– ¿Puede el carpintero de ribera arreglarlas, señor Johnstone?
Johnstone se encogió de hombros.
– No, señor. Hay tantos elementos sólidos en el pantoque que las tuberías y los cilindros de este tamaño se quedarían bloqueados cada vez que se accionara la palanca. Lo que este barco necesita son bombas de cadena.
– ¿Qué hace una bomba de cadena que éstas no puedan hacer? -preguntó White.
– Eliminar lo que hay aquí abajo, señor. Es simplemente una caja de madera cuya parte interior es mucho más grande que estos cilindros. El achicamiento se lleva a cabo mediante una cadena plana de latón tensada entre dos ruedas de espiga de madera en la parte superior y un tambor de madera en la parte inferior. Una especie de listones de madera están unidos a la cadena de tal forma que, al bajar, se pliegan y, al subir, se vuelven a extender y ejercen aspiración. Un buen carpintero lo puede construir todo menos una cadena. Se trata de un mecanismo tan sencillo que dos hombres que hagan girar el tambor provisto de ruedas de cadena pueden achicar una tonelada de agua en cuestión de un minuto.
– En tal caso, habrá que instalar unas bombas de cadena en el Alexander. ¿Hay alguna cadena a bordo?
– Lo dudo, señor, pero el Sirius acaba de ser sometido a una reparación, por lo que seguramente dispone de bombas de cadena. Supongo que tendrá alguna cadena de repuesto. Si no, es posible que algún otro barco la tenga.
White se volvió hacia Balmain, Johnstone y Shairp.
– Muy bien, ahora regreso al Sirius para informar al gobernador. Entre tanto, la bodega y los pantoques se tendrán que achicar. Todos los marinos y convictos que no estén enfermos se encargarán de ello por turnos. No quiero que estos hombres de Bristol se vean obligados a hacerlo todo ellos solos -le dijo a Johnstone. Acto seguido, miró con semblante enfurecido a Balmain-. Señor Balmain, ¿por qué no informasteis mucho antes de esta situación que persiste desde hace siete meses? El capitán de este barco es un holgazán que no movería ni un dedo, aunque la mesana cayera sobre su chupeta. Como médico, vuestro deber es velar por la salud de todos los hombres de a bordo, incluidos los convictos. Vos no lo habéis hecho y tened por cierto que pienso informar de ello al gobernador.
William Balmain permaneció en silencio mientras una rosa escarlata se encendía en cada una de sus mejillas y las facciones de su hermoso rostro se tensaban a causa del sobresalto y la cólera. Era un escocés seis años más joven que el irlandés White y ambos no se habían caído muy bien el uno al otro en el momento de conocerse. El hecho de recibir una reprimenda en presencia de dos marinos y cuatro convictos era una humillación, justo lo que solía hacer el comandante Ross con sus negligentes subordinados. No era el momento adecuado para vengarse de White, pero Balmain se juró a sí mismo darle su merecido en cuanto la flota arribara a Botany Bay. Sus grandes ojos recorrieron los rostros de los convictos en busca de alguna señal de burla o regocijo, pero no vio ninguna. Conocía a aquel grupo por una razón muy extraña: sus miembros jamás se ponían enfermos.
Justo en aquel momento el comandante Robert Ross apareció al pie de los peldaños: el hecho de que Shairp hubiera estado recorriendo otra vez arriba y abajo el océano había despertado su curiosidad. Un olfateo fue suficiente para averiguar la naturaleza del problema; Balmain se retiró muy ofendido a su camarote para rumiar su venganza mientras White explicaba lo que ocurría.
– Ah, sí -dijo Ross, mirando a Richard con detenimiento-. Eres el jefe aficionado a la limpieza, te recuerdo muy bien. O sea que también eres experto en bombas y cosas por el estilo, ¿verdad, Morgan?
– Sé lo bastante para estar seguro de que el Alexander necesita urgentemente unas bombas de cadena, señor.
