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– Puede que el Scarborough tenga más convictos que nosotros en este momento -dijo Will Connelly-, pero la razón de que estén bien es el hecho de estar repartidos entre la cubierta inferior y el sollado. En cambio aquí estamos apretujados en la mitad de espacio porque también llevamos carga.

– Pues mira, por una vez yo me alegro de que el Alexander transporte carga en el sollado -dijo Richard, dando su brazo a torcer en una discusión que, a su juicio, no tenía sentido-. Mira lo que les ocurría a los marinos cuando se alojaban una cubierta más abajo. La bomba de achicar que tiene el Scarborough en el pantoque funciona como Dios manda. Y todo es mérito del capitán. Ellos tienen al capitán Marshall y nosotros tenemos a Esmeralda, a quien le importa un bledo que la bomba de su pantoque funcione o no con tal de que tenga su mesa bien abastecida. Los pantoques del Alexander están totalmente atascados.

El 4 de julio murió otro hombre y había treinta hombres en las plataformas reservadas a los enfermos. Era como si todo el casco del Alexander estuviera lleno de cadáveres en fase avanzada de descomposición, pensó Balmain. ¿Cómo era posible que aquellos pobres desgraciados pudieran vivir en medio de toda aquella putrefacción?

Al día siguiente, se recibieron dos órdenes del Sirius. La primera decretaba que se liberara a John Power de sus hierros; en cuanto se los quitaran, el joven debería presentarse de inmediato ante el señor Bofes, pues nada impedía que reanudara su trabajo. La segunda orden contrarió enormemente a los tenientes Johnstone y Shairp. La ración de agua destinada a cada hombre de la flota (las mujeres y los niños recibían una cantidad inferior) debería reducirse de cuatro pintas a tres pintas, tanto si éste era un marinero como si era un marino o un convicto. Tendrían que ofrecer una pinta a todos los convictos al amanecer y dos a media tarde. Se crearía un destacamento bajo la supervisión de un oficial de marina, con dos marinos subalternos y dos convictos como testigos; los marinos y los convictos se deberían cambiar cada vez para evitar los engaños o las connivencias. Las bodegas se deberían cerrar bajo llave y el tonel de agua también se debería cerrar bajo llave y mantener bajo estricta vigilancia. La custodia de las llaves correspondería a los oficiales. El agua adicional destinada a las calderas y las ollas se debería distribuir por la mañana, junto con el agua para los animales. Los animales consumían mucha agua. El ganado y los caballos se bebían diez galones diarios por cabeza. Tres días después las calmas y las tormentas desaparecieron y empezó a soplar viento favorable para las rutas sudorientales, a pesar de que los barcos aún no habían cruzado el ecuador. Los ánimos volvieron a elevarse, por más que la flota aún tuviera dificultades para mantener su ruta en millas reales, las cuales no superaban las cien diarias. El Alexander tropezó con una tremenda marejada de cara en cuyo transcurso crujieron los aparejos, cuando navegaba como de costumbre paralelo al Scarborough, el barco de los conciertos, seguido de cerca por el Sirius y el Supply, teniendo por delante al Friendship mientras el oleaje se estrellaba con fuerza contra la proa en masas de espuma que el barco se sacudía de encima tal como un perro se sacude el agua.

Cuando los botones de plata de las chaquetas escarlata de Johnstone y Shairp se empezaron a ennegrecer y el olor que se aspiraba en el alcázar era casi tan penetrante como bajo cubierta, los dos tenientes y el doctor Balmain fueron en comisión a ver al capitán, el cual los recibió, y rechazó sus quejas por considerarlas una bobada. Lo que a él le preocupaba era el hecho de que los convictos le robaran el pan, por cuyo motivo se les debería azotar hasta casi matarlos.

– ¡Deberíais agradecer a vuestras estrellas que no os roben el ron! -replicó Johnstone con aspereza.

El capitán esbozó una sonrisa de puro placer que dejó al descubierto su sucia dentadura.

