– ¿La sandalia?
– La que te llevaste prestada… ¿no te acuerdas? -dijo Gerlof-. ¿Has recibido alguna respuesta de los técnicos de la científica en el continente…? ¿Sabes si han encontrado algo?
Lennart miró a Gerlof en silencio durante un par de segundos, luego negó con la cabeza.
– No -dijo-. Ningún rastro… no han encontrado nada.
– Dijiste que la habías enviado -dijo Julia, y lo miró.
– Lo hiciste, ¿verdad? -preguntó Gerlof-. ¿Podemos comprobar si la recibieron?
– No sé… quizá.
Tenía la vista fija en Gerlof todo el tiempo, pero no parecía enfadado. Su mirada no expresaba ninguna emoción. Estaba pálido, y alzó lentamente las manos y las colocó sobre el respaldo de la silla.
– Me pregunto una cosa, Lennart… -dijo Gerlof-. ¿Cuándo viste a Gunnar Ljunger por primera vez?
Lennart bajó la vista a sus manos.
– No me acuerdo.
– ¿No te acuerdas?
– Sería en… el sesenta y uno o sesenta y dos. -El tono de su voz era monótono y débil-. Durante el verano, cuando me destinaron a Marnäs. Habían robado en su restaurante, en Långvik… y yo fui a tomar declaración. Charlamos un rato.
– ¿Sobre Nils Kant?
Lennart asintió. Seguía sin mirar a Julia.
– Entre otras cosas -dijo-. Ljunger sabía… se había enterado de que yo era el hijo del policía provincial asesinado. Un par de semanas después me llamó y me invitó a pasar por su oficina. Me preguntó si deseaba encontrar a Kant, atraerlo a casa y vengar la muerte de mi padre… Me preguntó si me interesaba el asunto.
Lennart guardó silencio.
– ¿Qué respondiste?
– Le dije que sí, que estaba interesado -respondió Lennart-. Yo le ayudaría a él y él a mí. Fue un acuerdo comercial.
Gerlof asintió lentamente.
– Que finalizó hace un par de días, ¿no? -murmuró-. En la comisaría de Marnäs, ¿verdad? ¿Tenías miedo de que empezara a contar cosas de ti a tus colegas? ¿Quién sujetó realmente la pistola, Lennart? Esa con la que Gunnar se disparó.
Lennart se miraba las manos.
– No importa -dijo.
– Un acuerdo comercial -apostilló Julia en voz baja.
Miró por la ventana. Vio el crepúsculo, pero su mente estaba ocupada en otras cosas.
Pensaba en que Martin Malm había conseguido dinero para nuevos barcos.
Y que Gunnar Ljunger había conseguido tierras a bajo precio que podía vender por mucho dinero.
Y que Lennart Henriksson, del que había creído estar enamorada, finalmente había podido vengarse de Nils Kant.
Todo por el precio de la vida de su hijo.
– Fue un acuerdo -dijo Lennart-. Yo tenía que echar una mano a Ljunger y a Martin Malm en una serie de asuntos… Y ellos me ayudarían a mí.
– Así que ese día os encontrasteis en el lapiaz envuelto en niebla -dijo Gerlof.
– Ljunger me llamó por la mañana y me dijo que estarían en el mojón -expuso Lennart-. Nos encontraríamos allí. Pero yo me retrasé, y cuando llegué todo era un caos… Martin Malm yacía en el suelo ensangrentado. Kant le había golpeado con una pala. Malm nunca se recuperó… Tuvo su primer derrame cerebral apenas unos días después.
– ¿Y Jens? -preguntó Julia en voz baja.
– Fue un accidente, Julia. No lo vi… -dijo Lennart con voz compungida, sin mirarla-. Cuando Kant murió encontramos… el pequeño cuerpo debajo del coche. No… no tuvo tiempo de apartarse cuando atropellé a Kant.
Guardó silencio.
– ¿Dónde lo enterrasteis? -inquirió Gerlof.
– Está enterrado en el cementerio, en la tumba de Kant -dijo Lennart. Hablaba como alguien que se ve obligado a recordar un sueño espantoso-. Allí llevamos, por la noche, los cuerpos del niño y de Kant. Colgamos una campanilla en la puerta del cementerio para que si alguien entraba pudiéramos oírlo. Retiramos la hierba y pusimos la tierra sobre una lona. Nos pasamos la noche cavando. Fue horrible.
