Выбрать главу

Gerlof asintió. Vera había muerto en la misma escalera desde la que Julia se había caído.

– ¿Oíste de qué hablaban? ¿Los dos hombres?

Maja negó con la cabeza.

– Sólo entendí unas palabras antes de llamar -respondió ella-. Algo sobre echar de menos. El hombre que hablaba con la voz alta dijo que alguien echaba de menos: «Y ambos os echáis de menos», o algo por el estilo.

Gerlof recapacitó.

– Quizá fueran parientes de Vera. ¿Familiares de Småland?

– Quizá -convino Maja.

Guardaron silencio. Gerlof no tenía más preguntas; ahora debía pensar en ello.

– Bueno… -dijo, y alargó la mano para acariciar con cuidado el hombro de Maja, pero ella se inclinó un poco y los dedos acabaron tocándole el rostro.

Y ahí se quedaron, casi por voluntad propia, y se movieron con un temblor que poco a poco se tornó en caricia.

Maja cerró los ojos.

Gerlof se sobresaltó y se puso de pie.

– Bueno… -repitió de nuevo-. No puedo…, ya no puedo.

– ¿Estás seguro? -preguntó Maja, y abrió los ojos.

– El cuerpo me duele demasiado -respondió él.

– Quizá desaparezca en primavera -aventuró Maja-. A veces ocurre.

Gerlof asintió, compungido.

– Sí -contestó Gerlof-. Gracias por la conversación, Maja. No se lo contaré a nadie. Ya lo sabes.

Maja permaneció sentada a la mesa.

– No te preocupes, Gerlof.

Él se dio cuenta de que aún sostenía el estuche en su mano izquierda y lo depositó rápidamente sobre la mesa. Pero Maja lo cogió, sacó el crucifijo y le tendió de nuevo el estuche.

– Toma, llévatelo -dijo-. Ya no quiero guardarlo más. Será mejor que lo conserves tú.

– De acuerdo.

Asintió varias veces con la cabeza, como torpe despedida, y abandonó la habitación de Maja con el estuche en el bolsillo del pantalón. Era pesado y frío y tintineaba débilmente mientras caminaba por el pasillo desierto.

Gerlof cerró la puerta con llave al regresar a su habitación. No solía hacerlo, pero esta vez sí.

«El botín de guerra», pensó. Los soldados siempre buscaban un botín. ¿Quién les había dado esas piedras preciosas o a quién se las habían robado? Aparte de los soldados, ¿habría muerto alguien más por ellas?

¿Y dónde podría guardarlas? Gerlof miró alrededor. No tenía ningún costurero con doble fondo.

Finalmente se encaminó hacia la librería. En una de las estanterías se hallaba el barco embotellado que representaba la última travesía del velero Bluebird, de Hull, como él creía que había sucedido aquella noche de tormenta en la costa de Bohuslän. El Bluebird se dirigía hacia los escollos.

Gerlof cogió la botella y le quitó el corcho. A continuación abrió el estuche y vertió lenta y cuidadosamente las piedras en la botella. La agitó para recolocarlas. Bien, si no se miraba con demasiada atención las piedras parecían los escollos contra los que el velero estaba a punto de encallar.

Debería servir por el momento.

Gerlof colocó la botella en su lugar en la estantería y escondió el estuche vacío detrás de una hilera de libros en una balda inferior.

Durante el resto de la noche, antes de acostarse, miró con frecuencia la botella. Después de la décima o undécima vez empezó a comprender por qué Maja se había mostrado tan aliviada al entregarle el viejo estuche de hojalata.

Esa noche volvió a visitarle la única pesadilla que había tenido durante su época de marinero.

Soñó que estaba junto a la borda de un barco que se deslizaba lentamente por el mar Báltico, en algún lugar entre la punta norte de Öland y la isla de Oaxen. Anochecía y no había viento; Gerlof miraba fijamente por encima de la brillante superficie del mar hacia el horizonte sin ver tierra firme…, y después bajaba la vista al agua y veía una vieja mina de la Segunda Guerra Mundial.

Flotaba justo por debajo de la superficie: una gran bola de acero negro recubierta de algas y mejillones, con puntiagudos pinchos negros.

