eso le pareció, una sombra de duda en los ojos de Lennart.
Puerto Limón, marzo de 1960
El sol se ha puesto y la noche se cierne sobre la ribera este de Costa Rica. Alguien tose quedamente en las sombras de la pequeña playa de arena que hay bajo la veranda del Casa Grande, y luego se pone a silbar una alegre y despreocupada melodía que sube y baja al compás de las olas cuando éstas rompen contra la orilla. Del interior del bar llegan risas y un tintineo de vasos.
Rayos silenciosos tiñen de blanco el horizonte. Les sigue un ruido sordo. La tormenta nocturna aún está lejos, en el mar Caribe, pero se acerca lentamente a la costa.
Nils Kant se encuentra en el porche, sentado a su mesa habitual y solo, como siempre, bajo los pequeños faroles rojos. Durante un rato clava la mirada en su vaso medio vacío; luego bebe un trago.
¿Es el sexto o el séptimo vaso de la noche?
No lo recuerda, no importa. Esa noche no tenía intención de beber más de cinco vasos de vino tibio, pero no importa. Dentro de poco pedirá otro más. No hay razón para dejar de beber, ninguna.
Deja el vaso vacío sobre la mesa y se rasca el brazo izquierdo. Está rojo e hinchado. En los últimos años el sol le ha provocado dolorosas irritaciones en la piel de brazos y piernas. Se está despellejando vivo; la piel se le rompe y pierde miles de escamas blancas, y cada mañana, al despertarse, las sábanas aparecen salpicadas de puntitos de sangre. Y la almohada está siempre llena de pelos; tiene una calva en la coronilla.
Es el sol, el calor, la humedad. Nils está haciéndose pedazos. No hay remedio.
Nada que hacer, sólo seguir bebiendo. Ya hace algunos años que bebe vino barato, pues el dinero que le envía su madre ha ido decreciendo desde mediados de la década de los cincuenta.
La única explicación que su madre le ha dado es que ha vendido la cantera familiar, que ahora está cerrada. No le ha contado cuánto dinero le queda. Y hace muchos años que el tío August no le escribe desde Småland.
Nils no se ha peleado con nadie ni ha herido gravemente a nadie tras abandonar Öland. Pero Henriksson, el policía provincial, aún sigue apareciendo algunas noches junto a su cama, ensangrentado y sin decir palabra. Su único consuelo es que cada vez sucede con menos frecuencia.
Nils sujeta el vaso vacío entre las manos, se inclina hacia delante para levantarse, entrar en el bar y pedir otro vino; en ese preciso instante reconoce la melodía que alguien silba en la oscuridad.
Se queda sentado a la mesa y escucha con atención.
Sí, ha oído esa melodía, hace muchos años. La ponían mucho en la radio durante la guerra, y estaba entre la colección de discos de su madre.
«Hola, alegres hermanos…»
Una canción alegre y jovial. No recuerda el título, pero sí la letra.
«Hola, si quieres, dímelo, y nos vamos al sur, a casa…»
No la había oído desde que abandonó Stenvik: es una canción sueca. Nils se pone en pie. Con cautela, mira por encima de la barandilla, a tres o cuatro metros del suelo.
Sombras.
O le engaña la vista o en la playa, justo al lado de los postes de la veranda, hay alguien sentado.
– ¿Hola? -grita en sueco bajando la voz.
Los silbidos se detienen al instante.
– Hola -responde una voz tranquila desde la oscuridad.
Sí, cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, Nils ve una figura sentada allí abajo. Es un hombre con sombrero. Ha dejado de silbar y no se mueve.
En cuanto Nils se dirige hacia la escalera al otro lado de la veranda comienza a caer una lluvia fría y fina. Apoya la mano en la barandilla y baja los peldaños con pasos inestables.
Desciende hacia la oscuridad, paso a paso, hasta sentir bajo sus sandalias de cuero la suave arena aún caliente.
Hace años que Nils pasa las noches en esa veranda, pero nunca hasta hoy ha bajado a la playa de noche. Podría haber ratas, grandes como gatos y hambrientas.