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El fotógrafo que habían enviado era novato. Oriundo de Småland, se llamaba Jens, igual que el niño desaparecido, y probablemente veía el Ölands-Posten como un primer paso en su carrera profesional, una carrera que con toda seguridad le llevaría a trabajar al cabo de unos años en algún periódico vespertino de Estocolmo. Era ambicioso, pero aburrido. Cuando no sacaba fotos se pasaba el rato hablando de famosos a los que quería fotografiar a escondidas, o de caballos con los que iba a ganar fortunas. Bengt no estaba interesado en ninguno de los dos temas.

Jens era muy inquieto. Tan pronto como el responsable del cementerio asignó a los periodistas un lugar al otro lado del muro, el joven se puso a buscar un sitio mejor blandiendo la cámara.

– Creo que podré entrar en el cementerio -le dijo a Bengt, y miró ansioso por encima del muro-. Si me cuelo…

Bengt negó con la cabeza y no se movió.

– Quédate aquí -murmuró-. Estaremos bien.

Así que permanecieron al otro lado del muro y esperaron al sol. Pasado un rato apareció el cortejo fúnebre. La cámara de Jens empezó a zumbar.

Julia Davidsson, la madre, caminaba lentamente detrás del pastor por el camino de piedra. Junto a ella iba Gerlof, el abuelo. Ambos vestían de negro. Tras ellos iba un hombre alto de la edad de Julia; llevaba un abrigo oscuro.

– ¿Quién es ese hombre? -susurró Jens tras bajar la cámara.

– El padre del niño -repuso Bengt.

Julia Davidsson sujetaba a su padre del brazo, y él se apoyó en ella hasta que llegaron a la tumba, que se encontraba al sur de la torre de la iglesia. Permanecieron juntos mientras bajaban el ataúd. Gerlof inclinó la cabeza, y Julia lanzó una rosa.

Bengt pensó que ahí terminaba la historia. Habían ocurrido tantas desgracias en la isla en sólo seis meses. El espantoso final de Ernst Adolfsson en la cantera de Stenvik, en otoño; la muerte violenta de Gunnar Ljunger en la comisaría unos meses después; la sandalia infantil que la policía encontró en su caja de seguridad en la oficina del hotel de Långvik, y que pertenecía al mismo par que la que el ahora difunto naviero, Martin Malm, había enviado a Gerlof tiempo atrás.

El caso parecía cerrado, pero de pronto Lennart Henriksson había solicitado una nueva reconstrucción de la muerte de Ljunger, a la que siguió una acusación contra él por el asesinato de Gunnar Ljunger y el homicidio involuntario de Jens Davidsson.

Y para acabar, un gris día de invierno se había abierto la tumba de Nils Kant.

Los técnicos de la policía habían levantado una especie de tienda de campaña sobre la tumba, como si fuera una pequeña ermita de lienzo blanco junto a la iglesia. Trabajaron en silencio durante varios días; de vez en cuando se refugiaban en el pórtico caldeado de la iglesia. Durante la exhumación no sólo se había encontrado el cuerpo de Nils sino también los restos de un hombre, que hasta la fecha seguía sin identificar. Seguramente se trataba de un ciudadano sueco que había vivido en Latinoamérica durante años. Allí había sido asesinado.

Oculto en un hoyo bajo el ataúd de Nils Kant, la policía finalmente encontró un tercer cuerpo, mucho más pequeño que los anteriores. Y el caso quedó resuelto.

Periodistas, cadenas de radio nacional y reporteros de televisión llegaron a Marnäs a fin de cubrir la noticia. Para un periodista local había sido una experiencia frenética encontrarse en el centro de los acontecimientos, pero a Bengt le costaba mantener una distancia profesional con las historias sobre las que escribía, y a menudo se había sentido abrumado por la tristeza. Había tratado a Lennart Henriksson durante décadas, y el drama de su detención estaba lejos de alegrarle.

Pero ahora el sol brillaba, como para celebrar el año nuevo ölandés. Después de más de veinte años bajo tierra, el pequeño recibiría al fin una sepultura apropiada.

Cuando concluyó la breve ceremonia junto a la tumba, Julia y Gerlof se encaminaron lentamente hacia la iglesia, seguidos, a un par de metros de distancia, por Michael, el padre de Jens.

