Encontraron más tormentas, todas ellas terribles. En el transcurso de un memorable vendaval, el Alexander sufrió el único accidente de la travesía, cuando la verga de la gavia de proa se desprendió de los grátiles, lo cual dio lugar a que se rompieran las cadenas que mantenían sujeta la verga de madera al mástil y a que la vela todavía fijada a su verga se soltara. El Scarborough y el Friendship modificaron la posición de la vela mayor y de las gavias de proa para detener su avance y esperar a que los del Alexander atraparan la vela -una maniobra muy arriesgada- y se volvieran a sujetar los grátiles.
Después, en pleno solsticio de verano, empezó a llover y, poco después, cayó una fuerte nevada seguida de una granizada con unas piedras del tamaño de huevos de gallina. Las ovejas ni lo notaron, pero para los hombres y los cerdos fue una molestia que los dejó considerablemente magullados ¡Los placeres del verano a 41° al sur! 41° al norte era la latitud de la norteamericana ciudad de Nueva York y de la española ciudad de Salamanca, donde no caían fuertes nevadas durante el solsticio de verano. ¿Y si el hecho de estar en la parte de abajo del mundo fuera algo más que un metafórico estar al revés? La parte de abajo del mundo, pensaban muchos marineros, marinos y convictos, tenía que pesar mucho más que la parte de arriba.
El día de Navidad los tres veleros se encontraban a 42° al sur y mantuvieron su promedio de ciento ochenta y cuatro millas terrestres diarias en medio de un tiempo muy malo. La ballena más enorme de toda la travesía siguió a los tres barcos mientras duró la luz; era de color gris azulado y debía de medir más de cien pies de longitud. Menos mal que, por lo visto, sólo quería desearles felices Navidades, pues habría podido convertir las cuadernas del pequeño Friendship en minúsculas astillas.
En la prisión se respiraba una apacible atmósfera navideña. La comida que se sirvió a media tarde estuvo integrada por sopa de guisantes con carne de cerdo salada, el habitual trozo de cecina y la habitual hogaza de pan duro. El regalo especial fue la media pinta de ron puro de Río que recibió cada uno. También se les ofreció la oportunidad de ganar uno de los cachorros de Sophia. Ésta había parido cinco perritos muy sanos en el catre de Zachariah Clark, y el doctor Balmain había actuado de comadrona. Eran extraordinarios. Dos parecían perros dogos en miniatura, dos eran como unos terriers de pelo duro con la mandíbula inferior más alargada y otro era la viva imagen de Wallace. El teniente Shairp, orgulloso padre adoptivo, le ofreció a Balmain el privilegio de elegir; el médico eligió un doguito; y lo mismo hizo el teniente Johnstone, orgullosa madre adoptiva. El teniente John Shortland y el primer oficial Long no tuvieron más remedio que quedarse con la pareja de mandíbula de salmón.
Las cosas se complicaron cuando el teniente Furzer se negó a aceptar al vivo retrato de Wallace por su aspecto tan escocés (aunque eso no lo dijo… A fin de cuentas, estaban en Navidad).
– ¿Qué vamos a hacer con él? -preguntó Shairp.
– ¿Esmeralda y su amiguito del alma Clark?
Todo el alcázar rechazó despectivamente la idea.
– Pues entonces, creo que voy a ofrecer el pequeño MacGregor a la prisión como regalo de Navidad. No hay ningún convicto que tenga un perro -dijo Shairp.
A todos los presentes en el alcázar les pareció una idea excelente, digna de un brindis de sobremesa a base de oporto y ron.
El día de Navidad, los dos progenitores navales se presentaron en la prisión en cuanto terminó el almuerzo, Shairp llevando en brazos al pequeño MacGregor. Ambos oficiales estaban borrachos perdidos, aunque tal circunstancia no era una característica especial de la festividad que se estaba celebrando. Por regla general, no había manera de hablar con seriedad con ningún oficial de la marina después del almuerzo en ninguno de los barcos de la flota; la excepción era el Friendship, donde Ralph Clark bebía exclusivamente limonada y utilizaba la ración de ron que le correspondía para ofrecer a los carpinteros a cambio de recados de escribir y escritorios, y a los convictos a cambio de la confección de toda suerte de prendas, desde camisas a guantes.
