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¿Qué hacía yo allí, en aquel banco, bajo aquel cielo de almanaque religioso? Pensaba en Artemisa. O mejor dicho, había acudido allí, al banco desde el que tantos atardeceres habíamos presenciado, cogidos de la mano mientras la noche absorbía como papel secante el azul del río, para pensar en ella, aunque mi mente luciera un blanco inmaculado desde la noche anterior, cuando en medio de la cena ella había puesto fin a nuestros dos meses de relaciones.

Sucedió en mi piso, donde nos habían sucedido la mayoría de las cosas, donde en aquel momento nos encontrábamos tomando una pizza sin anchoas repantigados en el sofá, envueltos en una cálida atmósfera de unión conyugal, de futuro compartido. Ella se aclaró la garganta, preparándose para hablar, y yo, felizmente aletargado en el centro de aquella escena tan premonitoria, tendí hacia ella una mínima parte de mi oído, seguro de que cualquier cosa que ella pudiera decir no haría más que confirmar todo. Y ella dijo: quiero dejarlo. Sencillamente. Y aquello no confirmaba nada. Nada en absoluto. No sé cuánto tiempo necesité para digerir aquellas palabras, para convencerme de que lo que no podía pasar estaba pasando, que ya casi había pasado y yo caía por una pendiente, por un abismo oscuro que, de repente, contradiciendo todos los mapas, había surgido ante mis pies. ¿Por qué?, fue lo único que atiné a decir, sabiendo que tanto daba el por qué, que mis planes ya nunca se realizarían por muchos porqués que hubiese, deseando incluso que ella no hablase, que permaneciera callada, que lo dejase estar para que yo pudiese creer que todo seguía y seguiría igual. ¿Por qué?, repitió ella como si mi pregunta le resultase impertinente. ¿Por qué?… Te lo he estado diciendo todos los días, pero nunca me escuchaste. Eso fue todo. Y yo no pregunté más. Cuando, cansada de tanto silencio, se levantó para ejecutar la ensayada despedida, alerté todos mis sentidos, dispuesto a recoger hasta el más pequeño detalle de su último minuto en mi vida. Nada duele más que vivir algo hermoso por última vez, al descubrir sobresaltados que su hermosura proviene de su persistencia. Sentí su beso terminal tratando de adherirse a la desvencijada mueca de mis labios. Sin ganas saboreé su aliento, amargo como una ausencia; olí su perfume de distancias cortas sabiendo que no le seguiría ninguna caricia, que esta vez no era preludio de ninguna gresca de amor. Toda ella pedía un abrazo. Un último trueque de calor y dulzura. Pero no me levanté, mis brazos no se movieron, permanecieron inertes, bloqueados, incapaces ahora de arroparla, de componer un gesto cuyo significado distaba mucho del que había tenido siempre, en aquella otra vida de apenas un minuto antes. Artemisa ya no me pertenecía, y sentirla contra mí entonces se me antojaba tan doloroso, patético e inútil como abrazar su cadáver, tal vez más porque seguía viva. Le oí. Cerrar. La Puerta. Observé cómo giraban y giraban las manecillas del reloj. Ella bajaba la escalera, cruzaba la calle, tomaba un taxi, dejaba escapar un suspiro, empezaba su nueva vida, y yo atrapado en el reducido orbe del sofá, sin ni siquiera fuerzas para pedir una ambulancia, concluyendo mi vieja vida con un trozo de pizza sin anchoas olvidado entre los dedos y la mente vacía, temerosa de cualquier pensamiento que pudiese llegar a partir de ahora. Cuando las vueltas del reloj empezaron a marearme, me levanté y bajé a la calle, y me eché a rodar sin dirección por las aceras, como un boliche lanzado por un advenedizo, presintiendo que lo que me quedaba por vivir iba a parecerse mucho a la letra de un bolero atroz y descarnado. Así que nuestro romance llevaba mucho tiempo perdiendo gas. Así que Artemisa había estado mandándome mensajes cifrados y yo, demasiado ocupado amándola, no me había percatado de que la granada que sacudía ante mis narices ya no tenía anilla… Eres arte, tesoro, solía decirle al verla llegar al Insomnio, vestida de sábado eterno y salvaje, reviviendo el local con sus curvas cerradas hechas para castigar llantas. Ahora se que debía referirme a esas pinturas opacas y disparatadas que parecen hechas con los ojos vendados y que una vez acabadas se dejan por despiste sobre la mesa de la cocina para que el gato le pase varias veces por encima.

