– No era mucho pedir -dijo Gerlof.
– No lo creas -respondió Ljunger al instante-. Hoy día es un terreno sin valor, pero en el futuro la situación quizá cambie. Un casino ölandés excavado en la roca, quizá… ¿quién sabe? No acepté su propuesta. -Ljunger miró a Gerlof-. Vosotros, los viejos capitanes de barco, os sobreestimáis en exceso si creéis que alguien puede estar interesado en cosas que ocurrieron ya hace tiempo.
– Al menos tú estás interesado Gunnar -dijo Gerlof-. Si no, no estaríamos aquí.
– Como comprenderás no puedo permitir que un montón de jubilados vaya por ahí hablando más de la cuenta -observó Ljunger cansado-. No se trata sólo de los proyectos que hay en marcha… Justo ahora estamos esperando que nos den un permiso de construcción en Långvik. Hay en juego mucho dinero. Durante los próximos seis meses se venderán sesenta nuevas parcelas al este del pueblo, ¿cuánto crees que costarán?
Gerlof comprendió.
– Como he dicho, soy el único que lo sabe. Ni John ni mi hija.
Ljunger le sonrió divertido.
– Es muy noble por tu parte llevarte todo el honor, Gerlof. Y te creo.
– Gunnar, ¿también mataste a Vera Kant?
– No, qué va. He oído que se cayó por la escalera de su casa y se desnucó. Nunca he matado a nadie.
– Mataste a Ernst Adolfsson.
– No -repuso Ljunger-. Tuvimos una discusión que acabó en una pequeña pelea.
– Durante la pelea tiró una de sus esculturas a la cantera, ¿verdad? -dijo Gerlof.
– Sí. Y luego yo le empujé y se cayó llevándose la gran escultura de piedra consigo. Fue un accidente, exactamente como determinó la policía.
– Tú mataste a Nils Kant -dijo Gerlof.
– No.
– Entonces fue Martin -replicó-. ¿Y Jens? ¿Quién mató a Jens?
Ljunger ya no sonreía. Miró su reloj y dio un par de pasos hacia el coche.
– ¿Se tropezó Jens con vosotros en el lapiaz? -prosiguió Gerlof alzando la voz-. ¿Por qué no lo dejasteis vivir? Tenía seis años… no representaba ningún peligro para vosotros.
– Dejemos correr ese funesto suceso, Gerlof. Además, ahora tengo que irme.
Y seguro que era cierto, Gunnar Ljunger tenía una agenda muy apretada. Matar a Gerlof era sólo un trámite más en su agenda del día.
Cerró los ojos para protegerlos de la lluvia y el viento. No aguantaría mucho tiempo de pie. Pero no pensaba arrodillarse ante Gunnar Ljunger, eso no era digno de él.
– Sé dónde están las piedras preciosas -anunció.
Gerlof dio un paso hacia el coche apoyándose en el bastón. Si se acercaba lo suficiente quizá pudiera golpearlo con el bastón y hacer una buena abolladura a la reluciente carrocería.
– ¿Las piedras preciosas?
Ljunger lo miró. Tenía una mano sobre la manilla de la portezuela.
Gerlof asintió.
– El botín de guerra de los soldados. Me lo dieron y lo he guardado. Ayúdame a entrar en el coche y vamos a buscarlo.
Ljunger negó con la cabeza y sonrió de nuevo.
– Gracias por el ofrecimiento. Le pregunté a Nils unas cuantas veces dónde estaba el botín, aunque quien quería las piedras era sobre todo Martin. Ni siquiera es seguro que tengan algún valor. Yo estoy más que satisfecho con los terrenos de Vera. La avaricia rompe el saco.
Abrió la puerta rápidamente, entró y se sentó.
Arrancó el coche. El motor apenas emitió ningún sonido, simplemente susurró, perfectamente ajustado.
Ljunger puso la marcha atrás y el coche se deslizó lentamente por el camino de grava, poniéndose fuera del alcance de Gerlof justo cuando estaba a punto de alzar el bastón.
Demasiado tarde. «¡Por los clavos de Cristo!»
Gerlof se quedó desamparado en el prado. Bajó lentamente el bastón y vio el coche, y con él el abrigo, desaparecer en la distancia.