La suerte de MacGregor se jugó utilizando cuatro barajas de cartas: los que extrajeron un as de diamantes fueron los que más posibilidades tenían de ganar. Entre brincos y vítores, tres hombres mostraron un as de diamantes. Sentado en la mesa, Shairp pidió a continuación que le trajeran tres pajas, aunque estaba tan bebido que Johnstone tuvo que doblarle cuidadosamente los dedos alrededor de las mismas.
– ¡Gana la paja más larga! -anunció Shairp.
La extrajo Joey Long, el cual rompió a llorar de alegría.
– ¡Long ha extraído la paja más larga!
Shairp estaba tan contento que se cayó de la mesa y Richard y Will tuvieron que ayudarlo amorosamente a levantarse mientras Joey tomaba en sus brazos la culebreante criatura y la cubría de besos.
– Lo vamos a dejar con su mamaíta hasta que lleguemos a Botany Bay -canturreó Johnstone-. Una vez en tierra, MacGregor será tuyo.
Dios no hubiera podido ser más benévolo, pensó Richard mientras se sumía en un sueño favorecido por el ron que, por una vez, no se había tomado con el deseo de despertar en la cubierta. Desde la muerte de Ike, la vida del pobre Joey ya no tiene sentido. Ahora tendrá un perro al que amar. Dios ha salvado a uno de los hombres que tengo a mi cargo. Rezo para que los demás tengan la misma suerte. Cuando abandonemos este encierro, será mucho más difícil que nos mantengamos unidos.
La velocidad de la navegación aumentó a más de doscientas siete millas terrestres diarias hasta finales de diciembre; el tiempo no podía ser peor: mala mar, vendaval, rugientes tempestades. Al sur de 43° los vientos emitían auténticos rugidos; las tormentas de Año Nuevo se abatieron sobre la proa mientras los veleros iban subiendo lentamente a 44° de latitud. Después empezó a soplar una brisa tan favorable que empujó los tres barcos, permitiéndoles cubrir doscientas diecinueve millas diarias. Cuando ya se esperaba de un momento a otro la aparición de los cabos meridionales de la Tierra de Van Diemen, el teniente Shortland ordenó por medio de señales que se conectaran los cables a las anclas por si acaso. El vendaval se intensificó y el Friendship perdió la botavara del ala del palo de trinquete de proa y la vela se rasgó, pero seguían sin avistar tierra.
Temiendo embarrancar en los arrecifes o en algunas rocas inexploradas, a las siete de la tarde del 4 de enero, Shortland ordenó que los barcos se situaran en estado de alerta. A la mañana siguiente, se oyó el grito largo tiempo esperado:
– ¡Tierra a la vista!
¡Allí estaba! ¡La punta más meridional de Nueva Gales del Sur! Un impresionante acantilado.
Una vez doblado el cabo sudoriental, el rumbo de los barcos experimentó un cambio radical desde el este hacia el norte por el nordeste; las últimas mil millas que quedaban para llegar a Botany Bay fueron las más exasperantes de toda la travesía, tan cerca y, sin embargo, tan lejos. Los vientos soplaban de cara y las corrientes eran contrarias, todo era desfavorable. Algunos días, los tres veleros acababan situados varias millas al sur de la posición de la víspera y otros días se pasaban el rato, virando sin cesar. Y algunos días los vientos eran, en palabras de los marineros, «terriblemente despiadados». Una noche, al Friendship se le rompió la vela de estay de la cofa del trinquete y, a la mañana siguiente, perdió la driza del racel. Subían poco a poco hasta 39° y después bajaban de nuevo a 42°. La vela de estay mayor del Friendship se rasgó en varios trozos, su quinto percance velero desde que se hicieran a la mar en la Ciudad del Cabo. Luchaban con denuedo para seguir avanzando.