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La cajita de snus vacía reposaba sobre la mesa.

– ¿Así que vais a reabrir el caso? -inquirió John.

– Tanto como reabrirlo… -repuso Lennart, y se encogió de hombros-. Nos gustaría hablar con Anders, por si la cajita de snus resulta ser suya. En tal caso, es probable que fuera él quien durmiera en casa de Vera Kant, excavara en el sótano y colgara en la pared los recortes sobre Nils Kant y Jens Davidsson. Me gustaría saber dónde estaba Anders el día en que desapareció el pequeño Jens.

– No es necesario que se lo preguntéis a Anders -dijo John-. Yo lo sé.

– Vaya -exclamó Lennart. Sacó el cuaderno y un bolígrafo-. Cuéntame.

– Estuvo aquí -repuso John lacónico.

– ¿En Stenvik?

John asintió.

– ¿Contigo? ¿Puedes confirmar su coartada ese día?

John se encogió de hombros.

– De eso hace muchos años. No me acuerdo…, pero por la noche ambos estuvimos buscándolo por la playa. De eso sí me acuerdo.

– Yo también lo recuerdo -intervino Gerlof.

Aun cuando muchos otros sucesos de aquella tarde eran vagos, conservaba la imagen de John y su hijo, que entonces debía de tener veinte años, dirigiéndose juntos hacia el sur por la playa.

– ¿Y durante el mediodía? -preguntó Lennart-. ¿Dónde estaba Anders entonces?

– No me acuerdo -confesó John-. Puede que saliera. Pero seguro que no fue a casa de Gerlof. -Miró a su amigo-. Anders no es mala persona.

Éste asintió.

– Nadie piensa lo contrario.

Lennart continuó tomando notas.

– De todas formas tendremos que hablar con él. ¿Se encuentra tu hijo en casa?

– Está en Borgholm -repuso John-. Se fue ayer después del funeral.

– ¿Vive allí?

– A veces…, vive con su madre -explicó John-. Otras vive aquí conmigo. Hace lo que quiere. No tiene carné de conducir, así que se desplaza en autobús.

– ¿Cuántos años tiene?

– Cuarenta y dos.

– Cuarenta y dos… ¿Y todavía vive en casa de sus padres? -inquirió Lennart.

– No es ningún crimen. -John señaló con el pulgar por encima del hombro-. Y además, tiene su propia casa, detrás de la mía.

– En mi opinión -apuntó Gerlof con tacto-, Anders es un poco especial. ¿No te parece, John? Es bueno y servicial, pero diferente.

– Me he encontrado con Anders un par de veces -dijo Lennart-. Y a mí me parece que está en sus cabales.

John mantuvo la cabeza erguida.

– A Anders le gusta estar solo -afirmó-. Piensa mucho, habla poco. Pero no es mala persona.

– ¿Y la dirección?

John le dio una dirección en Köpmansgatan. Lennart la apuntó.

– Bien. Entonces no te molestamos más, John. Nos vamos a Marnäs.

Esta última frase iba dirigida a Gerlof, que se encontraba detrás de él y cada vez se sentía más como un segundo policía.

Había resultado muy desagradable ver cómo el miedo se reflejaba en los ojos de John durante la conversación. Miedo a que la autoridad, que planeaba sobre ellos como un halcón, finalmente se hubiera fijado en él y en su único hijo y ya nunca los dejara en paz.

– No es mala persona -repitió John, a pesar de que Lennart ya se había levantado y se dirigía a la puerta.

– No te preocupes, John -murmuró Gerlof, aunque su tono no sonaba del todo convincente-. Te llamaré esta noche. ¿De acuerdo?

John asintió, pero seguía observando con aire tenso a Lennart, que esperaba en la puerta.

– Vamos, Gerlof.

Sonó como una orden. Gerlof ya no se sentía como un policía, sino más bien como un perro faldero; se levantó obedientemente y siguió al policía. En realidad deseaba visitar a su hija en casa de Astrid, pero tendría que dejarlo para otra ocasión.