Ljunger estaba de nuevo cómodamente sentado tras el volante y ni siquiera miró a Gerlof; había vuelto la cabeza para dar rápidamente marcha atrás por el camino de grava. Viró en el terraplén por donde antes pasaba el tren y se alejó.
Más adelante, el Jaguar se detuvo un momento cerca de la carretera principal. Gerlof alcanzó a ver con los ojos entornados cómo Ljunger abría la puerta, tiraba la cartera y a continuación el abrigo. Luego cerró la puerta y prosiguió su camino. El sonido del motor se apagó.
Gerlof seguía de pie de espaldas a la lluvia. El fuerte viento susurraba en sus oídos.
Empezaba a estar empapado y congelado y nunca reuniría fuerzas para regresar hasta la carretera principal, ni a Marnäs. Ljunger lo sabía.
Levantó un pie, volvió como pudo el cuerpo, y dio media vuelta con pasos vacilantes. La playa seguía gris y desierta.
Calculó que la vieja parcela que Ljunger le había enseñado se hallaba a unos cincuenta metros. Podría llegar hasta allí y protegerse un poco del viento tras el muro de piedra.
– Entonces hazlo -murmuró.
Gerlof se puso en marcha. Paso a paso, usando el bastón como firme apoyo cada vez que le fallaban las piernas. Cruzaba el brazo libre sobre la pechera mojada de su camisa, como una lastimosa protección contra el viento.
Bajo los zapatos notaba el duro y firme camino de grava, construido hacía muchos años con piedra caliza triturada. El coche de Gunnar Ljunger no había dejado huellas en él, y la lluvia pronto borraría las marcas de las ruedas embarradas que pudieran aparecer un poco más adelante. Como si Ljunger nunca hubiera estado allí, como si Gerlof hubiera ido solo.
«La policía no sospecha que haya sido un crimen.» Seguramente ésa sería la noticia del Ölands-Posten, cuando lo encontraran congelado.
Empezaba a anochecer.
Paso a paso. Gerlof levantó una mano temblorosa y se limpió unas frías gotas de lluvia de la frente.
A medida que se acercaba a la playa oía más y más cómo las olas rompían rítmicamente contra la pequeña extensión de arena que se extendía debajo del prado. A lo lejos, una solitaria gaviota planeaba por encima del mar pese a los embates del viento. No era el único signo de vida; unas cuantas millas mar adentro, Gerlof vislumbró la borrosa silueta grisácea de un gran barco de carga que navegaba con rumbo norte. Sabía que por mucho que agitara los brazos o gritara, nadie le vería ni oiría.
Que recordara, nunca había estado en esa pequeña playa. Gerlof añoraba el paisaje abrupto de Stenvik; era yermo y hermoso. En su opinión la costa este de Öland era demasiado llana y frondosa.
El camino de grava acababa de pronto en un estrecho sendero que se prolongaba entre la hierba. Nadie había pasado por allí en mucho tiempo; la hierba era alta y dificultaba el paso, por lo menos el de Gerlof, que apenas podía levantar los pies. De vez en cuando llegaba una fuerte ráfaga de viento desde el mar que le hacía tambalearse y perder el equilibrio. Pero siguió caminando, paso a paso, y finalmente alcanzó el manzano. Tras esos pocos metros apenas le quedaban fuerzas.
Era un triste manzano, delgado y retorcido a causa de los fuertes vientos marinos. Las ramas carecían por completo de hojas y no proporcionaban protección alguna, pero al menos pudo apoyar la espalda contra el rugoso tronco y descansar un momento.
Buscó en el bolsillo derecho del pantalón. Encontró un objeto duro y lo sacó.
Era el móvil negro de Gunnar Ljunger.
Gerlof recordó que había cogido el pequeño teléfono del espacio entre los asientos cuando Ljunger se apeó y rodeó el coche para abrir la puerta. Había conseguido metérselo en el bolsillo justo antes de que Ljunger lo sacara del coche a la fuerza.
Pero el robo del móvil no era de gran ayuda, pues Gerlof no sabía cómo funcionaba. Intentó marcar el número de John Hagman, pero no sucedió nada. El móvil estaba apagado.
Se lo guardó en el bolsillo.
¿Debería sentirse agradecido de que Gunnar Ljunger le hubiera permitido conservar los zapatos? Sin ellos no habría sido capaz de avanzar ni un metro.