Entonces, por fin, Nils comprende. Comprende lo que va a suceder y reacciona. Nils ve que Henriksson tantea la cartuchera con la mano. Retrocede hacia la niebla y echa a correr.
– ¡Detente!
Por supuesto Nils no se detiene, huye. La trampa que le han preparado está a punto de cerrarse, pero escapa.
Ya no es joven y se mueve lentamente por la hierba, pero está en el lapiaz, su territorio. Huye a través de la niebla con la cabeza agachada, se dirige hacia el arbusto más cercano y espera oír un disparo a su espalda, pero se agacha y consigue protegerse detrás de los enebros antes de que llegue.
Nils oye gritos en la niebla detrás de él, a lo lejos. No se detiene. Continúa en línea recta a grandes zancadas.
¿Es éste el camino que va a la aldea?
Nils cree que sí. Se dirige a casa; por fin llegará a la casa de su madre y nada lo detendrá.
De pronto, Nils ve una figura entre la niebla, se detiene y toma aliento.
Cuando está a punto de echar a correr otra vez, se da cuenta de que no es uno de sus perseguidores. Es un niño pequeño; no tendrá más de cinco o seis años. Sale de la niebla gris y se detiene a una docena de pasos.
El niño es pequeño y delgado, viste pantalones cortos y un fino jersey rojo, y calza un par de pequeñas sandalias. Guarda silencio, mira a Nils con curiosidad y duda, como si no tuviera miedo pero supiera que debería tenerlo.
Pero Nils no es peligroso, al menos con los niños. Siempre ha actuado en defensa propia, y ese día de verano realmente intentó salvar a su hermano de morir ahogado, pero reaccionó demasiado tarde. En su vida le ha hecho daño a un niño. Nunca.
– Hola -dice Nils, y resopla.
Intenta controlar su respiración entrecortada para no asustarle.
El niño no responde.
Nils echa una rápida mirada alrededor, pero no ve a ninguno de sus perseguidores. La niebla le protege. No puede quedarse aquí mucho tiempo, pero sí tomarse un respiro.
Mira al niño de nuevo sin sonreír y pregunta en voz baja:
– ¿Estás solo?
El niño asiente en silencio.
– ¿Te has perdido?
– Creo que sí -dice el niño en voz baja.
– No te preocupes… Yo conozco el lapiaz. -Nils se acerca a él-. ¿Cómo te llamas?
– Jens -responde el niño.
– ¿Y qué más?
– Jens Davidsson.
– Bien. Yo me llamo…
Titubea: ¿cuál de sus nombres utilizará?
– Me llamo Nils -dice al fin.
– ¿Y qué más? -replica Jens. Es como un juego.
Nils ríe, lacónico.
– Me llamo Nils Kant -responde, y da un paso más.
El niño sigue inmóvil en un mundo que sólo consiste en hierba y piedras y algunos enebros. Hierba, piedras y enebros es todo lo que se puede ver en la niebla. Nils intenta sonreír para mostrar que todo va bien.
La niebla los envuelve, no se oye nada. Ni siquiera el canto de los pájaros.
– No te preocupes -dice Nils.
Decide acompañar al niño a la aldea y buscar su casa, antes de ir a ver a su madre.
A esas alturas están muy cerca el uno del otro: Nils y Jens.
A continuación les llega el eco de un motor. Nils quiere dar media vuelta y salir corriendo, pero apenas tiene tiempo de avanzar un paso.
El rugido va en aumento y se diría que proviene de todos lados.
El Volvo marrón aparece de pronto entre las piedras y los enebros, patinando en la hierba antes de enderezarse y enfilar hacia él. Va directo a Nils. Sin reducir la velocidad.
¿A la derecha o a la izquierda?
El coche se hace más grande, es anchísimo… Nils sólo tiene unos segundos para decidirse, un segundo, y luego ya es demasiado tarde. Lo único que puede hacer es mirar, y cubrir con el brazo al niño. No hay manera de protegerse.
En un instante el mundo desaparece.
Todo queda en silencio. Fría oscuridad.
El sonido regresa como un sordo eco. La niebla, el frío y el motor del coche en punto muerto.
– ¿Lo has atropellado? -pregunta una voz.
– Sí… lo estoy viendo.