No la podía esquivar. Lo único que podía hacer era mirar en silencio cómo, inexorablemente, el casco de la nave y la mina se aproximaban de manera irremisible.

Se despertó en la oscuridad de la residencia de Marnäs con un sobresalto y un grito, justo antes de que la mina explotara.

23

El domingo por la mañana, Julia estaba sentada junto a la ventana en el salón de Astrid; las muletas reposaban contra el respaldo de la silla mientras ella observaba cómo Lena, su hermana mayor, y el marido de ésta, Richard, recuperaban el coche aparcado fuera.

Se había quedado con el coche dos semanas más de lo previsto, pero el plazo había concluido. Quizá fuera lo mejor: no podía conducir con los huesos rotos.

Lena y Richard habían llegado el sábado a Öland con la intención de hacer una visita relámpago; saludaron a Gerlof, tomaron café en Marnäs y fueron a la casa de verano para pasar la noche. Por la mañana se presentaron en casa de Astrid Linder y se hizo evidente que también habían planeado llevarse a Julia a Goemburgo.

Sin embargo, no se habían preocupado de consultar a Julia sobre su plan. Ésta ni siquiera sabía que Lena y Richard se disponían a visitarlas hasta que vio el Volvo verde oscuro detenerse ante la casa de Astrid. Y entonces ya era demasiado tarde para escapar.

– ¡Hola a todos! -exclamó Lena, efusiva, cuando Astrid la dejó pasar. Al abrazar a Julia ésta sintió una punzada en el cuello debido a la fisura de la clavícula-. ¿Cómo estás? -Miró las muletas.

– Mucho mejor.

– Papá nos llamó y nos contó lo ocurrido -explicó su hermana-. Qué mala suerte…, pero podía haber sido peor. Debes pensar así, podía haber sido mucho peor. -Y eso fue todo lo que se le ocurrió decirle para consolarla. Añadió-: Qué buena ha sido Astrid dejando que te instalaras aquí. ¿Verdad?

– Astrid es un ángel -repuso Julia.

Y así lo creía. Era un ángel que vivía felizmente en la desierta población de Stenvik, pero que a veces también se sentía sola, como le había confesado. Era viuda y su única hija trabajaba como médico en Arabia Saudí, y sólo regresaba a casa por Navidad y para Midsommar, la festividad del solsticio de verano.

Richard no abrió la boca; apenas miró a Julia con impaciencia al tiempo que asentía con la cabeza, y ni siquiera se quitó la chaqueta beis de entretiempo; a los pocos minutos empezó a consultar su Rolex. Julia pensó que lo único que le importaba era recuperar el coche para que su hija pudiera utilizarlo y regresar a Torslanda.

Astrid les ofreció café y galletas, y Lena se maravilló de lo tranquilo y silencioso que resultaba Stenvik en octubre, cuando no había turistas. Sentado con la espalda erguida junto a su esposa, Richard seguía callado. Julia, que se encontraba al otro lado de la mesa, miraba por la ventana y pensaba en la casa de Vera Kant oculta por los enormes árboles.

– Bien, tendremos que ponernos en marcha -comentó Lena cuando terminó el café-. Nos espera un largo viaje.

Se apresuró a recoger las tazas de café mientras Richard salía a echarle una mano a Astrid para asegurar un canalón que estaba a punto de caerse en la parte trasera de la casa.

Julia no podía hacer nada; sólo permanecer sentada y mirar. No tenía piernas, ni trabajo ni hijos. Y, sin embargo, la vida tendría que continuar de alguna manera.

– Gracias por venir -dijo.

Lena asintió con la cabeza.

– En cuanto nos enteramos de lo ocurrido decidimos venir, para ayudarte a volver a casa -aseguró-. Ahora que no puedes conducir.

– Gracias -repuso Julia-, aunque no hacía falta. Voy a quedarme aquí.

Lena no escuchaba.

– Podemos ir juntas en el Ford, yo conduciré; Richard llevará el Volvo -prosiguió mientras enjuagaba la cafetera-. Solemos parar a comer en Rydaholm; hay un restaurante muy agradable.