A Gerlof le temblaban los músculos más de lo habitual al dirigirse hacia su habitación; también las articulaciones le dolían más de lo normal. De nuevo se encontraba en la residencia de Marnäs después de que Lennart lo hubiera traído de vuelta.

Oyó el teléfono al otro lado de la puerta y pensó que no le daría tiempo a responder, pero la señal sonaba y sonaba.

– ¿Davidsson?

– Soy yo.

Era John.

– ¿Cómo estás?

Gerlof se sentó pesadamente en la cama.

John guardaba silencio.

– ¿Has hablado con Anders? -preguntó Gerlof.

– Sí. He llamado a Borgholm. He hablado con él.

– Bien. Quizá no deberías decirle que la policía quiere…

– Demasiado tarde -interrumpió John-. Le he contado que la policía había estado aquí.

– ¡Vaya! -exclamó Gerlof-. ¿Qué te ha dicho?

– Nada. Sólo me ha escuchado.

Se hizo un silencio al otro lado del auricular.

– John…, creo que ambos sabemos qué hacía Anders en casa de Vera Kant. Qué era lo que buscaba en el sótano -añadió Gerlof-. El tesoro de los soldados. Ese botín de guerra que la gente siempre creyó que los dos jóvenes llevaban encima cuando desembarcaron en Öland.

– Sí -convino John.

– El tesoro que Nils Kant se llevó -prosiguió Gerlof-, si es que lo hizo realmente.

– Anders lleva muchos años hablando de eso.

– No lo encontrará -apuntó Gerlof-. Lo sé.

John guardó silencio de nuevo.

– Tenemos que ir a Ramneby -continuó Gerlof-. Al aserradero y al museo de la madera. Podríamos ir mañana.

– Mañana no puedo -se disculpó John-. Tengo que ir a Borgholm a buscar a Anders.

– La semana que viene entonces. Cuando el museo esté abierto -decidió Gerlof-. Y después podemos pasar por Borgholm y ver cómo se encuentra Martin Malm.

– Sí, claro -repuso John.

– Encontraremos a Nils Kant, John -le prometió.

Eran casi las nueve de la noche. El pasillo de la residencia de Marnäs estaba desierto y en silencio.

Gerlof se encontraba apoyado en su bastón al otro lado de la puerta cerrada de Maja Nyman. No le llegaba ningún ruido desde el interior de la habitación. Sobre la mirilla de la puerta había una hoja de papel con el siguiente mensaje escrito a mano: «¡POR FAVOR, LLAME A LA PUERTA! JUAN 10,7».

«En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas», recitó Gerlof de memoria para sí mismo.

Dudó un rato, luego alzó la mano derecha y llamó a la puerta.

Pasó un rato, después Maja abrió. Unas horas antes se habían visto en la cena, y aún llevaba puesto el mismo vestido amarillo con la blusa blanca.

– Buenas noches -saludó él con una sonrisa cortés-. Sólo quería saber si estabas en casa.

– Gerlof.

Maja sonrió y asintió con la cabeza, pero a él le pareció ver una arruga de preocupación en su frente arrugada y oculta bajo el flequillo cano. Su visita resultaba inesperada.

– ¿Puedo pasar?

Ella asintió con cierta vacilación y retrocedió un paso.

– No he limpiado.

– No importa -respondió Gerlof.

Apoyándose en su bastón, entró despacio en la habitación, que estaba igual de limpia que en sus anteriores visitas. Una alfombra persa granate cubría casi todo el suelo, y las paredes estaban repletas de retratos y cuadros…

Gerlof había visitado a Maja en varias ocasiones. A los pocos meses de su llegada a la residencia de Marnäs habían entablado una relación que finalizó un año después, cuando el dolor causado por el síndrome de Sjögren se volvió insoportable. Luego continuaron con una apacible amistad que aún mantenían. Ambos eran de Stenvik, ambos estaban solos tras un largo matrimonio. Habían tenido mucho de qué hablar.