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A medida que proseguía la navegación hacia el sur aumentaba la presencia de unas gigantescas aves marinas llamadas albatros, pero, cuando un ambicioso marino sacaba su mosquete porque le apetecía comer albatros asados para cenar, la tripulación se lo impedía horrorizada; el hecho de dar muerte a uno de aquellos reyes del aire daba mala suerte al barco.

La nueva enfermedad se abatió primero sobre los marinos, pero pronto se propagó por la prisión. Se tuvieron que hacer nuevas fumigaciones y hubo que frotar las superficies con desinfectantes y volver a enjalbegar las paredes. Las plataformas de aislamiento de la parte central se volvieron a llenar una vez más, y un convicto murió en medio de un fuerte temporal. El doctor Balmain, que bajaba más a gusto a la prisión ahora que ya no se respiraban los hediondos efluvios de antaño, pasaba mucho tiempo entre la prisión y el entrepuente. Siempre que el tiempo lo permitía, ordenaba que se volviera a fumigar, frotar y enjalbegar, a pesar de que dicho ritual sólo servía para proporcionar un poco más de luz de tal forma que Richard, Bill, Will, Neddy y otros pudieran leer cuando la cubierta era un caos de velas y marineros. Durante toda aquella serie de contratiempos, quedó demostrado que el capitán Duncan Sinclair era un navegante de primera; navegaba en cuanto el viento era favorable y arriaba las velas a los pocos minutos en caso de que el viento cambiara de dirección. Navegaba, arriaba, navegaba, arriaba… No era de extrañar que John Power, Willy Dring y Joe Robinson apenas hicieran acto de presencia en la prisión. Los oficiales necesitaban cuantos más hombres mejor. No había nada peor que no disponer de hombres suficientes para poder descansar entre las guardias.

A finales de septiembre las tempestades equinocciales empezaron a amainar, la navegación volvió a resultar más fácil y la cubierta fue más accesible. Tanto cuando hacía buen tiempo como cuando no, el Alexander navegaba de tal manera que en ningún momento el mar lo azotaba con la fuerza suficiente para obligar a la tripulación a atrancar las escotillas. Tal cosa sólo había ocurrido una vez desde que zarparan de Portsmouth.

Rebosante de entusiasmo pero tremendamente agotado, John Power regresaba de vez en cuando a la prisión cuando sus servicios no eran muy necesarios, tal como hacían Willy Dring y Joe Robinson, que se mostraban muy inquietos y nerviosos; no hacían el menor intento de reunirse con la camarilla de Power junto al mamparo de proa, lo cual desconcertaba a Richard, en cuya opinión el trabajo compartido los hubiera tenido que inducir a fortalecer su amistad con sus compañeros. En su lugar, ambos daban muestra de nerviosismo cada vez que lo veían.

Las costumbres eran prácticamente las mismas desde hacía varias semanas: una visita a cubierta para pescar o hacer una caricia a los animales, un poco de lectura, una sesión de canto, conversaciones entre los distintos grupos, alguna que otra partida de dados o cartas, un poco de esfuerzo para comer; todos habían vuelto a adelgazar y el acolchado que habían adquirido en Río estaba desapareciendo como consecuencia de la terrible dieta. Nadie de los que estaban en proximidad del mamparo de popa en la banda de babor observó el menor cambio, ninguna modificación de la atmósfera, ningún susurro furtivo, ninguna visita a la bodega para robar un poco de pan, pues a nadie le apetecía comer. Willy Dring y Joe Robinson se habían ocultado en la madriguera de su catre y se pasaban todo el rato durmiendo o dormitando. Fue el último síntoma que Richard observó. Le pareció un poco extraño, pero no demasiado. Llevaban dos semanas enteras trabajando sin descanso.

El 16 de octubre, cerca ya del continente africano, un grupo de diez marinos bajó a la prisión y se llevó a John Power. Éste forcejeó, le propinaron un golpe que lo dejó inconsciente y lo izaron a través de la escotilla de popa mientras los convictos contemplaban la escena estupefactos. Minutos después, los marinos volvieron a bajar para llevarse a dos hombres de Nottingham, William Pane y John Meynell cuyo catre estaba situado al lado del de Power. Después… nada. Sólo que Power, Pane y Meynell jamás regresaron.

