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– ¿Qué pasa? -preguntó-. ¿Ha ocurrido algo malo en casa de Ingrid?

John asintió, lacónico.

– Han detenido a Anders. Han pasado por allí a la hora de comer y lo han arrestado.

– ¿Por dónde? -preguntó Gerlof-. ¿Por la casa de Ingrid?

John asintió con la cabeza.

– Anders estaba allí. Se había ocultado en casa de su tía. Y ahora está detenido.

– ¿Detenido? ¿Estás seguro? -se extrañó Gerlof-. La policía sólo detiene a alguien si cree que…

– Me ha dicho Ingrid que han entrado sin llamar -le interrumpió John-. Han entrado y le han dicho a Anders que les acompañara a Borgholm. Se han negado a responder a las preguntas de mi hermana.

– ¿Sabías que Anders estaba en Kalmar? -quiso saber Gerlof.

John no respondió y se condicionó a asentir con la cabeza una vez más.

– Como ya he dicho esta mañana -observó Gerlof lentamente-, nunca es buena idea largarse si la policía quiere hablar contigo. Sólo consigues que sospechen de ti.

– Anders no confía en ellos -dijo John-. Intentó impedir esa pelea en el camping. Pero el único que acabó compareciendo ante los tribunales fue él; a los de Estocolmo no les pasó nada.

– Lo sé -lamentó Gerlof-. Y fue una injusticia. -Reflexionó un rato, y luego preguntó con toda la delicadeza de la que fue capaz-: Pero en caso de que la policía pensara que Anders tuvo algo que ver con la desaparición de mi nieto y quisiera hablar con él… ¿crees que tendría algún sentido? Tú conoces a Anders mejor que nadie. ¿Has sospechado alguna vez de él?

John negó con la cabeza.

– Anders es un buen chico.

– ¿Ni siquiera necesitas pensar en ello?

– La única vez que le he visto cometer una estupidez fue una tarde que se ocultó entre los enebros del muelle. Estuvo mirando a unas niñas mientras se cambiaban para la clase de natación. Tenía doce o trece años. Le dije que no volviera a hacerlo jamás. Y, por lo que sé, nunca más lo hizo.

Gerlof asintió.

– Eso no es tan grave -dijo.

– Es un buen chico -repitió John-. Sin embargo, lo han detenido.

Acababan de cruzar el puente y volvían a estar en la isla.

Gerlof reflexionó y observó el lapiaz castigado por el viento al este de la carretera nacional. Asintió de nuevo.

– Vayamos a Borgholm -decidió-. Hablaré con Martin Malm, una última vez. Tendrá que contarme todo lo que sabe.

25

– No seré yo quien hable con Anders Hagman -le dijo Lennart a Julia mientras se dirigían a Borgholm en el coche de policía-. Un comisario de Kalmar experto en estos casos se encargará de él.

– ¿Será largo el interrogatorio? -preguntó Julia, y observó a Lennart.

Iba de uniforme, llevaba una chaqueta acolchada con el escudo de la policía en el brazo. Se había vestido para ir a la ciudad.

– No creo que a eso se le pueda llamar interrogatorio -respondió-. Será sólo una conversación, una charla. No está detenido ni arrestado. No hay pruebas. Pero si confiesa que entró en casa de Vera Kant y que guardaba viejos recortes de periódico, entonces seguro que tocarán el asunto de tu hijo. Y ya veremos cómo reacciona Anders ante eso.

– He intentado recordar si… si alguna vez mostró interés por Jens -dijo Julia-. Pero no recuerdo nada por el estilo.

– Eso te honra. No se puede ir por ahí sospechando cosas de la gente.

Lennart la había llamado el martes al mediodía mientras Julia tomaba café con Astrid. Habían encontrado a Anders Hagman en Kalmar y lo habían trasladado a Borgholm. Media hora después la recogió en el coche de policía. Julia estaba agradecida de que Lennart le permitiera asistir a esta investigación, o lo que fuera, desde el principio, pero al mismo tiempo la incertidumbre de lo que la esperaba la ponía muy nerviosa.

– No tendré que estar en la misma habitación, ¿verdad? -preguntó-. No creo que…

– No, no -la interrumpió Lennart-. Sólo estarán Anders y el comisario Niklas Bergman.

