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Aunque el hecho de no poder seguir adelante no desanimó a los convictos en la misma medida que a los oficiales de derrota de los barcos, la falta de comida aceptable ejerció en ellos aproximadamente el mismo efecto. Avistaban de vez en cuando algún retazo de Nueva Gales del Sur, pero demasiado lejano para que pudieran hacerse una idea de la clase de tierra que era. Por suerte, un nuevo placer les alegró la existencia; incontables focas brincaban y retozaban alrededor de los barcos, flotaban con las aletas sobre el pecho, se zambullían y retorcían, resoplaban y emitían extraños ruidos por la nariz. Eran unas espléndidas y alegres criaturas. Y dondequiera que estuvieran, las acompañaban los bancos de peces. La sopa de pescado volvió a figurar en el menú.

El 15 de enero habían conseguido subir con gran esfuerzo a 36° y, al mediodía, vieron el Cape Dromedary, así bautizado por el capitán Cook por su gran parecido con el Barco del Desierto.

– Ya sólo nos quedan ciento cincuenta millas -dijo Donovan, disponiéndose a pescar un poco al término de su guardia.

Will Connelly lanzó un suspiro. A pesar de las nubes, el tiempo era tan caluroso que no podía leer y, en su lugar, había decidido pescar.

– Estoy empezando a pensar que jamás llegaremos a Botany Bay, señor Donovan -dijo-. Han muerto cuatro hombres más desde la Nochebuena y todos los que estamos abajo sabemos por qué. No de fiebre ni de disentería sino de desesperación, añoranza y desesperanza. Casi todos nosotros llevamos más de un año en este terrible barco. Subimos a bordo el 6 de enero del año pasado. ¡El año pasado! Qué extraño suena decirlo. Por consiguiente, yo creo que han muerto porque llegó un momento en que ya dejaron de esperar que algún día podrían abandonar este barco. Ciento cincuenta millas, decís vos. Igual podrían ser diez mil. Si algo nos ha enseñado este año es lo lejos que está el confín del mundo. Y lo lejos que está de casa.

La boca de Donovan se contrajo en una mueca y éste parpadeó rápidamente.

– Las millas pasarán -dijo al final, con los ojos clavados en el sedal que flotaba desde un pequeño trozo de corcho-. El capitán Cook ya advirtió de la presencia de esta contracorriente, pero nosotros estamos avanzando. Lo que necesitamos es una buena brisa del sudeste y seguro que la tendremos. Se avecina un cambio en la mar. Primero habrá una tormenta y después vendrá el viento del sudeste. Verás como no me equivoco.

Efectuaron incesantes viradas. Las focas ya no estaban y, en su lugar, habían aparecido miles de marsopas. De pronto, después de una húmeda y sofocante jornada, se abrieron los cielos. Unos rojos relámpagos, cuyo brillo y violencia rebasaba la capacidad de imaginación inglesa, tiñeron de púrpura unas nubes más negras que el humo de Bristol y estallaron en medio de un retumbo ensordecedor. A continuación, empezó a caer una perpendicular y densa muralla de agua a pesar del huracanado viento del noroeste. Una hora antes de la medianoche, el teatral espectáculo terminó bruscamente y, acto seguido, empezó a soplar una maravillosa brisa del sudeste que duró justo lo suficiente para que pudieran ver los blancos acantilados, los árboles, las curvas playas doradas y las bajas y amarillas fauces de Botany Bay.

A las nueve de la mañana del 19 de enero de 1788, el Alexander guió a sus dos acompañantes entre Point Solander y Cape Banks hacia el interior de una ancha y poco abrigada bahía. Unos cincuenta o sesenta negros desnudos gesticulaban en lo alto de cada uno de los dos promontorios, y allí, descansando en el seno de las picadas aguas de color acero, vieron al Supply. Los había derrotado por un solo día.

