Por lo menos dos o tres veces por semana había fuegos artificiales, siempre en honor de algún santo o de la Virgen, o en memoria de algún acontecimiento de la vida de Jesucristo. La religiosidad de Río no se caracterizaba por la moderación o la seriedad, lo cual ofendía a los seguidores de Knox como Balmain y Shairp, para quienes el catolicismo era inmoral, degenerado y satánico.
– Me sorprende -le dijo Richard a John Power mientras ambos contemplaban los llamativos estallidos de color y los zarcillos que se escapaban de un cohete- que todavía no hayas intentado fugarte, Johnny.
Power hizo una mueca.
– ¿Aquí? ¿Sin hablar portugués? Me atraparían en un día. Aparte de los barcos negreros portugueses y los bergantines de carga, el único bajel que hay en el puerto es un ballenero inglés que están carenando y que se llevará a casa a un grupo de inválidos navales del Sirius y del Supply. -Power cambió de tema, pues la conversación le estaba resultando visiblemente dolorosa-. Veo que Esmeralda está descuidando su barco como de costumbre. Jamás lo ha mandado limpiar.
– ¿Acaso el señor Bones no te lo ha dicho? El Alexander cuenta con un revestimiento de cobre. -Richard se rascó el pecho, pegajoso a causa del zumo de naranja-. Voy a darme un chapuzón para lavarme.
– No sabía que supieras nadar.
– Y no sé. Pero me sumerjo en el agua agarrado a la escala de cuerda. En la esperanza de que, más tarde o más temprano, pueda prescindir de la escala. Ayer me solté y conseguí mantenerme a flote un par de segundos. Después me entró miedo. Hoy puede que no tenga miedo.
– Yo sé nadar pero no me atrevo -dijo tristemente Power.
Por más que los controles hubieran disminuido, Power estaba sometido a vigilancia especial.
Richard estaba un día en el agua cuando Stephen Donovan regresó en un bote de alquiler. No había conseguido aprender a nadar. En cuanto soltaba la escala, se hundía. Al ver acercarse un bote, comprendió que tendría que soltarse y, cuando ya estaba a punto de hacerlo, vio quién estaba en la proa.
– ¡Richard, no seas necio, hay tiburones en este puerto! -gritó Donovan, subiendo a cubierta-. Yo que tú, no lo haría.
– Dudo mucho que un tiburón se encaprichara de mi huesudo cuerpo habiendo tanta abundancia de cosas buenas en Río -contestó Richard sonriendo-. Estoy intentando aprender a nadar, pero, hasta ahora, no ha habido manera.
A Donovan le brillaron los ojos.
– ¿Para que, si el Alexander se hunde en una tormenta, tú puedas ganar a nado las costas de África? No temas, el Alexander tiene un casco extremadamente seguro y está en muy buenas condiciones a pesar de su edad. Lo podrías inclinar de lado sobre el bao hasta que las vergas se hundieran en el agua o hundirlo por la popa en un mar embravecido y no se hundiría.
– No, no es por eso sino para que, cuando lleguemos a Botany Bay y puede que los cubos escaseen, consiga por lo menos bañarme con agua de mar sin temor a que el agua me cubra la cabeza. Es posible que haya lagos y ríos por allí, pero sir Joseph Banks no los menciona. De hecho, dice que el agua potable es extremadamente escasa y que sólo hay algunos pequeños arroyos.
– Comprendo. Mira al perro Wallace -dijo Donovan, señalando el lugar donde el scotch terrier del teniente Shairp estaba nadando en dirección al barco, al costado de un bote de alquiler desde el cual Shairp lo animaba entre risas.
– ¿Qué pasa con Wallace?
– Fíjate cómo nada. La próxima vez que bajes por la escala de cuerda para enfrentarte con los tiburones, simula que tienes cuatro piernas y no dos. Arrójate boca abajo y mueve las cuatro extremidades como hacen los patos. Y entonces -dijo Donovan, arrojándole una moneda de plata de seis peniques a un sonriente negro que acababa de depositar en cubierta todo un montón de paquetes- sabrás nadar, Richard. A partir de Wallace y las cuatro patas, pasarás sin dificultad a pedalear en el agua, a flotar y a poner en práctica todos los trucos y los juegos de la natación.
