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– Muy bien -dijo Ike, cerrando los ojos.

Murió aproximadamente una hora más tarde sin haberlos vuelto a abrir.

Habían muerto tantos hombres a bordo del Alexander que los veleros habían tenido que pedir prestados viejos trozos de lona a otros barcos; vestido con ropa limpia, Isaac Rogers fue introducido en un saco, que, una vez cosido, se subió a cubierta. Puesto que tenía un libro de oraciones de la Iglesia anglicana, Richard se encargó del servicio, encomendando el alma de Ike a Dios y su cuerpo al mar. El saco de lona se deslizó por la borda y se hundió de inmediato gracias al lastre de piedras basálticas recogidas en la misma playa de Tenerife donde John Power había dormido. El Barco de la Muerte se había quedado sin restos de hierro.

El doctor Balmain ordenó que se llevara a cabo otra fumigación, se frotara todo con aceite de brea y se aplicara una nueva capa de enlucido. La suya era una existencia muy solitaria, escondido en el alcázar con la sola compañía de dos tenientes de navío de la infantería de marina. Éstos comían separados de él y no compartían absolutamente nada con él. Como Arthur Bowes Smyth, el médico del Lady Penrhyn, Balmain se distraía con la contemplación de las numerosas criaturas marinas con que se tropezaban y, en caso de que éstas fueran de reducido tamaño, las conservaba en alcohol. Reconocía que ahora resultaba mucho más cómodo bajar a la prisión tras haberse instalado las bombas de cadena, pero le seguía doliendo la bronca que le había pegado el doctor White y estaba convencido de que él no tenía la culpa de que los desventurados convictos se siguieran muriendo.

Cuando una ola gigantesca lanzó por la borda a un convicto que estaba utilizando el retrete de proa, el número quedó reducido a ciento ochenta y tres.

A principios de agosto la flota recaló en cabo Frío, a un día de navegación al norte de la principal ciudad de Brasil. Pero las altas y escarpadas montañas de aquella costa se comportaron como las cumbres del Santiago; en cuanto doblaron el cabo, el viento se transformó en ventolinas y calmas. Descendieron como pudieron a Río de Janeiro y sólo consiguieron llegar allí durante la noche entre el 4 y el 5 de agosto. Allí estaban en invierno: Río se encontraba situada tan al sur del ecuador que estaba justo al norte del trópico de Capricornio. Lejos del alcance tanto del cangrejo como del macho cabrío marino. La travesía desde Tenerife había durado cincuenta y seis días y estaban a ochenta y cuatro días de Portsmouth, lo cual equivalía a ocho semanas y doce semanas, y a diez mil seiscientos kilómetros.

Se necesitaba una autorización para entrar en los dominios coloniales portugueses, lo cual llevó mucho tiempo. A las tres de la tarde, la flota atravesó la barra de una milla de longitud que discurría entre los Panes de Azúcar en medio del fragor de la salva de trece cañonazos del Sirius y los cañonazos de respuesta del fuerte de Santa Cruz.

A partir del amanecer, todos los que viajaban a bordo del Alexander se habían congregado junto a las barandillas, fascinados por aquel extraño, fabuloso y bellísimo lugar. El Pan de Azúcar del sur era una roca en forma de huevo, de mil pies de altura y color gris rosado, coronada por una peluca de árboles, mientras que el Pan de Azúcar del norte estaba espectacularmente pelado. Había también otros peñascos de cumbres peladas y laderas cubiertas de verdes y lujuriantes bosques, retazos de brillantes prados y caras de roca de color rosado y marfil. Las playas eran largas y curvadas, con una arena dorada que adquiría una tonalidad cremosa allí donde el oleaje la acariciaba, sereno y apacible al otro lado de la barra. Echaron el ancla no muy cerca de la orilla, delante de una de las muchas fortalezas levantadas para proteger Río de Janeiro de los depredadores del mar. Los once barcos tuvieron que esperar al día siguiente para ser remolcados a sus amarres permanentes en aguas de la ciudad de Sao Sebastiao, que era el verdadero nombre de la parte urbana de Río. La ciudad ocupaba una península de forma aproximadamente cuadrada en la orilla occidental y extendía sus tentáculos hacia los valles situados entre las cumbres que la rodeaban.

El puerto estaba lleno de botes cantina, casi todos ellos impulsados mediante remos por unos negros semidesnudos, y cada bote tenía un toldo pintado de vivos colores. Richard vio las agujas de numerosas iglesias coronadas por cruces doradas, pero en Río había muy pocos edificios altos. Nadie había prohibido el acceso a la cubierta a los convictos, ni siquiera a John Power. Pero una patrulla de lanchas rodeaba constantemente los seis buques de transporte y mantenía a raya a los botes cantina.