Nils yace boca arriba, tendido sobre la hierba. La pierna derecha forma un extraño ángulo bajo su cuerpo, pero no le duele nada.
El coche está en punto muerto a sólo unos metros. La puerta del conductor se abre. El policía se baja lentamente con la pistola en la mano.
La puerta del copiloto también se abre. Gunnar se apea, pero se queda junto al coche y mira el lapiaz.
El policía se acerca a Nils y se detiene.
No dice nada, sólo clava la vista en él.
De pronto, Nils recuerda al niño que ha encontrado en la niebla, Jens: ¿dónde está?
Se ha esfumado.
Nils confía en que Jens Davidsson haya desaparecido, que haya escapado en la niebla y haya corrido con sus pequeñas sandalias a Stenvik. Una huida exitosa. Nils quiere seguirlo, regresar a su hogar, pero no puede moverse. Debe de tener la pierna rota.
– Se acabó -murmura.
Se acabó, madre. Podría arrastrarse hasta Stenvik, pero no le quedan fuerzas.
Los muertos se congregan a su alrededor, sombras grises le rodean en silencio.
Su padre y Axel, su hermano pequeño. Los dos soldados alemanes. El policía provincial del tren y el marinero sueco de Nybro.
Todos muertos.
El joven policía asiente con la cabeza.
– Sí, ya acabó todo.
Se detiene a sólo dos pasos de Nils.
El policía le quita el seguro a la pistola antes de alzarla, apunta a Nils a la cabeza y dispara.
38
Gerlof había relatado la historia de la muerte de Nils Kant entre lentos susurros.
Julia tuvo que inclinarse hacia delante para poder oírlo. Escuchó todo hasta el final.
Estaba sentada y guardaba silencio junto a la cama. Miró a Gerlof.
– ¿Fue eso lo que pasó? -preguntó ella tras una larga pausa-. Ocurrió así, como me acabas de contar. ¿Estás seguro?
Gerlof asintió despacio.
– Bastante seguro -murmuró.
– ¿Por qué? -dijo Julia-. ¿Cómo puedes estarlo?
– Bueno… Ljunger dijo unas cuantas cosas… mientras esperaba a que me muriera de frío -respondió Gerlof-. Dijo que… que no todo se reducía a obtener dinero y terrenos de Vera Kant. Dijo que también se trataba de una venganza. Pero… ¿vengar a quién? ¿Y quién quería vengarse? He estado pensando en ello… y sólo se me ocurre una persona.
Julia negó con la cabeza.
– No -dijo simplemente.
– ¿Por qué razón iban a traer a Nils Kant a casa? -murmuró Gerlof-. A Gunnar Ljunger no le interesaba. Para él Nils era más valioso lejos, en América… Allí era inofensivo, y por cada año que pasara, Gunnar podría conseguir más terrenos de Vera… El botín de los soldados alemanes no tenía importancia comparado con todas las tierras que Gunnar podría adquirir. -Tomó aliento-. Pero había otra persona que quería que Nils volviera a casa… y que iba a dejarle llegar casi a la puerta de la casa de su madre para ajusticiarlo. Ése sería un buen castigo.
Julia negó con la cabeza de nuevo, pero esta vez la movió sin fuerza.
– Alguien les ayudó -continuó Gerlof-. Ayudó a Gunnar Ljunger y a Martin Malm a traer el féretro a Öland, y estuvo presente cuando se abrió e inspeccionó… Tenía que ser alguien que pudiera convencer a todos de que lo que había vuelto a casa era el cuerpo de Nils Kant. Un policía joven y digno de crédito.
Se hizo de nuevo el silencio. Gerlof giró un poco la cabeza y miró la puerta.
Julia se volvió.
Era Lennart. Había abierto la puerta sin que ella lo notara. Entró en la habitación como si no pasara nada.
– Bueno -dijo-, otra vez mi jefe. Han acabado la investigación en Marnäs, así que puedo empezar a trabajar cuando…
Lennart guardó silencio, se detuvo y advirtió que Julia y Gerlof le miraban con gravedad.
– ¿Ha pasado algo? -preguntó, y se colocó detrás de la silla de las visitas.
– Hemos estado hablando… de la sandalia, Lennart -dijo Gerlof-. La sandalia de Jens.