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A la mañana siguiente hicieron otro intento fallido de abandonar Botany Bay. Los dos veleros franceses habían desaparecido, empujados mar adentro hacia el sur. A la puesta de sol, el Supply consiguió abrirse paso entre el oleaje y puso rumbo al norte para cubrir las diez u once millas que lo separaban de Port Jackson, mientras los cobardicas del gobernador Phillip se quedaban otra noche en el limbo.

A la mañana siguiente, un viento del sudeste mejoró un poco la situación, también la de los veleros franceses. La Boussole y L'Astrolabe penetraron en Botany Bay mientras los diez barcos de la flota inglesa levaban anclas para dirigirse hacia la peligrosa entrada. El Sirius, el Alexander, el Scarborough, el Borrowdale, el Fishburn, el Golden Grove y el Lady Penrhyn consiguieron salir sin ningún contratiempo. Pero después, el desventurado Friendship no pudo mantener sus estays, se desvió peligrosamente hacia las rocas y chocó con el Prince of Wales. Perdió la botavara del foque y remató su infortunio chocando con la popa del Charlotte. Una considerable parte de sus galerías decorativas quedó destruida y el Charlotte estuvo a punto de embarrancar.

Todo aquel desastre causó gran regocijo a bordo del Alexander, el cual estaba desplegando las velas para aprovechar el viento del sudeste. El día era bueno y caluroso y el panorama desde la banda de babor, impresionante. Las amarillas playas en forma de media luna ribeteadas por la espuma de las olas alternaban con unos acantilados de color amarillo rojizo, cuya altura iba aumentando conforme el velero proseguía su navegación. Unas arboledas de un verde más intenso que las que se distinguían desde lejos en Botany Bay se extendían tierra adentro más allá de las playas mientras el humo de las numerosas hogueras tiznaba el cielo occidental. De pronto, aparecieron dos imponentes baluartes de cuatrocientos pies y, entre ellos, una brecha de aproximadamente una milla de anchura. El Alexander se escoró y penetró en un país de las maravillas.

– ¡Eso ya es otra cosa! -exclamó Neddy Perrott.

– Si Bristol tuviera un fondeadero como éste, sería el puerto más grande de Europa -dijo Aaron Davis-. Podría acoger mil veleros de línea al amparo de cualquier viento.

Richard no dijo nada, pero su corazón se sintió ligeramente reconfortado. Por lo menos, aquellos árboles daban un toque de verdor, eran muy altos y numerosos y estaban envueltos en una especie de bruma azulada. ¡Pero qué extraños eran! Muy altos y con el tronco muy grueso, pero con follajes escasos y dispuestos de cualquier manera, cual si fueran banderas hechas jirones. Unas pequeñas y arenosas calas sin oleaje punteaban la orilla de norte a sur, pero los promontorios del interior eran más bajos, exceptuando un inmenso peñasco que se levantaba justo enfrente de la entrada. Se dirigieron al sur del mismo hacia algo que parecía un brazo muy largo y ancho y, seis millas más abajo, en una pequeña ensenada, encontraron el Supply. Las anclas no eran necesarias, por lo menos, de momento. Como los barcos se mecían suavemente en las profundas aguas, bastaba con amarrarlos a los árboles de la orilla. Unas aguas serenas y tranquilas, tan claras como las del océano y llenas de peces de pequeño tamaño.

El sol se había ocultado en medio de unas fulgurantes llamaradas que, a juicio de los navegantes, presagiaba una espléndida mañana al día siguiente. Tal como siempre ocurría cuando se desbarataban las cosas, nadie se acordó de dar de comer a los convictos hasta que anocheció. Richard se guardaba los pensamientos, sabiendo que hasta Will Connelly, el miembro más sofisticado de su pequeño grupo, era demasiado ingenuo para que pudiera confiar en él tal como confiaba en Stephen Donovan. Pues, aunque Port Jackson le pareciera un lugar de incomparable belleza, no creía que manara leche y miel.

