La última etapa empezó exactamente tal y como Stephen Donovan había dicho. Todos los vientos y todas las corrientes iban en contra de la flota y no precisamente con moderación; soplaban unos vendavales que provocaban impresionantes marejadas. Los más delicados volvieron a marearse. Al final, el comodoro ordenó que toda la flota siguiera la estela del Sirius y allí se quedaron los once barcos mientras el capitán John Hunter trataba infructuosamente de encontrar un viento favorable. Los vendavales desaparecieron un día después y entonces empezó la pesadilla de las incesantes viradas, siempre con muy pocos o nulos resultados.
En trece largos días sólo consiguieron cubrir doscientas cuarenta y nueve millas al sudeste del cabo. El agua se volvió a racionar a tres pintas diarias, cosa que a todos los que se encontraban a bordo de los barcos les pareció intolerable; cuatro pintas ya se consideraban insuficientes. Los tenientes del Alexander torcieron el gesto al recibir esta orden cuyo cumplimiento se debería vigilar como en los primeros períodos de racionamiento, lo cual convertía dicha tarea en un auténtico trabajo. El sargento Knight había sido suspendido de sus funciones con carácter indefinido, por cuyo motivo los tenientes tenían que confiar en tres cabos muy mediocres para que se encargaran del reparto del agua mientras Knight, a quien la suspensión no había afectado en absoluto, permanecía tumbado en su hamaca durmiendo la mona del ron que le compraba a Esmeralda con su futura paga de marino. Ross pensaba que una suspensión de empleo y sueldo refrenaría las actividades de Knight porque no tenía ni idea del dinero que éste había ganado durante la travesía vendiendo ron a hombres como Tommy Crowder.
Abundaban las ballenas. Durante aquellas dos primeras semanas, los extasiados convictos se pasaban horas en cubierta tratando de contarlas. Parecía que el mar estuviera constelado de rocas de las que brotaban grandes surtidores, pues casi todos los cetáceos que allí había eran cachalotes. Vieron una nueva clase de marsopa muy grande y de morro achatado que algunos marineros llaman «oreas», aunque había muchas discusiones acerca de lo que era exactamente una orea. Los tiburones eran tan grandes que a veces se atrevían a atacar a alguna pequeña ballena y emergían del mar para abatirse con las fauces abiertas sobre la cabeza de la ballena, dejando a su espalda unos grandes y sangrantes boquetes. En caso de que fueran tiburones de la variedad llamada «zorra de mar», éstos utilizaban también la larga hoja situada en la parte superior de sus colas para cortar y rasgar. Una inolvidable noche iluminada por la luna, Richard, tan inquieto como insomne, fue testigo de una titánica lucha en medio del plateado mar entre una ballena y lo que él juraba que era una gigantesca jibia cuyos tentáculos rodearon el cuerpo de la ballena. Después la ballena se sumergió repentinamente y hundió a su enemigo en las profundidades marinas. ¿Quién sabía lo que podía acechar en un reino en el que los leviatanes medían ochenta pies de longitud y los tiburones casi treinta?
Empezaron a correr rumores de que el gobernador Phillip tenía intención de dividir la flota, tomar dos o tres veleros y seguir adelante a la mayor rapidez posible, dejando que los rezagados los siguieran como pudieran. El Charlotte y el Lady Penrhyn no tenían remedio, los barcos almacén solían ser muy lentos y el Sirius también era una tortuga. Los navegantes habían intentado de mil maneras encontrar un viento favorable, incluida la de situar todos los barcos mirando en distintas direcciones, pero todo había sido inútil.
Tras pasarse dos semanas en el mar, tuvieron finalmente un poco de suerte y encontraron una ligera brisa que los empujó hacia el sudeste a una velocidad de ocho nudos por hora. Pero el mar estaba tan agitado que el Lady Penrhyn -a cuyo bordo viajaban los valiosos caballos de Phillip- se escoró hasta el extremo de sumergir el borde de la regala y los extremos de las vergas; y, a continuación, una ola gigantesca rompió contra la popa y atravesó todo el barco. El agua era tanta que toda la tripulación tuvo que ponerse inmediatamente a trabajar con las bombas y los cubos. Por suerte, los caballos no sufrieron el menor daño y el ganado, tampoco.
Al instante volvió a soplar viento de cara. Rindiéndose ante lo inevitable, el gobernador Phillip decidió dividir la flota. Él se trasladaría al Supply y llevaría consigo el Alexander, el Scarborough y el Friendship mientras que el capitán Hunter desde el Sirius asumiría el mando de los siete veleros más lentos. El Supply navegaría en solitario; el teniente John Shortland, el agente naval, subiría a bordo del Alexander y, desde allí, asumiría el mando del Scarborough y el Friendship, manteniendo juntos los tres barcos.
La decisión del gobernador fue objeto de crítica. Muchos oficiales navales, marinos y médicos opinaban que Phillip habría tenido que dividir la flota después de Río de Janeiro en caso de que tuviera intención de hacer tal cosa. Lo cual no era propio del carácter de Phillip, pensó Richard mientras Johnstone y Shairp discutían porque ahora tendrían que compartir su paraíso del alcázar. Phillip era como una gallina clueca que no soportaba la idea de abandonar a sus polluelos. ¡Oh, cuánto se preocuparía por sus barcos! Sus veleros transportaban el grueso de los convictos varones, los cuales podrían empezar a trabajar en Botany Bay sin el caos de las mujeres y los niños; calculaba que el primer grupo de barcos llegaría a puerto por lo menos dos semanas antes que los de Hunter.
Los convictos que eran hortelanos, campesinos, carpinteros y aserradores (muy pocos, por cierto) fueron trasladados al Scarborough y al Supply, a pesar de que el Alexander disponía de más espacio. Sin embargo, nadie quería colocar a los hombres más valiosos en la prisión del Barco de la Muerte. En cambio, el alcázar del Alexander estaba ahora atestado de gente. El teniente Shortland se trasladó allí junto con una montaña de pertrechos desde el Fishburn; Zachariah Clark, el agente del contratista, fue enviado desde el Scarborough al Alexander cuando el comandante Ross le requisó el camarote que ocupaba en el Scarborough; y el teniente James Furzer, el furriel de la infantería de marina (¡un irlandés, horror de los horrores!) fue desplazado también al Alexander. Como es natural, William Aston Long se negó a abandonar la parte que le correspondía en el alcázar y, por consiguiente…
– Estuve casi a punto de morirme de risa -le dijo Donovan a Richard en la cubierta mientras ambos contemplaban el ir y venir de las lanchas-. Los dos marinos escoceses aborrecen al nuevo marino irlandés, Clark es un bicho muy raro por regla general y Shortland no está nada contento de encontrarse en un barco en el que ya hubiera tenido que estar de buenas a primeras. El joven Shortland se ha reunido con su papaíto y Balmain está furioso porque se ha visto obligado a deshacerse de buena parte de su colección de ejemplares que ocupan casi todos los rincones del espacioso camarote. El señor Bones y yo estamos encantados de seguir estando donde siempre: el castillo de proa.