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– Qué contentos se pondrán cuando al joven Wallace le dé por ladrar a la luna a las dos de una tranquila y sosegada noche.

– Eso no es lo peor. Sophia ronca como un trueno y ha instalado su nido en el catre de Zachariah y éste le tiene tanto miedo que no se atreve a empujarla.

La separación tuvo lugar la mañana del 25 de noviembre en medio de una calma chicha y sin apenas viento. Cuando todos se hubieron trasladado a sus lugares correspondientes, el gobernador Phillip abandonó el Sirius a bordo de una lancha, al son de tres sonoros vítores por parte de todos los presentes en el barco. Él correspondió al saludo y fue trasladado rápidamente al Supply. Por lo que Donovan había dicho, se trataba de un majestuoso velero cuando hacía buen tiempo, pero de un barco en deplorables condiciones cuando lo hacía malo. Era una corbeta aparejada como un bergantín que hubiera tenido que ser un velero aparejado como un bergantín, pero con una vela cangreja a popa del palo mayor.

A media tarde, el Supply ya había desaparecido y los otros tres Corredores (que así los habían bautizado), con el Alexander en cabeza, también se habían alejado. Lo más curioso de aquel ejercicio fue que, en cuanto Phillip subió a bordo del Supply, empezó a soplar un espléndido viento favorable y entonces Hunter decidió salir en persecución de los Corredores. Por consiguiente, los siete rezagados fueron visibles hasta el día siguiente y después se perdieron en el horizonte hasta que el océano se tragó las puntas de sus mástiles. Con semejante tiempo, el Supply no tuvo dificultades para navegar en cabeza; al anochecer, ya había desaparecido y el Alexander, el Scarborough y el Friendship navegaron de frente, separados entre sí por una distancia equivalente a la longitud de un cable, exactamente doscientas yardas.

Dos días después tuvieron que volver a las viradas y las paradas.

– Yo no creo en la existencia de las rutas orientales -le dijo Will Connelly a Stephen Donovan, que acababa de terminar su guardia y se había acercado a la barandilla para ver si podía encontrar un pez para su cena.

Donovan se rió por lo bajo.

– Pues estamos a punto de encontrarlas, Will… y con creces. ¿Ves aquellos pajaritos pardos?

– Sí. Parecen vencejos.

– Petreles de las tormentas, los profetas de las tempestades, de las tempestades de verdad. Y el día está grasiento. Muy grasiento.

– ¿Qué es «grasiento»? -preguntó Taffy Edmunds, encargado de cuidar de las ovejas del alcázar junto con Bill Whiting, una elección que había provocado un considerable cachondeo en la prisión, pero que no había disgustado en modo alguno a los pastores, unos mozos de granja demasiado astutos para confesar que eran mozos de granja.

– El día es bueno, ¿no? -preguntó Donovan en tono de chanza.

– Pues sí, muy bueno. Hace sol y no hay viento.

– Pero el cielo no está azul, Taffy. Y el mar tampoco. Nosotros los marinos llamamos «grasientos» a esta clase de días porque el cielo y el mar dan la impresión de estar untados con una fina capa de grasa. Parecen apagados y sin vida. Por la tarde habrá unas pocas nubes blancas que se deslizarán velozmente por el cielo cual si fueran hojas de papel empujadas por el viento, pues un viento muy fuerte las empujará…, pero un viento que soplará muy arriba y nosotros no lo notaremos. Mañana a primera hora estaremos a la merced de un impresionante temporal. Asegura bien tus pertenencias y prepárate para atrancar las escotillas. Y, en cuestión de unas horas, sabrás lo que es encontrar las rutas del este. -Donovan lanzó un gozoso grito-. ¡Han picado!

Recogió el sedal, sacó un pez que parecía un pequeño abadejo, y se retiró danzando.

– Ya lo habéis oído -dijo Richard-. Será mejor que bajéis y aviséis a los demás de lo que está a punto de ocurrir.