Desembarcaron el 28 de enero en medio de una caótica confusión. Nadie sabía qué hacer con ellos ni adónde enviarlos, por lo que se quedaron inmóviles, rodeados por sus pertenencias, sintiendo la tierra bajo sus pies por primera vez en más de un año. ¡Qué horrible era la tierra firme! Se movía de acá para allá, se agitaba, no quería estarse quieta; al igual que todos los que apenas se habían mareado en el mar, Richard se pasaría seis semanas experimentando unas molestas náuseas. Fue entonces cuando comprendió por qué razón los marineros caminaban en tierra, bamboleándose con unos pasos muy grandes como si estuvieran ligeramente bebidos.

Los marinos estaban tan perplejos como los convictos, los cuales se pasaron un rato paseando por allí sin saber qué hacer hasta que un oficial les lanzó un grito y les señaló a donde tenían que ir.

Al final, entre los últimos ciento y pico delincuentes varones, Richard y sus nueve satélites recibieron la orden de dirigirse hacia una zona bastante llana y arbolada de la parte oriental para levantar su campamento.

– Aquí os podéis construir un refugio -dijo vagamente el alférez Ralph Clark, alegrándose sin duda de encontrarse en tierra.

¿Con qué?, se preguntó Richard mientras los diez caminaban tambaleándose por un terreno cubierto de crujiente hierba verde y punteado de piedras en dirección al lugar que Clark les había señalado. Otros grupos de convictos permanecían de pie, tan desconcertados como ellos. Todos pertenecían al Alexander. ¿Cómo nos vamos a construir los refugios? No tenemos hachas ni sierras, cuchillos o clavos. De pronto, apareció un marino con una docena de destrales y lanzó una a Taffy Edmunds, quien la atrapó y miró a Richard con expresión de impotencia.

Aún no me he divorciado de ellos. Todavía tengo a Taffy Edmunds, Job Hollister, Joey Long, Jimmy Price, Bill Whiting, Neddy Perrott, Will Connelly, Johnny Cross y Billy Earl. Casi todos patanes y muchos de ellos analfabetos. Gracias a Dios que Tommy Crowder y Aaron Davis han encontrado a Bob Jones y a Tom Kidner de Bristol… Eso significa que todos juntos podrán llenar una cabaña. Siempre y cuando la intención oficial sea llenar una cabaña. ¿Es que nadie tiene idea de lo que tenemos que hacer? Es la expedición peor organizada de toda la historia del mundo. Los de arriba se han pasado casi nueve meses holgazaneando en el Sirius y sospecho que lo único que han hecho es beber demasiado. No hay método ni sistema. Habríamos tenido que permanecer a bordo hasta que se desbrozara el terreno y se construyeran los refugios. Han desmontado incluso las mesas y los bancos para dejar al descubierto las grandes escotillas de la bodega. Por lo menos, por la noche. A los marinos no les gusta ser pastores, sólo quieren ser guardas en el sentido más estricto de la palabra. Que nos construyamos un refugio… Bueno, por lo menos tenemos una destral.

– ¿Quién sabe usar una destral? -preguntó.

Todos… para cortar leña.

– ¿Quién sabe construir un refugio?

Ninguno, sólo habían visto construir casas de ladrillo, piedra, argamasa y vigas. Entre su rebaño no había moradores de setos vivos.

– Quizá sería mejor que empezáramos con una cumbrera y un soporte en cada lado -dijo Will Connelly tras un prolongado silencio; había leído Robinson Crusoe durante la travesía-. Podemos hacer la techumbre y las paredes con hojas de palmera.

– Necesitamos una cumbrera, pero también otros palos para los aleros -dijo Richard-. Después necesitaremos seis árboles jóvenes ahorquillados, dos de ellos más altos que los otros cuatro. Con eso tendremos la estructura. Will y yo podemos empezar a trabajar en ellos con la destral. Taffy y Jimmy, id a ver si encontráis a un marino que nos pueda dar otra destral o un hacha, o uno de aquellos cuchillos tan grandes que vimos en Río. Los demás, id a ver si las hojas de las palmeras se desprenden tirando de ellas.