– Johnny Power sabe nadar, pero sigue con nosotros.
– Me pregunto si se habría mostrado tan sumiso en Tenerife de haber sabido lo que yo he descubierto hoy.
Alertado, Richard volvió la cabeza.
– Decidme.
– Esta flota zarpó de Portsmouth con los cartuchos que los marinos guardaban en sus bolsas y sin un grano más de pólvora o una sola bala más.
– ¡Bromeáis!
– No, de ninguna manera. -Donovan soltó una risita y meneó la cabeza-. ¡Ya ves lo bien organizada que está la expedición! Olvidaron facilitarle municiones.
– ¡Santo cielo!
– Lo he descubierto porque su excelencia el gobernador Phillip ha conseguido adquirir diez mil cartuchos aquí, en Río.
– O sea que no habrían podido aplastar un grave motín en ninguno de los barcos. Ya he visto con cuánto cuidado guardan los marinos del Alexander sus armas y municiones… No habrían tenido ni un solo cartucho que valiera lo que el escupitajo de un hombre.
El señor Donovan miró con la cara muy seria a Richard, abrió la boca para decir algo, lo pensó mejor y se agachó junto a los paquetes.
– Aquí tienes algunas de las cosas que me pediste. Mañana compraré más. También he oído hablar de la partida. -Depositó los paquetes en los brazos de Richard-. Aceite de brea, un ungüento de una bruja tan vieja y tan fea que no tiene más remedio que saber lo que se lleva entre manos, más una corteza pulverizada que, según ella, cura las fiebres. Y un frasco de láudano en caso de que el agua de Río propagara la disentería… Los médicos lo temen, aunque el teniente King se muestra optimista. Muchos trapos de buena calidad y un par de camisas de algodón que no pude resistir la tentación de comprar… Me compré unas cuantas para mí y pensé en ti. Para estar fresco y a gusto cuando hace calor, no hay nada como el algodón. Cuesta mucho encontrar malta… Los médicos llegaron primero a los almacenes, maldita sea su estampa. Pero procura secar al sol unas cuantas cortezas de naranja y limón y mastícalas. Los marineros aseguran que los frutos cítricos previenen el escorbuto.
Los ojos de Richard contemplaron el rostro de Donovan con afecto y gratitud, pero Donovan era demasiado sabio como para ver en ellos algo más de lo que había. Simple amistad. Cosa que, en aquel hombre, que sin duda habría amado, pero no estaba dispuesto a volver a hacerlo, significaba ser capaz de morir por algo. ¿A quién habría perdido? ¿Cómo lo habría perdido? No era la mujer que le había abierto las puertas del paraíso sexual. Eso, a juzgar por la expresión de su rostro, le causaba repugnancia. No era una mujer. Y tampoco otro hombre. Algún día, Richard Morgan, se juró a sí mismo, conseguiré que me cuentes toda tu historia.
Cuando a la mañana siguiente se disponía a abandonar el barco, Donovan encontró a Richard Morgan esperándole junto a la escala de cuerda.
– ¿Otro favor? -preguntó, ansioso de prestarlo.
– No, eso lo tengo que pagar.
Richard señaló la cubierta y se inclinó como si hubiera en ella algo interesante. Donovan también se inclinó. Nadie vio cómo cambiaban de mano las siete monedas de oro.
– ¿Qué es lo que quieres? Con eso podrías comprar un topacio del tamaño de una lima o una amatista no mucho menor.
– Necesito todo el polvo de esmeril y toda la cola de pescado más fuerte que se pueda comprar por este precio -contestó Richard.
Donovan se lo quedó mirando con la boca entreabierta.
– ¿Polvo de esmeril? ¿Cola de pescado? ¿Para qué demonios quieres todo eso?
– Es posible que se puedan comprar ambas cosas en el cabo de Buena Esperanza, pero creo que allí los precios son exorbitantes. Río de Janeiro parece un lugar mucho menos caro -contestó evasivamente Richard.
