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Nils todavía se está acostumbrando a su nueva identidad y a su nueva vida. Crece poco a poco dentro de él mientras siente cómo la anterior se esfuma. Sin desaparecer del todo. Como si tuviera otra vida bajo una quesera. La nueva es más libre, tiene un número personal y un pasaporte que aceptan en las fronteras; aun así, no se siente del todo auténtico. Ni en Costa Rica, ni durante la etapa transcurrida en México, ni el año anterior en las afueras de Ámsterdam, ni los últimos seis meses en un apartamento medio vacío en Bergsjön, a las afueras de Gotemburgo, donde algunas veces se despertaba bañado en un sudor frío y convencido de haber regresado al sofocante calor de Costa Rica.

– ¿Puedo preguntarle la edad? -dice el propietario.

– Cuarenta y dos años.

– Es la mejor época de la vida.

– Sí, quizás.

Hasta ahora cuando Nils ha preguntado a Fritiof cuándo podrá regresar a casa, a Öland, éste ha respondido con evasivas.

– Los impacientes cometen errores -observó Fritiof tres semanas atrás al otro lado de una estridente línea telefónica-. Tienes que tomártelo con calma, Nils. El féretro está enterrado en Marnäs, la hierba ha comenzado a crecer sobre la tumba y tu anciana madre te lleva flores de vez en cuando. Te espera.

– ¿Se encuentra bien? -quiere saber.

– Sí, no te preocupes. -Fritiof hace una pausa y continúa-: Pero ha recibido postales. Extrañas postales. Primero algunas de Costa Rica, luego de México y Holanda. ¿Lo sabías?

Nils lo sabe. Ha enviado cartas y postales a su madre durante todos estos años, pero siempre ha tomado precauciones.

– Nunca he escrito el remite -dice Nils.

– Bien. Seguro que se ponía muy contenta al recibirlos -señala Fritiof-, pero ahora corre el rumor de que Nils Kant está vivo. No entre la policía, a ellos no les interesan los chismes; lo dice la gente de Stenvik. Por eso no debes impacientarte. ¿Entiendes?

– Sí. Pero ¿qué sucederá cuando regrese a Öland?

– Bueno, qué sucederá… -repite Fritiof como si la respuesta no le interesara-. Lo que sucederá es que regresarás a casa, con tu madre. Pero primero tenemos que ir a buscar el tesoro, ¿eh?

– En eso hemos quedado. Si vuelvo a casa, te enseñaré dónde está el tesoro.

– Bien. Sólo tenemos que esperar el momento adecuado -dice Fritiof.

– Sí. ¿Y cuándo será eso?

Pero Fritiof ya ha colgado.

El tipo, que seguramente tiene otro nombre, ha colgado. Nils tiene la sensación de que para Fritiof Andersson él es un proyecto acabado, un hombre muerto. Muerto y enterrado en el cementerio de Marnäs.

– El alquiler se paga por adelantado -declara el propietario.

– Bueno -responde Nils-. Puedo pagar ahora.

– Y el plazo de revocación es de un mes.

– Bien. No necesito más tiempo.

Nils no está muerto, regresa a casa.

Y será mejor que el hombre que se hace llamar Fritiof no cometa el error de creer lo contrario.

29

En el autobús a Mamas, Gerlof meditaba. Había dado una cabezada entre Borgholm y Köpingsvik, pero se despertó cuando entraron en el lapiaz. Y siguió con sus reflexiones.

En casa de Martin Malm había hablado más de la cuenta; había lanzado un montón de hipótesis sin fundamento que seguramente nunca podrían probarse. No le había arrancado a Martin una confesión, pero al menos había podido decir todo lo que pensaba.

Ahora intentaría seguir adelante. Construiría otros barcos dentro de botellas. Cuando John lo visitara, tomaría un café con él. Leería las esquelas del periódico y contemplaría la llegada del invierno desde la ventana de su habitación de la residencia.

Pero era difícil olvidar. Había tanto sobre lo que reflexionar.

