Выбрать главу

– Espero que sí -dijo Richard con toda sinceridad.

– Pero yo renunciaría a todo por ti -dijo maliciosamente Donovan. Richard se tomó la afirmación al pie de la letra.

– ¡Señor Donovan! A estas alturas, os conozco lo bastante para saber que vuestras más profundas pasiones no son las de la carne. Se trata de una típica exageración irlandesa.

– ¡ Ah, la carne, la carne, la carne! -replicó Donovan, sometido a una prueba superior a sus fuerzas-. ¡Te lo digo en serio, Richard, le podrías dar lecciones a un célibe papista! Pero ¿qué le hacen en Bristol a la gente? ¡En mi vida he conocido a un hombre tan angustiado como tú por las funciones naturales del cuerpo! ¡No seas tan necio! ¡Se trata de una cuestión de camaradería! Con las mujeres no se puede mantener una relación de camaradería. Están paralizadas por la mezquindad. Si son pobres, se quejan. Si son ricas, se dedican a bordar, dibujar y pintar un poquito, hablan italiano y dan órdenes al ama de llaves. Conversar no saben. Aunque, en honor a la verdad, la mayoría de los hombres tampoco es gran cosa en este sentido. -Esto último lo dijo en tono más comedido, como si quisiera poner coto a su vehemencia-. Además -añadió en tono aparentemente despreocupado-, yo no soy auténticamente irlandés. Corre mucha sangre vikinga por las venas de los hombres del Ulster. Es por eso probablemente por lo que me gusta visitar nuevos y extraños lugares. El irlandés que hay en mí sueña mucho despierto, mientras que el vikingo trata de convertir los sueños en realidad.

Pero las realidades de la Ciudad del Cabo distaban mucho de parecerse a los sueños. Los burgueses holandeses que gobernaban la ciudad (una considerable parte de cuya población estaba constituida por ingleses desplazados hasta allí para velar por los intereses de la Ilustre Compañía de las Indias Orientales) se frotaron las manos con regocijo ante la perspectiva de pingües beneficios, por lo que se las ingeniaron para que las negociaciones acerca del avituallamiento de la flota se prolongaran varias semanas. Se había producido una hambruna, llevaban dos años seguidos de malas cosechas, se registraba escasez de animales, etc. El gobernador Phillip participó en incesantes reuniones, haciendo gala de una calma extraordinaria, perfectamente consciente de que se trataba de unas tácticas encaminadas a conseguir unos precios más altos. Jamás había esperado otra cosa en Ciudad del Cabo.

Puede que también comprendiera, mucho mejor que algunos de sus subordinados, que aquellas prolongadas permanencias en puerto eran lo único que permitía seguir adelante no sólo a los convictos sino también a los marinos. Él mismo se había encargado de que éstos disfrutaran de naranjas, carne y pan tierno y todas las verduras que hubiera. El mundo naval no estaba preparado para transportar a centenares de pasajeros a lo largo de un año. Por consiguiente, mejor que se llenaran el cuerpo de buenos alimentos mientras permanecieran en puerto para poder resistir la siguiente etapa de la travesía: una idea que ya se les había ocurrido a los convictos y los marinos.

El capitán Duncan Sinclair había mantenido una fuerte discusión con el agente del contratista, el señor Zachariah Clark, y había rechazado el primer envío de pan duro recién cocido, calificándolo de serrín inadmisible. Estaba ocupado cargando la mayor cantidad de animales que sus cubiertas pudieran acoger, sobre todo, ovejas y cerdos, la mitad de los cuales eran ovejas públicas y cerdos públicos que deberían conservarse para uso gubernamental en Botany Bay. También había hecho gran acopio de gallinas, patos, gansos y pavos; la popa Parecía el patio de una granja, al igual que lo que quedaba del alcázar. El panorama de que ahora disfrutaba Sinclair desde su chupeta consistía en unos lanudos traseros. Las pacas de heno y los sacos de forraje estaban almacenados en las plataformas inferiores de la prisión, por lo que apenas quedaba espacio para los cubos que se utilizaban como orinales y las pertenencias adicionales que muchos de los convictos habían retirado de sus catres para disponer de más espacio para dormir. Para entonces, los ladronzuelos que había entre ellos ya estaban perfectamente identificados; no había ninguna dificultad para que una delegación visitara a cada uno de los ladronzuelos con el fin de recuperar los efectos robados. Casi todos los robos eran de víveres escondidos y de ron ilegalmente adquirido a través del sargento Knight, el cual estaba pasando por graves apuros por culpa de la delación de un soldado raso de la infantería de marina. Después de tantos meses en la mar, muchos habrían sido casi capaces de matar a cambio de conseguir un poco de ron.

Ninguno de los loros brasileños había sobrevivido, pero el scotch terrier Wallace y la bulldog Sophia del teniente John Johnstone habían sobrevivido. La perra estaba preñada, al parecer, de Wallace (cosa que a Shairp se le antojaba tremendamente divertida), y todo el mundo a bordo estaba deseando ver cómo sería la prole. El tamaño de la familia gatuna de Rodney se había reducido de forma considerable gracias a los regalos de crías de gatos a otros barcos, pero tanto él como sus restantes hijitos estaban creciendo muy lustrosos.

Cuando empezaron a llegar las provisiones a finales de la primera semana de noviembre, el capitán Sinclair ordenó que la tripulación limpiara la parte del casco del Alexander que no estaba revestida de cobre. Inspirado por dicha actividad, el doctor Balmain mandó fumigar, restregar y enjalbegar no sólo el entrepuente de los marinos sino también la prisión. Tenía la cabeza llena de las placenteras excursiones que había llevado a cabo fuera de la ciudad a las estribaciones de las colinas, impresionado por la belleza y exuberancia primaveral de las exóticas plantas y los arbustos en flor. ¡Y qué flores tan curiosas! Muchas de ellas parecían montículos de astracán de colores pastel, enmarcados por pétalos gigantescos.

– Ya sabía yo que había algo que quería pedirle al señor Donovan que hiciera en la Ciudad del Cabo -dijo Richard, propinando un fuerte manotazo a una brocha-. ¡Decirles a todos los vendedores de enjalbegue que nuestro médico no está autorizado a comprar ni una sola onza de este producto!

La flota abandonó el puerto el 12 de noviembre coincidiendo con la llegada de un velero mercante de Boston; su tripulación se congregó en la cubierta, pues jamás había sido testigo de un éxodo tan masivo en ningún puerto. Habían permanecido treinta días en puerto y cada barco estaba lleno a rebosar. Las convictas habían sido trasladadas al Friendship para dejar espacio a las ovejas y otros animales; el Lady Penrhyn llevaba un semental, dos yeguas y un potro para uso del gobernador; otros barcos llevaban a bordo más caballos y ganado; había ovejas, cerdos y aves de corral por todas partes y el agua iba a ser uno de los mayores problemas. Se prestó especial atención al acomodo de los caballos, los cuales no podían tumbarse ni moverse más de un par de pulgadas en cualquier dirección; un caballo con espacio suficiente para ladearse y perder el equilibrio era un caballo muerto. A las cabezas de ganado también se las mimaba al máximo.