El tiempo era bueno y muy caluroso y el aire apenas se movía. ¡Oh, quién pudiera bajar a tierra! Tal cosa hubiera sido imposible y los convictos lo comprendían. Al llegar el mediodía les sirvieron grandes trozos de carne fresca, cuencos de ñame y judías, grandes platos de arroz y hogazas de un pan de extraño sabor, hecho, según le explicaron a Richard más tarde, a partir de una raíz llamada «cassava». Pero todo aquello no fue nada comparado con lo que ocurrió cuando se acercaron los botes y los sonrientes negros arrojaron a cubierta centenares y centenares de naranjas, jugando a atraparlas en el aire mientras la blancura de sus dientes destacaba en el ébano de sus rostros. Richard había oído hablar de las naranjas al igual que algunos de sus compañeros; había leído que algunas grandes casas tenían naranjales y una vez había visto la naranja que exhibía en su establecimiento su primo James el farmacéutico, el cual importaba limones para extraer su aceite. Los limones eran menos perecederos. Algunas de las naranjas medían seis y hasta siete pulgadas de diámetro y tenían un color muy intenso. Otras eran casi de color rojo sangre y por dentro eran también de color rojo sangre. Tras haber descubierto que la amarga piel se podía pelar fácilmente, los convictos y los marinos se hincharon de comer naranjas, entusiasmados con su dulzura y su jugosidad. A veces comían grandes y relucientes limones amarillos para compensar el sabor dulzón de tantas naranjas y chupaban las menos jugosas limas, cuyo sabor estaba a medio camino entre el del astringente zumo de limón y la dulzura del jarabe de naranja. Jamás se cansaban de los cítricos y éstos nunca les parecían suficientes. Al descubrir que los frutos de color más pálido se habían arrancado antes de alcanzar la plena maduración, al final de su tercera semana de estancia en Río, Neddy Perrott empezó a almacenar todos los suculentos globos que, a su juicio, aún podrían durar unos cuantos días; y, al darse cuenta, otros convictos imitaron su ejemplo. Varios hombres, entre ellos Richard, guardaron semillas de naranja y de limón.

Todos los días les servían carne fresca, verduras variadas y pan recién hecho de mandioca.

En cuanto los marinos descubrieron que el ron de Río no era de muy buena calidad, pero resultaba casi tan barato como el agua, la disciplina y la vigilancia de los convictos quedaron reducidas prácticamente a nada. Los dos tenientes de navío raras veces se encontraban a bordo y lo mismo ocurría con el doctor Balmain, el cual decidió llevar a cabo unas cuantas expediciones tierra adentro para contemplar las enormes y gigantescas mariposas de brillantes colores y unas flores tan delicadas como la cera, llamadas orquídeas. En su afán de encontrar algún animal doméstico, los tripulantes y los marinos regresaban a menudo a bordo con dóciles loros de vivos colores. Sólo les quedaban dos perros, pues los demás, tal como había vaticinado Donovan, habían sido pasto de los tiburones. En cambio, el gato Rodney, su esposa y su familia cada vez más numerosa vivían estupendamente bien. Puede que el Alexander fuera ahora un barco más sano, pero estaba lleno de ratas y ratones.

Sin embargo, Río tenía también una parte mucho menos atractiva, pues era el paraíso de las cucarachas. Las cucarachas de Inglaterra eran unas inofensivas criaturas de pequeño tamaño mientras que las de allí eran de tamaño gigantesco y volaban, emitían un ruido muy fuerte y rezumaban las mismas aviesas intenciones que los tiburones. Astutas y agresivas, atacaban al hombre en lugar de huir de él. Desde los personajes de más alto rango del Sirius hasta el convicto más mise rable del Alexander, las cucarachas atacaban a los hombres hasta llevarlos al borde de la locura. Casi todos los hombres dormían prácticamente desnudos en cubierta, aunque no con tanta tranquilidad como en alta mar. Río jamás se iba a dormir. Y nunca estaba a oscuras. Las iglesias y otros edificios permanecían iluminados toda la noche, como si los pocos portugueses que allí había y sus numerosos esclavos negros temieran lo que pudiera acechar entre las sombras de la noche. Tras haber oído el estremecedor grito de alguna criatura a medio camino entre un chillido y un rugido a altas horas de la noche, Richard empezó a comprender por qué razón los habitantes de la ciudad mantenían a raya la oscuridad.