Cogió de nuevo el libro de la naviera Malm, que empezaba a tener las esquinas desgastadas de tanto ojearlo. Gerlof lo abrió por la página de la fotografía del muelle de Ramneby, y una vez más observó a Martin Malm junto a August Kant delante de los adustos trabajadores.

Pensó en lo que Ann-Britt Malm le había contado: que había sido Vera Kant y no August quien le había prestado dinero a Malm para comprar su primer gran barco. Esto significaba, en otras palabras, que Vera le había pagado a Martin Malm para que llevara a Nils a casa.

Pero si August Kant no había querido saber nada de su sobrino -si quizás incluso había preferido que se quedara en el extranjero para siempre-, entonces, ¿qué sentido tenía esa fotografía donde se le veía a partir un piñón con Martin Malm? La mano de August descansaba sobre el hombro de Martin…

Porque era la mano de August, ¿verdad? Gerlof miró con más detenimiento. El pulgar no parecía estar en el lado correcto de la mano.

Miró fijamente la fotografía, hasta que le dolieron los ojos y los contornos en blanco y negro comenzaron a moverse y tornarse borrosos. Entonces sacó las gafas de la cartera, se las puso y siguió observando. Al no servirle de ayuda se las quitó y las sostuvo como una lupa sobre la imagen. Los pálidos y expectantes rostros de los trabajadores de la serrería se aproximaron, pero al mismo tiempo se disolvieron en puntitos en blanco y negro.

Gerlof movió las gafas sobre la fotografía y miró con más detenimiento la mano que descansaba sobre el hombro de Malm. Ahí estaba, reposando amigablemente junto al cuello del dueño del barco, pero ahora Gerlof vio con claridad que la que debía ser la mano derecha de August en realidad era la izquierda. Y justo detrás de la mano…

Gerlof estudió las caras alegres de la fotografía.

De repente, vio por primera vez lo mismo que Ernst tuvo que haber visto.

– Por los clavos de Cristo -dijo.

Mentar la Cruz era una blasfemia muy antigua; la madre de Gerlof le había prohibido pronunciarla hacía más de setenta años. Desde entonces jamás había blasfemado de esa manera.

Para asegurarse cogió la libreta, pasó las páginas hasta llegar a la lista de nombres que había anotado en el museo de la madera y se fijó en uno de ellos.

– Por los clavos de Cristo -repitió Gerlof.

Durante unos segundos se quedó absorto en su descubrimiento; luego levantó la vista y recordó que se encontraba en un autobús camino de Marnäs. Pero aún no habían llegado, se hallaban al sur de Stenvik; miró por la ventanilla, el autobús pasó el primer letrero que indicaba «CAMPING 2 KM».

Stenvik, el autobús pronto llegaría a Stenvik. Tenía que comunicarle a John su descubrimiento.

Gerlof se apresuró a apretar el botón rojo de parada.

Cuando el autobús redujo la velocidad cien metros al norte del desvío a Stenvik, guardó el libro conmemorativo y las gafas en la cartera y se levantó; le temblaban las piernas.

La puerta central del autobús se abrió con un chirrido y, tras descender por los escalones, Gerlof volvió a enfrentarse al frío y al viento. En los brazos y las piernas notó los susurros de Sjögren, por el momento bastante discretos.

La puerta se cerró tras él y el autobús se alejó. Estaba solo en la parada y aún lloviznaba. En el pasado había habido una pequeña caseta de madera para guarecerse los días de lluvia, pero ahora ya no existía. Todo lo bueno y gratuito desaparecía rápidamente.

Cuando se apagó el rumor del autobús, Gerlof miró el paisaje desierto, se abrochó todos los botones del abrigo y divisó a lo lejos el letrero amarillo de Stenvik. El lugar adonde se dirigía.

Miró varias veces antes de cruzar la carretera para no ser arrollado, pero no había ni un solo coche a la vista. La carretera nacional estaba completamente desierta. Anduvo bastante rápido los cincuenta metros que le separaban del desvío. Al torcer, el viento le golpeó de frente en el rostro y aminoró la marcha.

Había recorrido doscientos metros cuando, de pronto, recordó que John Hagman no estaba en Stenvik.