Richard se enteró de casi toda la historia a través de Stephen Donovan y también de Willy Dring y Joe Robinson.

Power y algunos miembros de la tripulación habían organizado un motín aprovechando la circunstancia de que dos tercios de los marinos no eran aptos para el servicio.

– En mi vida he oído hablar de un plan más descabellado -dijo Donovan, desconcertado-. ¡Pretendían nada menos que tomar el barco! Sin haber elaborado ningún método de actuación los muy insensatos, pero lo que se dice ninguno. Yo no formaba parte del plan y apostaría la vida a que el joven Shortland tampoco y su eminencia William Aston no se habría rebajado a hacer tal cosa… Por si fuera poco, aspira a ser nombrado capitán cuando vuelva a casa. En cuanto al viejo Bones, él dice que no, aunque yo no le creo y Esmeralda, tampoco. Una vez se hubieran apoderado del alcázar y del cañón de dispersión, la idea era atrancar las escotillas, encerrar a los marinos y los convictos bajo cubierta, adueñarse del timón y poner rumbo a África. Probablemente Esmeralda, Long, Shortland, yo y los miembros disidentes de la tripulación hubiéramos sido encerrados con vosotros en la prisión. Dudo que tuvieran previsto asesinar a nadie.

– No os retiréis -dijo Richard, bajando a la prisión para enfrentarse con Willy Dring y Joe Robinson.

– ¿Qué sabíais vosotros de eso? -les preguntó.

Fue como si les hubieran quitado un enorme peso de encima.

– Nos enteramos a través de Power, el cual nos pidió nuestra participación -contestó Dring-. Le dije que estaba loco y que lo dejara. Tras lo cual, él procuró no hablar con nadie en nuestra presencia, aunque sabía que no lo íbamos a traicionar. Después el señor Bones nos despidió.

Richard regresó a cubierta.

– Dring y Robinson lo sabían, pero no quisieron participar. Bones creo que sí. ¿Qué ocurrió?

– Dos convictos lo delataron a Esmeralda.

– Siempre hay algún soplón -dijo Richard, medio hablando para sus adentros-. Meynell y Pane de Nottingham. Malos bichos.

– Bueno, Dring y Robinson respetaron el código de honor entre los ladrones mientras que los otros dos querían ganarse una encomienda oficial y mejor comida. Has dicho que eran malos. ¿Por qué?

– Porque ha habido otras delaciones. Sospechaba de ellos desde hace algún tiempo. Ahora que conozco sus nombres, todo empieza a encajar. ¿Dónde están ahora?

– A bordo del Scarborough, que yo sepa. Esmeralda tomó un esquife para ir a ver a su excelencia en cuanto esos dos facilitaron la información. Yo lo acompañé para empujarlo hacia arriba en las escalas de mano. El Sirius envió dos docenas de marinos, y los marineros a quienes los dos soplones habían nombrado fueron detenidos. En cuanto al señor Bones y algunos otros…, no tenemos pruebas. Pero no lo volverán a intentar por mucho que odien a Esmeralda por venderles el ron aguado.

– ¿Qué ha sido de Power? -preguntó Richard, con un nudo en la garganta.

– Lo han enviado al Sirius, donde lo inmovilizarán en la cubierta. Seguro que no volverá al Alexander. -Donovan miró a Richard con expresión inquisitiva-. Tú aprecias al mozo, ¿verdad?

– Pues sí, mucho, pero yo ya veía que acabaría metido en algún problema. Algunos hombres atraen los problemas como atrae un imán los clavos de hierro. Es todo un personaje. Pero no creo que sea culpable del delito por el que fue condenado. -Richard se frotó los ojos y meneó enfurecido la cabeza-. Estaba deseando regresar a casa para cuidar de su padre enfermo.