– Bien, ahora está abierta -dijo-. Sal.
Gerlof permaneció sentado.
– Pero tú no te diste por vencido -insistió, y miró a Ljunger-. Ante la negativa de August, te pusiste en contacto con Vera Kant, la madre de Nils, en Stenvik, y le hiciste la misma proposición. Y ella aceptó. ¿Verdad?
Gunnar Ljunger suspiró, como si estuviera junto a un niño testarudo. Miró por la ventanilla el paisaje costero.
– Vera me permitió descubrir esta bonita isla -dijo-. Vine aquí por primera vez el verano del cincuenta y ocho. Cogí el transbordador hasta Stora Rör y luego el tren hacia el norte. Estaban a punto de cerrar la línea, y la marina mercante ölandesa también se hallaba en las últimas. Muchos creían que Öland estaba acabada, pero en el tren oí que quizá se construyera un puente. Un largo puente, para que los ölandeses pudieran salir de la isla cuando quisieran, y viniera más gente del continente.
– La gente rica del continente -dijo Gerlof.
– En efecto. -Ljunger respiró hondo y continuó-. Fui al norte de Öland y descubrí el sol y las playas. El sol y el mar eran espléndidos, pero apenas había turistas. Así que empecé a rumiar, incluso antes de llamar a la puerta de Vera Kant en Stenvik. -Suspiró-. Vera se sentía sola y era infeliz en su gran casa y echaba de menos a su hijo. Hablé con ella.
– Sola e infeliz -repitió Gerlof-. Pero muy rica.
– No tan rica como imaginaba -replicó Ljunger-. La cantera estaba a punto de cerrar y su hermano se había apoderado de la serrería familiar en Småland.
– Tenía muchas tierras -arguyó Gerlof con voz exhausta-. Terrenos a lo largo de la costa… terrenos en la playa.
Se preguntaba cómo iba a morir. ¿Ljunger tendría algún arma? ¿O cogería una piedra entre los millones que había en Öland y sencillamente le aplastaría la cabeza, más o menos como había hecho con Ernst?
– Vera poseía muchas tierras, sí -aceptó Ljunger-. No creo que nadie en Stenvik pudiera imaginar la cantidad de propiedades que tenía, tanto al sur como al norte de la población. Pero claro, carecían de valor mientras no se hiciera nada con ellas. La persona adecuada podría encargarse de vendérselas a la gente del continente… -Comenzó a abrocharse el anorak y añadió-: En los años cincuenta apenas había unas cuantas casas de verano en esta zona, pero yo me olía que la demanda aumentaría mucho, no sólo de casas sino también de hoteles y restaurantes. Y cuando se construyera el puente los precios se dispararían.
– Así que Vera te dio Långvik -dijo Gerlof.
– No me dio nada. -Ljunger negó con la cabeza-. Le compré todas sus tierras, de forma completamente legal. Pero, claro, a un módico precio y con el dinero que ella misma me prestó; todo está registrado y fue perfectamente legal.
– Y a Martin Malm le prestó dinero para comprar un barco más grande.
– En efecto. Nos habíamos conocido cuando Martin transportaba madera a Ramneby -dijo Ljunger, y asintió-. Yo necesitaba un ayudante de confianza, alguien que trajera primero el féretro de Nils Kant del extranjero, y después al propio Nils. Tenía que pasar algún tiempo antes de que él volviera a casa, pues en ese momento Vera dejaría de venderme sus tierras. Eso lo tuve claro desde el principio. -Le sonrió a Gerlof con cierta satisfacción-. Vamos.
Ljunger abrió su portezuela.
Gerlof miró por la ventanilla. Vio una playa desierta, con la hierba apretujada contra el suelo por la acción del viento.
– ¿Qué hay aquí? -preguntó.
– Poca cosa -dijo Ljunger, y se apeó del coche-. Ahora lo verás.
31
– Sal del coche, Gerlof.
Gunnar Ljunger cerró la portezuela, dio la vuelta al vehículo rápidamente y abrió la del copiloto. Esperó, impaciente, a que Gerlof se apeara.
– Tengo que ponerme… -comenzó éste.
Pero Ljunger alargó una mano enguantada.
– No necesitas ningún abrigo, Gerlof -dijo-. ¿No tienes calor ahora?