– Pero eso no responde a mi pregunta. Eres muy misterioso, amigo mío. Dime para qué lo quieres, de lo contrario, no te lo compraré.
– Lo sabríais de todos modos -contestó Richard, esbozando una radiante sonrisa-, pero no me importa decíroslo. -Miró al otro lado de la bahía, hacia las colinas del norte, cubiertas de vegetación-. A lo largo de esta interminable travesía, me he pasado mucho tiempo preguntándome qué haré cuando lleguemos finalmente a Botany Bay. Entre los convictos hay muy pocos obreros especializados… Todos oímos conversar entre sí a los oficiales de marina, sobre todo desde que llegamos a Río y se pasan el rato visitándose los unos a los otros. El pequeño teniente Ralph Clark no para de hablar. Pero a veces nuestros oídos captan algo más interesante que sus quejas acerca del comportamiento de los borrachines en el alcázar del Friendship y sus emocionados comentarios acerca de su mujer y su hijo. -Richard respiró hondo-. ¡Pero no hablemos de los alféreces de navío! Volvamos a lo que os estaba diciendo, a la escasez de hombres especializados entre los convictos. Yo tengo ciertos conocimientos, uno de los cuales estoy seguro que me será muy útil, pues supongo que allí se deben de talar muchos árboles y debe de haber muchos aserraderos de madera. Yo sé afilar sierras. Y, sobre todo, sé triscar los dientes de las sierras, un arte de lo más insólito. Es posible que mi primo James consiguiera introducir mi caja de herramientas a bordo de alguno de estos barcos, pero cabe la posibilidad de que no. En cuyo caso, no puedo prescindir del polvo de esmeril y la cola de pescado. Supongo que en la flota tiene que haber alguna lima, pero, si está tan mal abastecida de herramientas como lo ha estado de víveres, a nadie se le habrá ocurrido pensar en el polvo de esmeril y la cola de pescado. Tampoco me ha hecho demasiada gracia la noticia acerca de los cartuchos para los mosquetes. ¿Qué esperaban que hiciéramos en caso de que los indios de Nueva Gales del Sur fueran tan fieros como los mohawk, y nos sitiaran?
– Buena pregunta -dijo solemnemente Stephen Donovan-. ¿Qué piensas hacer con el polvo de esmeril y la cola de pescado, Richard?
– Fabricaré mi propio papel de esmeril y mis limas de esmeril.
– ¿Vas a necesitar limas normales en caso de que la flota no disponga de ninguna?
– Sí, pero eso es todo el dinero que puedo ahorrar y no me quiero seguir aprovechando de vuestra generosidad. Espero poder encontrar mis herramientas.
– Sacarte información es algo así como exprimir sangre de una piedra -dijo el señor Donovan sonriendo-, pero yo ya llevo un poco de ventaja y algún día lo averiguaré todo.
– No merece la pena. Pero os lo agradezco de todos modos.
– ¡Soy tu humilde servidor, Richard! De no haberme visto obligado a buscar por todas partes tus medicamentos, jamás habría podido descubrir ni la mitad de los fascinantes espectáculos de que he disfrutado en Río. Tal como les ha ocurrido a Johnstone y Shairp, sólo habría visto cafés, me habría atiborrado de empalagosos pasteles, ron y vino de Oporto y me habría dedicado a dar coba a los oficiales portugueses en la esperanza de que éstos me regalaran preciosos recuerdos del lugar.
Y allá se fue, silbando alegremente mientras bajaba por la escala de cuerda con la despreocupada soltura propia de alguien que lo ha hecho miles de veces.
El último domingo de estancia en Río el reverendo señor Richard Johnson, capellán de la expedición, famoso por la benévola y ligeramente metodista opinión que le merecía la Iglesia de Inglaterra (¡la perteneciente a la tendencia más protestante!), predicó y celebró una ceremonia con el descarado acompañamiento de las campanas de las iglesias católicas cuyo sonido se escuchaba por toda la ciudad. Las cubiertas se estaban despejando, señal inequívoca de la inminencia de la partida.