– Estoy de acuerdo. Señor White, os acompañaré al Sirius y después al Charlotte. Señor Johnstone y señor Shairp, ordenad que todo el mundo empiece a vaciar los pantoques. Y que se abran dos orificios en el casco por debajo de las portillas para que los hombres puedan arrojar la porquería directamente al mar.
El teniente Philip Gidley King, que se presentó al día siguiente en compañía del comandante Ross y el médico jefe White, echó un vistazo a la bomba de babor que Richard había retirado y desmontado y soltó una burlona carcajada de desagrado.
– ¡Eso no sería capaz de aspirar ni siquiera el semen de la polla de un sátiro! Este barco necesita la instalación inmediata de unas bombas de cadena. ¿Dónde está el carpintero?
La meticulosidad inglesa combinada con el entusiasmo celta obró maravillas. Por su condición de miembro de la Armada Real y, por consiguiente, con rango superior al de un teniente de navío de la infantería de marina, King permaneció a bordo el tiempo suficiente para asegurarse de que Chips había comprendido exactamente lo que tenía que hacer y estaba capacitado para hacerlo. Después se fue para comunicarle al comodoro que, en el futuro, el Alexander debería ser un barco mucho más saludable.
Pero el veneno estaba en las cuadernas, por cuyo motivo el Alexander jamás pudo ser un barco auténticamente saludable. Sin embargo, los gaseosos efluvios que invadían todos los espacios situados bajo cubierta se fueron disipando poco a poco. La vida en su interior era más soportable. Pero ¿estaba Esmeralda Sinclair contento de que el problema de los pantoques se hubiera resuelto sin necesidad de que Walton & Co. se gastara ni un céntimo? Decididamente no. ¿Quién demonios, preguntó desde sus elevados dominios de la popa (Trimmings había echado un vistazo y le había informado), había abierto dos malditos agujeros en su barco?
La flota cruzó el ecuador durante la noche entre el 15 y el 16 de julio. Al día siguiente, los barcos se enfrentaron con su primera tempestad desde que se hicieran a la mar en Portsmouth. Atrancaron las escotillas y los convictos se quedaron sumidos en la más absoluta oscuridad. Para los que, como Richard, se habían pasado casi todo el tiempo en cubierta, fue una pesadilla sólo aliviada por el hecho de que buena parte del insoportable hedor se había disipado. Ahora el mar empujaba por la banda de babor, por lo que el Alexander cabeceaba más que balancearse, lo cual producía un extraordinario efecto en el que una sensación de fuerte presión alternaba con otra de ingravidez en los momentos en que el barco se elevaba en el aire; después volvía a caer sobre el mar, en medio de un impresionante fragor semejante al de una explosión. Desplazándose en ángulo recto con respecto al movimiento, los hombres se tambaleaban desde el mamparo al tabique de separación. Volvieron a producirse los mareos que ya parecían una cosa del pasado, e Ike lo pasó terriblemente mal.
Demasiado mal. Cuando la flota dejó atrás el temporal con los toneles de agua de lluvia lo bastante llenos para permitir que se repartieran de nuevo las habituales raciones de agua, todo el mundo, incluido el desolado Joey Long, comprendió con toda claridad que Ike Rogers no podría vivir.
Éste pidió ver a Richard, el cual se agachó al otro lado de Joey, acunando la cabeza y los hombros de Ike sobre sus rodillas.
– Este salteador de caminos ha llegado al final -dijo-. ¡No sabes cuánto me alegro, Richard! Alégrate tú también por mí. Procura cuidar de Joey. Él os lo agradecerá.
– Descuida, Ike. Todos cuidaremos de Joey.
Ike levantó un esquelético brazo para señalar el estante asegurado al bao.
– Mis botas, Richard. Tú eres el único que por tu envergadura las puedes llevar y quiero que te quedes con ellas. Tal como están ahora, enteras y completas, ¿sabes?
– Lo sé. Las usaré con prudencia.