«Sincera reunión de negocios en el muelle de la serrería, 1959», rezaba el texto escrito a máquina bajo la imagen, a pesar de que sólo uno de los hombres del grupo esbozaba una sonrisa amistosa. El resto, incluidos Martin y Kant, miraba con seriedad a la cámara.
1959. Sí, eso había sido varios años antes de que Martin comprara su primer barco de gran calado, registró Gerlof.
En esta copia de la fotografía, que era de mayor tamaño que la del libro, la mano que descansaba sobre el hombro izquierdo de Martin se veía claramente; eso al menos era una señal de amistad. A Gerlof nunca se le hubiera ocurrido ponerle la mano en el hombro a Martin Malm; no era una persona que invitara a acercarse. Pero August Kant lo había hecho.
– Éste es uno de nuestros amigos -dijo Gerlof, y señaló el rostro de Martin Malm-. Un capitán ölandés.
– Ah -repuso Heimersson. No parecía especialmente interesado-. En aquel tiempo esto estaba lleno de barcos. Transportaban madera a Öland. No es que tengan muchos bosques en la isla, la verdad.
– Teníamos bosques, pero la gente del continente los taló -apuntó Gerlof. Volvió a señalar la fotografía-. Y ése es August Kant, ¿verdad?
– Sí, es el director.
– Tenía un sobrino bastante conocido -apuntó Gerlof-. Nils Kant.
– Ah, sí -recordó Heimersson-. El asesino del policía, dio mucho que hablar. También lo leímos en el periódico. Pero murió, ¿no? Huyó del país y murió.
– Sí -confirmó Gerlof-. Pero ¿pasó por aquí antes de eso?
– No creo que al director le gustara mucho Nils -repuso Heimersson-. No hablaba nunca de su sobrino. Así que nadie más hablaba de él, por lo menos cuando el director estaba presente.
– Quizá no quería desvelar que sabía dónde se encontraba Nils -apuntó Gerlof.
– Bueno -dijo Heimersson-, quizá fuera eso. Pero Nils pasó por aquí tras escaparse de Öland, después del asesinato del policía.
– ¿En serio? ¿Y vio a su tío?
– Eso no lo sé. Pero estuvo merodeando por aquí durante un tiempo…, hubo gente que le vio en el bosque -añadió Heimersson, y señaló la fotografía-. Gunnar era el chico de los recados, igual que yo, y alardeaba de habérselo encontrado y de haber recibido dinero de él. Pero siempre estaba presumiendo de una cosa u otra… Sólo recuerdo que al final alguien informó a la policía de que Nils Kant vagaba por los alrededores. Vigilaron la serrería durante varios días, por si regresaba. Todos estábamos algo nerviosos, pero seguimos trabajando, claro. Y nadie volvió a ver al asesino del policía.
Gerlof imaginó al joven Nils acechando el edificio de la oficina desde el otro lado de la explanada, agachándose y asomándose a las ventanas en busca del tío August.
– ¿Recuerda si mi amigo Ernst hizo algún comentario sobre esta fotografía del muelle?
Heimersson recapacitó.
– Sí. Se detuvo a mirarla y me preguntó los nombres.
– ¿Los nombres? -se extrañó Gerlof-. ¿De los trabajadores de la serrería?
– Sí. Y le dije los nombres que recordaba. Uno se olvida de esas cosas con la edad; por ejemplo, ya no…
– ¿Podría repetírmelos? -le interrumpió Gerlof.
Había sacado su libreta de la cartera, y un bolígrafo.
– Sí, claro -aceptó Heimersson-. Veamos, de izquierda a derecha…
Heimersson no recordaba el nombre de tres: al parecer eran marineros, pero Gerlof apuntó el resto: Per Bengtsson, Knut Lindkvist, Anders Åkergren, Claes Frisell, Gunnar Johansson, Jan Ekendahl, Mikael Larsson. Después repasó la lista, pero no reconoció a ninguno. Seguía sin saber lo que andaba buscando Ernst.
Heimersson siguió guiándolos despreocupadamente. Se adelantó por el pasillo hacia la otra sala del museo.
– Aquí tenemos nuestro primer ordenador, tan grande como una casa. Así eran antes.
