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Richard parpadeó rápidamente y miró a Donovan sonriendo.

– Sí, lo sé muy bien. Gracias, señor Donovan, aceptaré vuestro regalo.

– Tú me podrías hacer otro mayor.

– ¿Cuál?

– Llamarme Stephen.

– No me parece correcto. Cuando sea un hombre libre, gustosamente os llamaré Stephen. Hasta entonces, tengo que ocupar el sitio que me corresponde.

Pasó un tiburón tan hambriento como todos ellos aquel día en que no picaba ningún pez. Tenía un morro que parecía una pala y no debía de superar los doce pies de longitud. Un simple renacuajo en aquel océano. Se volvió, les dirigió una inexpresiva mirada y se alejó.

– Es una criatura perversa -dijo Richard-. La ballena tiene una mirada cuyo brillo rezuma conocimiento y lo mismo ocurre con una marsopa. Pero eso parece haber surgido de los abismos infernales.

– ¡Eres un auténtico producto de Bristol! ¿Has predicado alguna vez?

– No, pero hay predicadores en mi familia. Pertenecen a la Iglesia anglicana. El primo de mi padre es párroco de St. James y su padre predicaba al aire libre a los mineros del carbón de Kingswood Crew's Hole.

– Un hombre valiente. ¿Consiguió sobrevivir?

– Sí. Más tarde nació el primo James.

– ¿Nunca te atormentan los deseos de la carne, Richard?

– Me ocurrió una vez con una mujer que era capaz de abrirle a cualquier hombre las puertas del paraíso. Fue terrible. Pasarse sin ellos no es nada.

Algo tiró del sedal de Donovan y éste pegó un brinco.

– ¡Han picado! ¡Aquí abajo hay un pez!

Y era cierto. El tiburón había regresado y se había tragado la carnaza junto con el anzuelo, el corcho y el plomo. Donovan se quitó el sombrero, lo pisoteó y empezó a soltar maldiciones.

Puede que fuera el tiempo, asfixiante, caluroso y sin viento; o puede que el Alexander le hubiera concedido a la muerte unas breves vacaciones antes de que se iniciaran de nuevo los antiguos problemas.

El 29 de julio los convictos empezaron nuevamente a morirse. El doctor Balmain, que no soportaba bajar a la prisión por lo mal que olía, se vio repentinamente obligado a pasar mucho tiempo en aquel lugar. De nada servían sus remedios, sus vomitivos y sus purgantes.

¡Con cuánta facilidad arraigaban las supersticiones! En cuanto apareció la enfermedad, el Alexander se adentró en un sólido mar de brillante color azul cobalto y los convictos no aquejados por la dolencia que se apretujaban en la cubierta para contemplarlo dijeron que aquello era la manifestación de una maldición. El mar se había convertido en una extensión de guijarros azules y todo el mundo se iba a morir.

– ¡Eso son nautilos! -exclamó el doctor Balmain, exasperado-. Hemos tropezado con un inmenso banco de nautilos, los llamados navios de guerra portugueses. ¡Unas criaturas gelatinosas de brillante color azul! Son un fenómeno natural, no son una muestra de la cólera divina. ¡Qué barbaridad!

Agitando los brazos, el médico corrió a ocultarse desesperado en la intimidad de su desordenado camarote del alcázar.

– ¿Por qué los llaman navios de guerra portugueses? -preguntó Joey Long, cediendo el lugar a Richard, a quien ahora correspondía cuidar de Ike.

– Porque los navios de línea portugueses están pintados de este mismo color azul -contestó Richard.

– ¿No de negro con bordes amarillos como los nuestros?

– Si estuvieran pintados como los nuestros, Joey, ¿cómo se podría distinguir al amigo del enemigo? En cuanto el aire se llena con el humo de la pólvora, es muy difícil distinguir las banderas y las insignias. Y ahora, sube a cubierta, donde encontrarás a un buen amigo. Te pasas demasiado tiempo aquí abajo.

Richard se sentó al lado de Ike, le quitó la camisa y los calzones y empezó a lavarlo con una esponja.