Por lo que Bengt alcanzó a ver desde el otro lado del muro, Julia y Gerlof no cruzaron una palabra durante todo el funeral. Pero tuvo la sensación de que se sentían tan unidos como pueden llegar a estarlo dos miembros de una familia, y sintió cierta envidia.

– Bueno, ya está -dijo el fotógrafo, y bajó la cámara-. ¿No?

– Sí, claro -repuso Bengt-. Ahora podemos irnos a casa.

No había apuntado ni una sola palabra en el bloc y lo más probable era que sólo escribiera un pequeño pie de foto para el periódico.

Sería suficiente. Pero si le preguntaban luego cómo había sido el entierro del pequeño, Bengt Nyberg respondería que le había parecido luminoso, digno y tranquilo, como…, como una especie de conclusión.

Agradecimientos

La mayor parte de La hora de las sombras transcurre en Öland a mediados de la década de 1990, pero se trata de una Öland que en parte sólo existe en la mente del autor. Las personas y las empresas que aparecen en el libro no son reales, y muchos de los lugares tampoco.

Estoy muy agradecido a mi abuelo, Ellert Gerlofsson, capitán de barco, y a su hermano Egon, peluquero y buzo, por haber compartido conmigo sus historias y recuerdos. También querría dar las gracias por su ayuda al capitán de la marina mercante Stellan Johansson, de Bohuslän, al periodista Kristian Bedel, de Gotemburgo, y al abogado Lars Oscarsson, de Jönköping.

Muchos amigos me han ayudado de diferentes maneras durante el proceso de escritura del libro: gracias a Kajsa Asklöf, Monica Bengtsson, Victoria Hammar y Peter Nilsson, del taller de escritura Litter. A Jacob Beck-Friis, Niclas Ekström, Carolina Karlsson, Rikard Hedlund, Mats Larsson, Carlos Olguin, Catarina Oscarsson, Michael Sevholt, Kalle Ulvstig y Anders Weidemann. También a mis familiares Lasse y Eva Björk, de Kalmar, Hans y Birgitta Gerlofsson, de Färjestaden, y a Gunilla y Per-Olof Rylander, de Borgholm.

Asimismo, me gustaría dar las gracias a mis maravillosos editores, sobre todo a Richard Berghorn, de la revista Minotauren, y a Kent Björnsson, de la editorial Schakt, que se ha encargado de muchos de mis cuentos; también a Lotta Aquilonius, de Wahlström & Widstrand, que se ha ocupado de La hora de las sombras.

Mi madre, Margot Theorin, se merece un especial agradecimiento por todos los viejos libros de historias ölandesas y artículos de prensa que generosamente me ha proporcionado.

Y, finalmente, gracias y abrazos a Helena y Klara por aguantar mis sueños.

La hora de las sombras en imágenes

Con comentarios de Johan Theorin

El capitán de barco

Ésta es una fotografía de mi abuelo Ellert Gerlofsson, tomada alrededor de 1950 en el muelle del Ayuntamiento de Estocolmo. Ellert fue capitán de barco durante treinta años, y se dedicaba a transportar la piedra caliza de Öland a Estocolmo. En el momento de la fotografía ya se ha descargado la piedra y se ha cargado mercancía variada, por lo que se ha cambiado de ropa y se ha puesto el traje. Para crear a Gerlof me basé en la historia de Ellert. Se parecen en algunos aspectos, pero no en todo. A diferencia de Gerlof, mi abuelo no tenía nada en contra de los habitantes del continente, pero el choque con una mina era una pesadilla recurrente para ambos.

El niño y su abuelo

En esta foto aparezco con mi abuelo en Djupvik, a principios de 1970. En aquella época pasaba todos los veranos en Öland, y cuando no nos bañábamos, mis amigos y yo organizábamos largas expediciones por el lapiaz. Nadie sabía dónde estábamos, ni siquiera nosotros mismos, y cuando caía la noche nos apresurábamos para volver a casa. Al escribir sobre Jens, me refería a mi infancia, cuando me sentía desorientado en Öland, pero, teniendo en cuenta que ahora también soy padre, refleja mi temor por lo que pueda pasarle a mi hijo.