Ljunger era por lo menos quince años más joven que Gerlof; corpulento, ancho de espaldas y con brazos fuertes. Agarró con fuerza al otro por debajo del brazo y lo sacó del coche.
Ljunger llevaba un anorak amarillo con letras negras en la espalda: LÅNGVIK CONFERENCE CENTER.
– Vamos.
Cerró la puerta, alzó el llavero y apretó un botón. Las puertas del coche se cerraron con un ligero clic.
A Gerlof ese tipo de cosas le parecían mágicas. Había cogido el bastón, pero la cartera se había quedado en el coche. Dio unos pasos vacilantes en dirección a la pradera junto al mar, y comprendió lo que Ljunger pensaba hacer.
Durante unos minutos su cuerpo agradeció salir del coche, tan caliente como una sauna. El viento le refrescó, y sintió que no le hacía falta el abrigo.
Pero Gerlof sabía que no sobreviviría sin él. Fuera hacía un frío paralizante; el termómetro apenas marcaría algún grado por encima de cero. El viento soplaba con fuerza desde el mar Báltico, y la llovizna le aguijoneaba el rostro.
– Mira, Gerlof -Ljunger se dirigía hacia el camino de grava junto al prado y señalaba un muro de piedra delante de una pequeña arboleda. Junto al muro crecía un solitario árbol encogido-. ¿Sabes qué es eso?
Gerlof se acercó unos pasos tambaleándose.
– Un manzano -dijo en voz baja.
– En efecto, un viejo manzano -Ljunger lo tomó del brazo y tiró de él con cuidado pero con decisión hacia la playa. Señaló de nuevo, esta vez hacia un lejano arbusto retorcido-. Y aquel, que apenas se ve, es un arbusto de uva espina abandonado -miró a Gerlof-. ¿Y eso qué significa?
– Un huerto abandonado -dijo Gerlof.
– En efecto, se pueden encontrar las piedras de los cimientos bajo la hierba. -Ljunger miró a su alrededor-. Encontré esta playa hace unos años. No suele haber nadie por aquí, ni siquiera en verano. Es un lugar para sentarse a pensar y a veces… -Ljunger miró el manzano de nuevo-: A veces vengo aquí y pienso en ese árbol y en las personas que vivieron aquí. ¿Por qué ya no hay nadie en un lugar tan bonito?
– La pobreza -apuntó Gerlof, y tiritó por primera vez.
Se esforzó por mantenerse erguido a pesar del viento, sin tiritar ni tambalearse. Pero no llevaba más que una ligera camisa y una camiseta igual de ligera, y el aire frío del otoño le traspasaba la ropa.
– Sí, seguramente eran pobres -dijo Ljunger-. Quizá viajaron en barco al otro lado del Atlántico, como Nils Kant y miles de ölandeses. Pero lo gracioso… -Volvió a hacer una pausa-. Lo gracioso es que nunca se dieron cuenta de las grandes posibilidades que tenía la isla. A los ölandeses siempre os ha ocurrido eso.
Gerlof asintió sin más, Ljunger podía graznar cuanto quisiera.
– Quiero entrar en el coche -dijo.
– Está cerrado -dijo Ljunger.
– Pronto me moriré de frío.
– En ese caso, vuelve a Marnäs. -Ljunger señaló el muro junto al que crecía el árbol-. Por allí hay una abertura. Tras ella encontrarás un camino que lleva hacia el norte por la playa, más allá de una vieja pista de baile… en realidad, sólo hay un par de kilómetros hasta el pueblo en línea recta.
Gerlof se tambaleó sacudido por el viento. Esta vez no le importó; tenía algo importante que decir.
– Soy el único que lo sabe, Gunnar. -Ljunger lo miró sin responder-. Como ya te he dicho antes… lo he averiguado todo en el autobús, al ver que eras tú quien estaba detrás de Martin Malm.
Ljunger se encogió de hombros.
– Ernst Adolfsson también blandió la fotografía -dijo-… pero además sacó a relucir muchas otras cosas, viejas escrituras y demás. A mí no se me asusta fácilmente.
– Él me llevaba la delantera -dijo Gerlof cansado-. Creía que Ernst me lo contaba todo, pero no era así. ¿Qué quería de ti?
– La cantera. Quería comprarme la cantera por una cantidad simbólica, a cambio de no contarle a nadie todo lo que sabía de mis negocios urbanísticos con Vera.