El Alexander había cubierto diecisiete mil trescientas millas en doscientos cincuenta y un días, es decir, treinta y seis semanas. Había pasado sesenta y ocho de dichos días en puerto y ciento ochenta y tres en la mar. En total, habían permanecido en él doscientos veinticinco convictos, algunos durante un solo día; llegaron ciento setenta y siete.

Cuando se echaron las anclas y el teniente Shortland se trasladó en un esquife al Supply para visitar al gobernador Phillip, Richard se quedó solo junto a la barandilla y se pasó un buen rato contemplando el lugar, en el que, conforme a una orden imperial, debería permanecer deportado hasta el año 1792. Cuatro años del futuro. Había cumplido los treinta y nueve en el Atlántico Sur entre Río de Janeiro y la Ciudad del Cabo.

La tierra que tenía ante sus ojos era llana en la costa y ligeramente montañosa más hacia el norte y el sur, y el panorama que ofrecía era toda una monótona sucesión de colores azul, pardo, tostado, gris y aceitunado. Agostada y reseca.

– ¿Qué has visto, Richard? -le preguntó Stephen Donovan.

Richard le miró a través de las lágrimas que le empañaban los ojos.

– No veo ni un paraíso ni un infierno. Eso es el limbo. El lugar al que van a parar las almas perdidas -dijo.

QUINTA PARTE

De enero a octubre de 1788

No ocurrió apenas nada en los días sucesivos, aparte del hecho de que los siete veleros más lentos aparecieron con sorprendente celeridad poco después de la llegada de los Corredores; habían sido azotados por los mismos vientos y se habían rezagado tan poco con respecto a sus compañeros más rápidos que habían sufrido las mismas inclemencias meteorológicas. Balanceándose en las picadas aguas, todos los barcos permanecieron anclados con su carga mientras sus ocupantes se apiñaban junto a las barandillas, contemplando a través de sus catalejos los grupos de marinos, oficiales navales y convictos que se estaban trasladando a la orilla, y los numerosos indios que los observaban. Ninguna de aquellas actividades parecía revestir especial importancia. Ahora corrían rumores de que el gobernador no consideraba Botany Bay un lugar apropiado para aquel trascendental experimento y se había desplazado en una lancha para echar un vistazo al cercano Port Jackson, que el capitán Cook había incluido en sus cartas de navegación, pero en el que no había llegado a entrar.

Los sentimientos que Botany Bay le inspiraba a Richard eran muy parecidos a los que albergaban en su pecho todos los demás, tanto los libres como los delincuentes: un lugar espantoso, según el unánime veredicto. A nadie le recordaba nada que hubiera visto anteriormente, ni siquiera a navegantes tan viajados como Donovan. Llano, desolador, arenoso, pantanoso, inclemente e inimaginablemente inhóspito. A los habitantes de la prisión del Alexander Botany Bay les pareció un gigantesco cementerio.

Se recibió la orden de que el lugar del primer asentamiento sería Port Jackson y no Botany Bay; ya estaban a punto de alejarse de allí, pero los vientos contrarios eran tan fuertes y el oleaje que azotaba la estrecha barra tan violento que hubo que abandonar la idea. De pronto… ¡un milagro! Dos enormes veleros se acercaban al refugio de la bahía.

– Eso es una coincidencia tan extraña como la presencia de dos campesinos irlandeses en la corte de la emperatriz de todas las Rusias -dijo Donovan, que compartía un catalejo con el capitán Sinclair y el señor Long.

– Son ingleses, naturalmente -dijo Jimmy Price.

– No, son franceses. Creemos que es la expedición del conde de la Pérouse. De tercera categoría, por eso son tan enormes. Por consiguiente, uno de ellos tiene que ser La Boussole y el otro L'Astrolabe. Aunque supongo que nosotros los hemos sorprendido a ellos más que ellos a nosotros. La Pérouse abandonó Francia en 1785, mucho antes de que se hablara de nuestra travesía. A no ser que se hayan enterado de nuestro viaje en algún lugar del camino. La Pérouse fue dado por desaparecido hace un año. Y ahora… aquí lo tenemos.