– ¿Tenéis espejos de ésos? -preguntó ella.

Al ver que Lennart se echaba a reír, se arrepintió de haber preguntado.

– No, qué va -respondió él-. Eso sólo ocurre en las películas americanas, cuando hay algún careo o una escena emocionante. A veces utilizamos vídeos, pero no es lo habitual. En Estocolmo hacen algunos careos, pero aquí no.

– ¿Crees que fue él? -quiso saber Julia al detenerse en la primera señal de tráfico de Borgholm.

Lennart negó con la cabeza.

– No lo sé. Pero tenemos que hablar con él.

La comisaría de Borgholm se encontraba en una calle transversal al acceso principal de la población. Lennart se detuvo en el aparcamiento y abrió la guantera. Julia lo vio revolver entre papeles, tarjetas de visita y paquetes de chicles.

– No puedo dejarla aquí -dijo-. No es que vaya a necesitarla, pero tengo que llevármela.

Cogió la pistola, que reposaba en una funda de cuero negra con el nombre GLOCK grabado. Lennart se la sujetó rápidamente a la cadera y esperó a que Julia saliera del coche y cogiera las muletas antes de conducirla hacia la entrada de la comisaría.

Julia tuvo que esperar en la sala de personal de la comisaría de Borgholm. Era como cualquier sala de personal, pero en un rincón había un televisor y acabó sentándose a mirar el mismo programa americano de teletienda que solía ver durante el día en su apartamento de Gotemburgo. Ahora le resultaba incomprensible. ¿Cómo podía haberle parecido interesante alguna vez?

Lennart regresó a la sala poco antes de las dos.

– Hemos acabado -comunicó-. Por ahora. ¿Quieres que vayamos a comer?

Julia asintió y no quiso que se le notara la curiosidad que sentía. Seguro que Lennart se lo contaría todo a su debido tiempo. Cogió las muletas y salió con él de la comisaría.

– ¿Anders sigue ahí dentro? -preguntó cuando emergieron a la fría Storgatan.

Lennart negó con la cabeza.

– Hemos permitido que se fuera al apartamento que tiene en Borgholm.

Caminaba despacio por la acera e iba al mismo paso que Julia. Ella intentaba saltar con las muletas lo más rápido posible, pero tenía los dedos entumecidos por el viento helado.

– Quizás es el apartamento de su madre, no lo sé -añadió Lennart-. Pero prometió no desaparecer, por si necesitamos hablar con él. ¿Te apetece un chino? Estoy cansado de comer pizza.

– Si no está lejos -aceptó Julia, y dejó que Lennart le mostrara el camino al restaurante chino que se encontraba junto a la iglesia de Borgholm.

Cuando entraron casi no quedaban clientes. Lennart y Julia colgaron sus abrigos y se sentaron a una mesa junto a la ventana. Ella miró el blanco edificio de la iglesia y recordó el cálido verano de su confirmación, cuando estaba enamorada de un chico del grupo de confirmandos que se llamaba… ¿Cómo se llamaba? Su nombre había sido importante en aquella época, pero ya no lo recordaba.

– Pero entonces, ¿qué hacía Anders en la casa? -preguntó Julia después de encargar la comida: cinco pequeños platos-. ¿Os lo ha contado?

– Sí… dice que estaba buscando diamantes -declaró Lennart.

– ¿Diamantes?

Lennart asintió y miró por la ventana.

– Es un antiguo rumor…, yo también lo he oído. Al parecer, los soldados alemanes a los que Nils mató llevaban un botín de guerra de los países bálticos. La gente dice que eran piedras preciosas. Anders pensó que Nils las había enterrado en el sótano antes de escapar. Así que cavó y cavó…, pero no las encontró -explicó, y añadió-: Al menos eso es lo que dice. No deja de ser un tipo bastante raro.

– ¿Y los recortes de periódico? -preguntó Julia.

– Estaban dentro de un armario; los encontró y los colgó. Anders cree que Vera los guardó. -Lennart la miró-. ¿Sabes qué más dice? Que ha sentido la presencia de Vera en la casa. Que se pasea por las habitaciones. Vamos, que la casa está embrujada.