Todo eso pensé sin pensar nada en aquel solitario banco frente al río cubierto de corazones y mensajes de amor escritos a navaja sobre la madera. También yo había acudido a anunciar allí nuestra modesta felicidad dos meses atrás, sin decírselo nunca a Artemisa, movido por ese romanticismo ostentoso que uno arrastra desde la adolescencia y conserva hasta su primera relación, un corazón tembloroso con dos letras igual de temblorosas y una fecha que ahora era incapaz de encontrar bajo la abigarrada galaxia de nombres y obscenidades que asfixiaban su superficie. ¿Cuántos de aquellos corazones se habrían roto ya? ¿Cuántas de aquellas declaraciones de amor tendrían aún vigencia? Era un pobre consuelo pensar que mi situación, una vez colocada sobre el tapete, junto al resto de las manos de los demás jugadores, era tan especial como una gota de agua en una tormenta.

Pero Artemisa me había dejado a mí y a nadie más. Y el porqué existía y yo iba a dar con él. Iba a descifrarlo, a entenderlo. Iba a descubrir las causas de la repentina deserción de Artemisa, mi dulce libro sin glosario, o morir en el intento. Tras una exhaustiva inspección por armarios y cajones olvidados, desplegué todo lo recolectado sobre la alfombra y sonreí, contento conmigo mismo por haber tomado la absurda decisión de seguir luchando aunque la batalla había terminado y todo cuanto yo pudiera hacer era evidentemente inútil. Acaricié con afecto los objetos desperdigados ante mí y entrecerré los ojos unos minutos para que el redoble de la lluvia en los cristales aportase a la escena el adecuado tinte épico. Cada material debía tener su razón de ser; un elemento superfluo podía perjudicar el conjunto. Con unos alicates y un rollo de alambre fabriqué una especie de peto que forré con páginas arrancadas de la enciclopedia familiar, por si Artemisa hubiese empleado alguna palabra más rebuscada de lo normal. Hice con los mismos materiales un casco, donde coloqué un despertador que atrasaba y un pequeño ventilador para remover el aire y así desempolvar sus palabras, que me calé enseguida sobre mi cráneo recién rasurado. El objeto más discutido eran unas enormes gafas de submarinismo con las que rematé mi rostro. Aparte de su simbolismo, no lograba justificar su inclusión entre los demás elementos del atrezzo. Las gafas aparecieron como por arte de magia en el maletero del coche familiar al regreso de unas vacaciones y a partir de ahí habían malvivido por casa con esa vida de repisas, alacenas y preguntas engorrosas de las cosas inútiles que nadie se decide a tirar. Finalmente, me las había traído conmigo como un amuleto, y cuando tropezaba con ellas me consolaba pensando que tarde o temprano les encontraría alguna utilidad. Ahora lo tenía claro: desde que surgieron del maletero del coche, la armadura había sido su destino. A lo largo del peto había dispuesto varias alcayatas, de las cuales procedí a colgar, como adornos de Navidad, un sinfín de objetos variopintos que con secreta vocación fetichista había ido recolectando a lo largo y ancho de nuestro romance: entradas de conciertos, servilletas, envoltorios de compresas, postales, una barra de labios olvidada, un trozo de pizza sin anchoas, fotos, algunos kleenex con sus microbios, el hilo de una falda, abalorios sentimentales destinados a envolverme con la fuerza mágica de los recuerdos. Me puse también unos guantes de goma, sin tener claro por qué. Pero lo fundamental aún quedaba por hacer: con varias vueltas de cinta aislante coloqué una vieja grabadora en la punta de un palo de escoba. Le añadí un par de coladores, a modo de filtros que repudiasen los sonidos sobrantes y dejaran pasar únicamente las palabras de Artemisa. Luego la colgué en la azotea, como si fuese pescado para ahumar, con el objeto de que la noche la bendijera con el aliento propicio de todos sus astros.