Cuando a la mañana siguiente se disponía a abandonar el barco, Donovan encontró a Richard Morgan esperándole junto a la escala de cuerda.
– ¿Otro favor? -preguntó, ansioso de prestarlo.
– No, eso lo tengo que pagar.
Richard señaló la cubierta y se inclinó como si hubiera en ella algo interesante. Donovan también se inclinó. Nadie vio cómo cambiaban de mano las siete monedas de oro.
– ¿Qué es lo que quieres? Con eso podrías comprar un topacio del tamaño de una lima o una amatista no mucho menor.
– Necesito todo el polvo de esmeril y toda la cola de pescado más fuerte que se pueda comprar por este precio -contestó Richard.
Donovan se lo quedó mirando con la boca entreabierta.
– ¿Polvo de esmeril? ¿Cola de pescado? ¿Para qué demonios quieres todo eso?
– Es posible que se puedan comprar ambas cosas en el cabo de Buena Esperanza, pero creo que allí los precios son exorbitantes. Río de Janeiro parece un lugar mucho menos caro -contestó evasivamente Richard.
– Pero eso no responde a mi pregunta. Eres muy misterioso, amigo mío. Dime para qué lo quieres, de lo contrario, no te lo compraré.
– Lo sabríais de todos modos -contestó Richard, esbozando una radiante sonrisa-, pero no me importa decíroslo. -Miró al otro lado de la bahía, hacia las colinas del norte, cubiertas de vegetación-. A lo largo de esta interminable travesía, me he pasado mucho tiempo preguntándome qué haré cuando lleguemos finalmente a Botany Bay. Entre los convictos hay muy pocos obreros especializados… Todos oímos conversar entre sí a los oficiales de marina, sobre todo desde que llegamos a Río y se pasan el rato visitándose los unos a los otros. El pequeño teniente Ralph Clark no para de hablar. Pero a veces nuestros oídos captan algo más interesante que sus quejas acerca del comportamiento de los borrachines en el alcázar del Friendship y sus emocionados comentarios acerca de su mujer y su hijo. -Richard respiró hondo-. ¡Pero no hablemos de los alféreces de navío! Volvamos a lo que os estaba diciendo, a la escasez de hombres especializados entre los convictos. Yo tengo ciertos conocimientos, uno de los cuales estoy seguro que me será muy útil, pues supongo que allí se deben de talar muchos árboles y debe de haber muchos aserraderos de madera. Yo sé afilar sierras. Y, sobre todo, sé triscar los dientes de las sierras, un arte de lo más insólito. Es posible que mi primo James consiguiera introducir mi caja de herramientas a bordo de alguno de estos barcos, pero cabe la posibilidad de que no. En cuyo caso, no puedo prescindir del polvo de esmeril y la cola de pescado. Supongo que en la flota tiene que haber alguna lima, pero, si está tan mal abastecida de herramientas como lo ha estado de víveres, a nadie se le habrá ocurrido pensar en el polvo de esmeril y la cola de pescado. Tampoco me ha hecho demasiada gracia la noticia acerca de los cartuchos para los mosquetes. ¿Qué esperaban que hiciéramos en caso de que los indios de Nueva Gales del Sur fueran tan fieros como los mohawk, y nos sitiaran?
– Buena pregunta -dijo solemnemente Stephen Donovan-. ¿Qué piensas hacer con el polvo de esmeril y la cola de pescado, Richard?
– Fabricaré mi propio papel de esmeril y mis limas de esmeril.
– ¿Vas a necesitar limas normales en caso de que la flota no disponga de ninguna?
– Sí, pero eso es todo el dinero que puedo ahorrar y no me quiero seguir aprovechando de vuestra generosidad. Espero poder encontrar mis herramientas.
– Sacarte información es algo así como exprimir sangre de una piedra -dijo el señor Donovan sonriendo-, pero yo ya llevo un poco de ventaja y algún día lo averiguaré todo.
– No merece la pena. Pero os lo agradezco de todos modos.
– ¡Soy tu humilde servidor, Richard! De no haberme visto obligado a buscar por todas partes tus medicamentos, jamás habría podido descubrir ni la mitad de los fascinantes espectáculos de que he disfrutado en Río. Tal como les ha ocurrido a Johnstone y Shairp, sólo habría visto cafés, me habría atiborrado de empalagosos pasteles, ron y vino de Oporto y me habría dedicado a dar coba a los oficiales portugueses en la esperanza de que éstos me regalaran preciosos recuerdos del lugar.