– Balmain es un idiota -graznó Ike.

– No, lo que ocurre es que ha perdido la paciencia y ya no sabe qué hacer.

– ¿Acaso hay alguien que lo sepa? Me refiero a cualquier persona que pueda haber por ahí.

Ike era sólo piel y huesos, toda una serie de palillos envueltos en pergamino; se le había caído el cabello, las uñas se le habían vuelto de color blanco, tenía la lengua saburrosa y los labios agrietados e hinchados. Pero, a juicio de Richard, la muestra más espantosa de su enfermedad eran los encogidos órganos genitales que daban la impresión de haber sido colocados allí como por descuido. ¡Pobre Ike!

– Vamos, abre la boca. Te tengo que limpiar los dientes y la lengua.

Con gran suavidad, Richard utilizó una esquina escurrida de un trapo humedecido con agua filtrada para que la vida le resultara algo más soportable al antiguo salteador de caminos. A veces, pensaba mientras trabajaba, es peor que uno sea un hombre corpulento. Si Ike fuera tan escuchimizado como Jimmy Price, todo habría terminado hace tiempo. Pero allí había una impresionante montaña de carne y la vida es muy tenaz. Muy pocos desaparecen sin protestar, la mayoría se aferra a lo que queda como lapas a una roca.

El hedor era cada vez más intenso y procedía del agua del pantoque. A pesar de que Balmain llevaba siete años trabajando como médico en la Armada y había participado en una expedición a la costa de África occidental en la época en que el Parlamento aún estaba pensando en la posibilidad de utilizar África como vertedero de convictos, su tarea en el Alexander era superior a sus fuerzas. A petición suya, se habían colocado en las esquinas de la sofocante prisión unas mangueras de viento, es decir, unos embudos de lona que permitían la entrada de un poco de aire a través de un orificio abierto en la cubierta. El capitán Sinclair había protestado enérgicamente por la presencia de aquel hombre tan necio, pero el médico no dio su brazo a torcer. Trastornado por el hecho de que el Alexander se conociera ahora con el apodo de Barco de la Muerte, Sinclair cedió y ordenó a Chips que estropeara la cubierta del navío. Pero apenas penetraba aire en la prisión y los hombres seguían cayendo víctimas de la fiebre.

A pesar de su delgadez, Richard se encontraba muy bien. Al igual que sus compañeros de catre y los otros cuatro compañeros de catre de Ike. Willy Dring y Joey Robinson habían abandonado por entero la prisión, con lo cual quedaban tres hombres (habían perdido a un compañero en Portsmouth) para repartirse un espacio destinado a seis hombres, a razón de veinte pulgadas por cada uno. El catre perteneciente a Tommy Crowder y Aaron Davis mantenía tan buenas relaciones con el sargento Knight que sus ocupantes vivían muy a gusto. A pesar de todos los buenos augurios, el instinto le decía a Richard que aquel nuevo brote de enfermedad iba a ser muy grave.

– Exceptuando al que esté atendiendo a Ike, subiremos a cubierta y procuraremos recoger toda el agua de lluvia que podamos -ordenó.

Jimmy Price y Job Hollister empezaron a gimotear y Joey Long emitió un aullido de rabia mientras los demás ponían cara de no estar muy de acuerdo.

– Preferimos quedarnos abajo -dijo Bill Whiting.

– Si os quedáis, enfermaréis de fiebre.

– Tú mismo lo has dicho, Richard -replicó Neddy Perrott-. Mientras filtremos el agua y procuremos mantenerlo todo limpio, viviremos. Por consiguiente, nada de subir a cubierta. Eso está muy bien para ti con la piel que tienes, pero yo me quemo.

– Pues yo subo -dijo Taffy Edmunds, recogiendo unas cuantas cosas-. Tú y yo tenemos que practicar para el concierto. No podemos permitir que nuestro barco sea el único en el que no se pueda organizar un concierto. Fíjate en el Scarborough. Celebra un concierto cada semana. El cabo Flannery dice que algunos de ellos son tan estupendos que parece increíble.