Gerlof asintió con la cabeza, distraído, mientras Heimersson le enseñaba la sala donde se exponían los adelantos tecnológicos de la serrería y la industria maderera, sobre todo una serie de grandes máquinas estáticas.
– Muy interesante -comentó Gerlof después de diez minutos-. Muchas gracias.
– De nada -repuso Heimersson-. Siempre es un placer encontrarse con personas interesadas en la madera.
Los acompañó hasta la explanada asfaltada y señaló hacia uno de los edificios de acero.
– Acabamos de instalar un equipo de rayos X para comprobar la calidad de la madera -explicó-. ¿Desean visitarlo también?
Gerlof vio que John negaba rápidamente con la cabeza: ya había tenido suficiente dosis de madera.
– Gracias -dijo-, es demasiado técnico para nosotros. Pero nos encantaría echar un vistazo al puerto. No es necesario que nos acompañe.
– ¿El puerto? -se extrañó Heimersson-. Yo no lo llamaría así. Tiene muy poca profundidad y los grandes barcos no pueden atracar. Toda la madera se transporta en camión.
– Sin embargo, nos gustaría verlo -apuntó Gerlof.
– Muy bien -repuso Heimersson-. Entonces cerraré el museo.
El hombre tenía razón; cuando bajaron los escasos cien metros que los separaban del mar, Gerlof reparó en que apenas había un muelle digno de ese nombre; el asfalto estaba cuarteado y habían desplazado algunas piedras cuadradas de granito dejando enormes huecos.
Junto al muelle había un embarcadero que se adentraba unos metros en el mar. También pedía a gritos una reparación, pensó Gerlof. ¿Acaso no había en la serrería suficiente madera para arreglarlo?
Una vieja barca de remos se mecía quedamente en el embarcadero, a la espera de que su dueño la subiera a tierra antes de las tormentas de invierno.
Desde el interior soplaba un viento gélido, y Öland se distinguía en el horizonte como una línea negra. Aunque la costa de Småland, con sus calas e islas, era muy hermosa, Gerlof ya deseaba estar de vuelta.
– Seguramente los barcos de Martin Malm atracaban aquí -dijo.
– Sí -convino John-. En este lugar tomaron la fotografía.
Apenas quedaba nada por ver. Gerlof sintió cómo el frío le traspasaba el abrigo. No tenía ganas de pasear por el embarcadero con ese viento, y cuando John dio media vuelta para regresar él hizo lo mismo.
Gerlof se detuvo y observó la explanada entre los edificios de la serrería. Seguía desierta.
En ese instante le embargó una repentina certeza. No tenía lógica, surgió de su subconsciente como un pez negro que aparece y ataca justo por debajo de la superficie, y antes de pensarlo dos veces, soltó:
– Todo empezó aquí.
– ¿Qué? -preguntó John.
– Todo. Nils Kant y Jens y… Mi nieto murió por algo que empezó aquí.
– ¿Aquí en Ramneby?
– Sí, aquí. En la serrería.
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo presiento -respondió Gerlof, y se dio cuenta de lo estúpido que sonaba. Sin embargo, se vio obligado a continuar-: Hubo una especie de reunión, creo que fue una reunión. Cuando Nils llegó… Tuvo que verse con su tío August y llegar a un acuerdo. Seguramente pasó algo así.
Pero la sensación de certeza ya había desaparecido.
– Vaya. ¿Nos vamos a casa? -inquirió John.
Gerlof asintió lentamente con la cabeza y empezó a caminar.
Estaba sentado solo en el coche de John, aparcado junto a una casa de piedra en la desierta Larmgatan, en el centro de Kalmar. John había querido detenerse en la ciudad para hacer una breve visita a su hermana Ingrid antes de regresar a Öland.
Gerlof cavilaba. ¿Había sacado algo en claro de su excursión al museo de la madera? No estaba seguro.
Al otro lado de la calle la puerta de la casa de Ingrid se abrió y John salió. Se dirigió directamente al coche y abrió la puerta.
– ¿Qué tal estaba? -preguntó Gerlof.
John se sentó al volante sin responder. Encendió el motor y arrancó.
Al salir de Kalmar avanzaron en silencio por la recta autopista hacia Öland, pero Gerlof no se dio cuenta de que éste había durado demasiado hasta que no llegaron al puente.