– Grasiento -dijo Taffy en tono pensativo, retirándose al alcázar, donde Bill estaba sacando forraje de un cubo y esparciéndolo por el suelo.

– ¡Bill! ¡Nuestras ovejas! ¡Bill, nos van a echar la madre de todas las broncas!

Aquel día comieron a la misma hora en que las nubes surcaban velozmente el cielo, pero nadie acudió a darles de comer al día siguiente. La tempestad estaba empeorando por momentos y zarandeaba el barco cual si fuera una pelotita; las cuadernas crujían y resonaban como si fueran la parte interior de un tambor, pero las escotillas aún no habían sido atrancadas.

Coincidiendo aproximadamente con el momento en que los habitantes de la prisión comprendieron que no iban a comer hasta que el temporal amainara un poco, Richard se encaramó a la mesa, asomó medio cuerpo por la escotilla y se agarró a ella con todas sus fuerzas para contemplar cómo el océano se arrojaba sobre el Alexander desde los cuatro puntos del compás simultáneamente. La tentación fue demasiado fuerte; salió a cubierta, buscó un lugar seguro junto al palo mayor para contemplar desde allí cómo el mar azotaba el barco sin ton ni son.

Había mares de proa, mares de través y mares de popa, pero aquello eran los tres a la vez. Los aparejos crujían y gemían con dolor, aunque él sólo podía oírlos por encima del aullido del viento y el rugido del mar, pegando la oreja a la madera del palo mayor; el agua caía en cascada desde las velas mientras los marineros corrían de una verga a otra, arrizando unas velas y recogiendo otras por entero. La proa y el bauprés quedaban sepultados bajo el agua y se volvían a levantar en medio de la espuma y los impresionantes golpes de mar, mientras una segunda ola tronaba a babor, una tercera a estribor y una cuarta en la popa. Richard se había atado prudentemente con un trozo de cuerda; aquellas olas gigantescas se estrellaban contra la cubierta con una fuerza tan impresionante que ningún hombre de estatura inferior a la altura de una verga hubiera podido resistirla sin la ayuda de un cabo salvavidas.

Fue imposible ver al Scarborough o al Friendship hasta que una inmensa ola elevó el Alexander hasta su cresta, dejándolo en suspenso allí arriba justo el tiempo suficiente para ver cómo cabeceaba el pobre Friendship mientras las olas rompían sobre su cubierta. El Alexander descendió al seno entre dos olas, donde la cubierta quedó momentáneamente sumergida un palmo por debajo de la superficie y después se volvió a levantar cada vez más arriba… ¡Qué maravilla tan grande! ¡Y qué bien se estaba portando el viejo Alexander, a pesar de tener las cuadernas empapadas de veneno!

Habían atrancado las escotillas poco después de que él abandonara la prisión, pero él ni siquiera se había dado cuenta, hipnotizado por la grandiosidad de uno de los más violentos temporales que jamás hubiera habido. Cuando cayó la noche, Richard se soltó de su atadura y se arrastró, agotado y con la piel azulada a causa del frío bajo una de las lanchas, donde se hizo un nido bastante cálido y seco entre el heno. De esta manera, pasó las peores horas durmiendo y, cuando despertó a la mañana siguiente, todavía muerto de frío, vio que el cielo estaba azul pero no grasiento y que el mar seguía revuelto, pero no tan caótico como la víspera. Las escotillas estaban abiertas; se deslizo hasta la mesa y saltó, experimentando la sensación de haber sido el partero del fin del mundo.

Los gritos de júbilo con que fue acogido lo sorprendieron; desde que zarparan de Río, le había parecido que sus compañeros se estaban volviendo más independientes.

– ¡Richard, Richard! -gritó Joey Long, estrechándolo en un abrazo mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas-. ¡Creíamos que te habías ahogado!

– ¡Qué va! Estaba demasiado ocupado contemplando el temporal para fijarme en los que estaban en las escotillas, y, de esta manera, me quedé aislado. Pero cálmate, Joey. Estoy bien, simplemente mojado y muerto de frío.