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– Nos podríamos fugar -dijo Johnny Cross en tono pensativo.

Richard lo miró como si le hubiera crecido de repente otra cabeza.

– Escapar, ¿adónde, Johnny?

– A Botany Bay y a los veleros franceses.

– No nos ofrecerían asilo, tal como los holandeses no se lo ofrecieron a Johnny Power en Tenerife. ¿Y cómo nos podríamos desplazar a Botany Bay? Ya viste a los indios que hay en las playas de allí. Esto parece un poco más agradable, lo cual significa que también debe de haber indios. No tenemos ni idea de cómo son… Podrían ser caníbales como los de Nueva Zelanda. Está claro que no acogerán con agrado la llegada de centenares de personas desconocidas.

– ¿Por qué? -preguntó Joey Long, que no soportaba que el teniente Shairp aún no le hubiera entregado a MacGregor.

– Ponte en el lugar de los indios -le contestó pacientemente Richard-. ¿Qué deben de estar pensando? Esta cala es estupenda y tiene una corriente de agua muy buena…, seguro que la utilizan a menudo. Y nosotros se la hemos arrebatado. Hemos recibido órdenes estrictas de no causarles el menor daño. Por consiguiente, ¿por qué vamos a provocarlos, escapándonos a lugares donde no habrá ningún inglés? Nos quedaremos aquí y nos ocuparemos de nuestros asuntos. Y ahora haz lo que te he pedido, por favor.

Él y Willy encontraron gran cantidad de árboles jóvenes apropiados, ninguno de ellos de más de cuatro o cinco pulgadas de diámetro. Tal vez no fueran muy bonitos comparados con un olmo o un castaño, pero tenían la virtud de crecer sin ramas bajas. Richard se inclino, blandió la destral e hizo una muesca.

– ¡Qué barbaridad! La madera es más dura que el hierro y esta llena de savia -dijo-. Necesito una sierra, Will.

Pero, a falta de una sierra, lo único que podía hacer era astillar el tronco. La destral no estaba afilada y no era de buena calidad, y quedaría inservible una vez se hubieran cortado los tres palos y los seis soportes. Aquella noche sacaría las limas y las afilaría. El contratista, pensó, nos ha facilitado la basura que las fundiciones de Inglaterra no podían vender. Estaba aturdido y respiraba afanosamente cuando terminó de cortar y alisar la cumbrera; todos los meses de mala alimentación y falta de trabajo no lo habían preparado para aquel esfuerzo. Will Connelly tomó la destral para cortar un segundo arbolillo y trabajó todavía más despacio. Pero, al final, dispusieron de la cumbrera y de los dos principales soportes ahorquillados para el palo de la techumbre y eligieron cuatro más pequeños para los soportes laterales. Para entonces, Taffy y Jimmy ya habían regresado con una segunda destral, un azadón y una pala. Mientras Richard y Will iban en busca de otros árboles para unir los palos de soporte laterales y completar el armazón, Jimmy y Taffy empezaron a cavar los hoyos para los seis soportes. Como no disponían de ningún instrumento de medición, lo hicieron a ojo con la mayor precisión posible. Al cavar, tropezaron con un lecho de roca seis pulgadas más abajo.

Los demás habían encontrado muchas palmeras, pero las hojas estaban demasiado arriba y no se podían alcanzar. Entonces a Neddy se le ocurrió una idea geniaclass="underline" trepó a un cercano árbol, se inclinó peligrosamente hacia fuera, agarró el extremo de una hoja y se lanzó sin soltarla para arrancarla con el simple peso de su cuerpo. El sistema daba resultado con las hojas más viejas y parduscas, pero no con las verdes y lozanas.

– Ve en busca de Jimmy -le dijo Neddy a Job Hollister- y sustitúyelo. Tú cavarás. Tengo un trabajo más apropiado para la agilidad de Jimmy.

Jimmy llegó temblando a causa del inusitado esfuerzo que había tenido que hacer para cavar.

– ¿Soportas las alturas? -le preguntó Neddy.

– Sí.

– Pues entonces, descansa un momento antes de trepar a la copa de aquella palmera. Eres el más ágil y el más delgado de todos nosotros. Richard nos ha enviado la segunda destral que tú te guardarás en el cinto. Subirás a la palmera e irás cortando las hojas de una en una.