– Puede que otros barcos tengan problemas con su ron, señores, pero el mío no. Ahora os ruego que os retiréis y me dejéis en paz. Le he encargado a Chips el arreglo de la bomba del pantoque de estribor, pues parece que no funciona como es debido. A eso se debe sin duda el estado de los pantoques.

– ¿Cómo podrá un carpintero -preguntó Balmain apretando los dientes- arreglar un objeto cuyo funcionamiento depende del metal y del cuero?

– Más os vale rezar para que pueda. Y ahora ya os podéis retirar.

Balmain ya estaba harto. Envió una señal al Sirius por medio de las banderas y recibió autorización para trasladarse en un bote al Charlotte y entrevistarse con el médico jefe John White. Al mando del teniente Shairp se alejó en dirección a la marejada; el Charlotte, que era un velero muy pesado, se había quedado muy rezagado. El viaje de regreso al Alexander fue terrorífico, incluso para Shairp que no les tenía miedo ni siquiera a las peores tormentas. Por consiguiente, cuando subió por la escala de cuerdas del Alexander, el doctor White no estaba precisamente de muy buen humor.

– Se requiere vuestra presencia, vosotros los de Bristol -dijo Stephen Donovan-. En el entrepuente, con el señor White y el señor Balmain.

La verdad, pensó Richard, quien había aprendido muchas cosas acerca de las bombas durante el período que había pasado con el fugitivo señor Thomas Latimer, las bombas del Alexander habrían tenido que estar una cubierta más abajo para reducir la altura de la columna de agua de pantoque que tenían que achicar; sin embargo, se trataba de un barco negrero cuyos propietarios no querían que hubiera orificios en la parte inferior del casco y, además, nadie se había preocupado demasiado por los pantoques cuando el bajel se encontraba en dique seco para el carenado.

En el compartimiento que ocupaban los marinos en el entrepuente había dos cisternas, una a babor y otra a estribor, cada una de ellas equipada con una bomba aspirante cuya palanca se accionaba arriba y abajo en sentido vertical. Cada cisterna se vaciaba al mar por medio de una tubería accionando una válvula. La bomba de estribor se había desmontado y la de babor no había quien la moviera.

– Allá vamos -dijo el doctor White con el rostro intensamente pálido-. ¿Cómo es posible que un hombre pueda vivir en este lugar? Vuestros hombres, teniente Johnstone, son dignos de alabanza por su paciencia.

Richard y Will Connelly levantaron la escotilla y se echaron hacia atrás. La bodega de abajo estaba sumida en la más absoluta oscuridad, pero el rumor del líquido que se agitaba alrededor de los toneles de agua lo oyeron incluso los que estaban situados más atrás.

– Necesito unas lámparas -dijo White, ajustándose un pañuelo sobre el rostro-. Uno de nosotros tendrá que bajar.

– Señor -dijo cortésmente Richard-, yo no acercaría una llama aquí dentro. El solo aire ardería.

– ¡Pero yo tengo que ver lo que hay!

– No es necesario, señor, os lo aseguro. Todos nosotros podemos oír lo que ocurre. Los pantoques se han desbordado y su contenido se ha vertido a la bodega. Eso quiere decir que están completamente atascados. Ninguna de las dos bombas funciona y puede que jamás hayan funcionado… La última vez que estuvimos aquí nos vimos obligados a achicar el agua de los pantoques con cubos. Tenemos este problema desde que abandonamos Gallion's Reach.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó White, hablando a través de la improvisada mascarilla.

– Richard Morgan, señor, natural de Bristol -contestó Richard sonriendo-. Nosotros los de Bristol estamos acostumbrados a los malos olores, por eso nos encargan siempre el cuidado de los pantoques. Aunque el hecho de limpiarlos por medio de cubos no servirá de nada. Hay que bombear, y bombear a diario. Pero no con unas bombas aspirantes como éstas. Tardan una semana en achicar una tonelada de agua, incluso cuando funcionan como es debido.