Y allá se fue, silbando alegremente mientras bajaba por la escala de cuerda con la despreocupada soltura propia de alguien que lo ha hecho miles de veces.
El último domingo de estancia en Río el reverendo señor Richard Johnson, capellán de la expedición, famoso por la benévola y ligeramente metodista opinión que le merecía la Iglesia de Inglaterra (¡la perteneciente a la tendencia más protestante!), predicó y celebró una ceremonia con el descarado acompañamiento de las campanas de las iglesias católicas cuyo sonido se escuchaba por toda la ciudad. Las cubiertas se estaban despejando, señal inequívoca de la inminencia de la partida.
El 4 de septiembre iniciaron la tarea de sacar once barcos del puerto cuajado de islotes de Río de Janeiro, y la completaron el 5, tras haber permanecido anclados en aquel lugar durante un mes de naranjas y fuegos artificiales. El fuerte de Santa Cruz y el Sirius se superaron a sí mismos con una salva de veintiún cañonazos. Ya se había establecido un racionamiento de agua de tres pintas diarias, tal vez como señal de que el gobernador estaba de acuerdo con los médicos a propósito de la mala calidad del agua de Río.
Al anochecer, ya habían perdido de vista la tierra, y la flota empezó a navegar rumbo al este, confiando en que las tres mil trescientas millas terrestres que la separaban del cabo de Buena Esperanza se pudieran cubrir con una rápida travesía. A partir de aquel momento, los barcos navegarían rumbo al este y al sur a través de unos mares explorados hasta el cabo, pero no excesivamente conocidos. Hasta aquel momento sólo se habían cruzado de vez en cuando con algún que otro bajel mercante portugués, pero, a partir de ahora, ya no verían ningún barco hasta que se acercaran al cabo y a la ruta de los grandes veleros de las Compañías de las Indias Orientales.
Richard había renovado sus existencias y disponía de polvo de esmeril, cola y varias limas de excelente calidad; su principal preocupación eran las piedras de filtrar. Pese a que todavía le quedaban dos de repuesto, sus cinco amigos no tenían ninguna. En caso de que su primo James el farmacéutico no se hubiera equivocado, las piedras debían de estar a punto de gastarse. Por consiguiente, con la ayuda del señor Donovan, hizo una especie de cestito de cuerda y sumergió la piedra de filtrar en el mar, rezando para que ningún tiburón se encaprichara de ella. Un tiburón se había encaprichado de los calzones de un oficial de marina, sujetos por una cuerda desde la popa para que se remojaran y blanquearan, había partido la cuerda por la mitad, se había tragado los calzones y después los había escupido. Y lo mismo haría con la piedra. Sin embargo, en cuanto se cortara la cuerda, desaparecería el objeto. Al cabo de una semana, la izó y la escurrió en la cubierta para que se empapara de sol y de agua de lluvia. A continuación, sumergió en el agua una segunda piedra para que recibiera un buen baño. Confiaba en poder hacer lo mismo con todas antes de que empezaran a dar señales de deterioro.
Mientras navegaban hacia el sur, siguiendo todavía la gran corriente que los ayudaría a desplazarse desde Brasil a África, empezaron a ver grupos de grandes cachalotes que también se dirigían al sur. Eran unas criaturas gigantescas cuyos hocicos vistos de perfil parecían unos pequeños peñascos, bajo los cuales se distinguía una mandíbula inferior de proporciones ridiculas, provista de unos terribles dientes. Sus colas eran más planas, las aletas de su cola más pequeñas y no efectuaban las mismas acrobacias que otras ballenas que habían visto. Abundaba la habitual vida marina de marsopas, delfines y tiburones, pero la pesca de peces comestibles resultaba más difícil porque navegaban más rápido en medio de grandes marejadas. A veces aparecía un banco que les proporcionaba pescado para la preparación de sopas, pero, por regla general, la dieta estaba integrada por carne salada y pan duro lleno de gusanos y gorgojos. Nadie tenía demasiado apetito. Pero los convictos tenían un buen saco de cortezas secas de frutos cítricos y las masticaban a razón de un trocito de corteza al día.