Julia cerró los ojos.
«Junto a un muro», pensó. Jens estaba enterrado junto al muro del cementerio de Marnäs, asesinado por un hombre lleno de odio. Tal y como Lambert había dicho.
Respiró hondo.
– Pero antes de que enterrarais a Jens -dijo con un hilo de voz y los ojos cerrados-, viniste a Stenvik por la tarde y ayudaste a buscarlo. Tú organizaste la búsqueda del niño que habías matado… mi hijo. -Julia suspiró, agotada-. Y luego condujiste por el lapiaz simulando que lo buscabas, para poder borrar tus propias huellas.
Lennart asintió en silencio.
– No creas que ha sido fácil -dijo en voz baja, aún sin mirarla-. Sólo quería decírtelo, Julia, no ha sido fácil guardar silencio. Y este otoño, cuando regresaste… quise ayudarte de verdad. Lo intenté… quería olvidar todo lo ocurrido hacía veinte años, e intenté que tú también lo olvidaras. -Guardó silencio y añadió-: Creí que lo conseguiría.
– Así que Nils Kant está enterrado en su tumba -dijo Gerlof.
Lennart asintió y lo miró.
– No había hablado con Gunnar Ljunger desde hacía muchos años. Ni de esto ni de nada… No tenía ni idea de lo que pensaba hacer contigo, Gerlof.
Soltó el respaldo de la silla y se dio la vuelta lentamente. Parecía tan cansado como la primera vez que ella lo había visto en la cantera. O quizá más.
Se dirigió a la puerta y se volvió por última vez.
– Puedo decir que… que me sentí mejor al disparar a Ljunger que al vengarme de Nils Kant.
Lennart abrió la puerta y abandonó la habitación.
Gerlof resopló en la silenciosa sala del hospital.
Nadie aplaudió.
Miró a su hija.
– Lo… siento, Julia -susurró-. Lo siento muchísimo.
Ella asintió y lo miró con los ojos arrasados en lágrimas.
Y en ese instante vio cómo Jens habría sido de mayor. Lo vio en el rostro de Gerlof.
Pensó que el niño se habría parecido mucho a su abuelo. Jens habría tenido los ojos grandes y tristes, su ancha frente habría estado surcada por arrugas de preocupación y con su mirada inteligente y comprensiva podría ver tanto el lado oscuro como el claro de este mundo.
– Te quiero, papá.
Le cogió la mano y la sujetó con fuerza.
Epílogo
Era el primer día de primavera de verdad, un día soleado y caluroso, con flores y pájaros por todas partes, y el cielo parecía elevarse sobre Öland como una sábana azul celeste sacudida por el viento. Un día en el que la vida se mostraba repleta de posibilidades una vez más, sin que importara la edad de las personas.
Para Bengt Nyberg, el reportero local, el verdadero principio de año en Öland no llegaba hasta la primavera, cuando ésta se dignaba aparecer. En días como ése procuraba pasar al aire libre el máximo tiempo posible.
A Bengt le debían muchos días de vacaciones. Podría dedicarse a pasear y disfrutar del calor primaveral y el canto de los ruiseñores en el lapiaz, donde los últimos charcos de nieve derretida se secaban al sol, pero ese día en particular quería trabajar.
Bengt cerró los ojos unos segundos para disfrutar del calor del sol y luego posó la vista en la iglesia de Marnäs, que se erigía al otro lado del muro de piedra.
El invierno anterior, cuando habían abierto la tumba, habían acudido muchos curiosos y advenedizos al cementerio, una auténtica marea humana que el cordón policial a duras penas había conseguido mantener alejada. Ese jueves sólo había unas cuantas personas en el entierro, y el pastor les había pedido que se quedaran al otro lado del muro del cementerio.
Así que Bengt, provisto de su bloc de notas, era el único reportero presente en la ceremonia, aparte de un joven fotógrafo que habían enviado de la redacción central en Borgholm (pese a que Bengt les había dicho que él mismo sacaría las fotos), y que no paraba de moverse de un lado a otro. Se trataba de una historia importante, quizá se pudiera vender a los periódicos de la capital, y en ese caso la sencilla cámara y las instantáneas de Bengt Nyberg no servirían.