Cuando el sol se puso, pudieron orientarse: al sur y al oeste del lugar en el que el gobernador iba a levantar su casa portátil, un par de almacenes y la gran tienda de campaña redonda, donde el teniente Fur zer se había instalado junto con la comisaría. Habían tenido el acierto de llevarse los cuencos de madera, los cucharones y las cucharas, y también las mantas, las esteras y los cubos. Richard encontró el río y encargó a Bill Whiting la tarea de limpiar las piedras de filtrar y recoger agua. Parecía limpia y potable, pero él no se fiaba de nada.

De entre todos ellos, Bill Whiting era el que peor aspecto ofrecía. Hacía mucho tiempo que su rostro había perdido la redondez, pero ahora presentaba unas profundas ojeras negras bajo los ojos y temblaba como si tuviera fiebre. No tenía. Su frente estaba fría. De puro agotamiento.

– Ya es hora de descansar -dijo Richard, reuniendo a sus polluelos-. Será mejor que os tumbéis sobre las esteras. Bill, tú necesitas dar un paseo… Sí, ya sé que no te apetece caminar, pero ven conmigo a la comisaría. Se me ha ocurrido una idea.

El teniente Furzer no era un hombre muy organizado que digamos; eso hubiera sido demasiado esperar. Richard y Bill entraron en el caos.

– Necesitáis más hombres, señor -dijo Richard.

– ¿Os ofrecéis como voluntarios? -preguntó Furzer, identificando sus rostros.

– Uno de nosotros, sí -contestó Richard, rodeando con su brazo los hombros de Whiting-. Es un buen hombre en quien podéis confiar, jamás ha causado el menor problema desde que le conocí en la cárcel de Gloucester en el ochenta y cinco.

– Es cierto, tú eras el jefe de los hombres de la banda de babor del Alexander y ninguno de tus hombres causó problemas, Morgan.

– Sí, soy Morgan, teniente Furzer. ¿Tenéis algún trabajo para Whiting aquí presente?

– Lo tengo si tiene cabeza suficiente para leer y escribir.

– Puede hacer ambas cosas.

Regresaron al campamento con unas cuantas hogazas de pan duro, lo único que la comisaría les pudo proporcionar. Se había cocido en la Ciudad del Cabo y, aunque estaba lleno de gorgojos, se podía comer.

– Ahora tenemos a un hombre en la comisaría -anunció Richard mientras repartía el pan entre sus compañeros-. Furzer utilizara a Bill, el cual lo ayudará a resolver la cuestión de la cecina. De la cual no podremos disponer hasta que se descarguen las ollas y los cacharros, pues, a partir de ahora, nos tendremos que preparar nosotros mismos la comida.

Bill Whiting ya tenía mejor cara; trabajaría en el interior de un lugar resguardado, aunque un poco sofocante, y se encargaría de una tarea más fácil que desbrozar, cavar o trabajar en un huerto, que era lo que, al parecer, todos ellos acabarían haciendo.

– En cuanto el teniente Furzer se instale, nos van a proporcionar las raciones de semana en semana -explicó Bill, agradeciendo a Richard su consideración-. Pronto llegará un barco almacén desde la Ciudad del Cabo para que no nos falten las provisiones.

Al caer la noche, utilizaron las bolsas de ropa como almohadas y las esteras y mantas del Alexander como colchones, y se cubrieron con sus viejos gabanes cuajados de lamparones. A pesar de que el día había sido muy caluroso, en cuanto el sol se puso, empezó a refrescar. Estaban tan rendidos de cansancio que durmieron como troncos sin enterarse de las cosas innombrables que reptaban por todas partes.

La bochornosa y húmeda mañana acabó con el frío nocturno. Los hombres reanudaron la construcción de su cabaña, cosa harto difícil, pues no tenían nada con que sujetar las hojas de palmera, excepto otras hojas más finas que intentaron enrollar como si fueran unas cuerdas. La cabaña parecía bastante sólida, pero Richard y Will, que eran unos inmejorables ingenieros, estaban preocupados, pues los cimientos eran tan sólo seis pulgadas de tierra arenosa. Amontonaron la tierra alrededor de los palos de soporte y cortaron más arbolillos para colocarlos horizontalmente en el suelo de tal forma que sirvieran de sujeción, haciendo unas muescas en los palos verticales para encajar en ellas los nuevos palos horizontales.