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Otros hombres estaban construyendo estructuras a su alrededor, con mejor o peor fortuna. A nadie le entusiasmaba la tarea, pero hacia la mitad de su segundo día en tierra, se pudo ver con facilidad qué grupos estaban bien dirigidos o eran expertos en construcción y qué otros no tenían ni lo uno ni lo otro. El grupo de Tommy Crowder empezó a construir la pared de su cabaña con una empalizada de arbolillos de tronco muy delgado, una idea que Richard decidió imitar. La cultura y la experiencia se empezaban a notar; el londinense Crowder había tenido una carrera muy accidentada y, por si fuera poco, era un hombre inteligente.

Ahora había unos cuantos marinos que supervisaban los trabajos y contaban a los hombres; algunos convictos habían huido al bosque, entre ellos una mujer llamada Ann Smith. Probablemente con la intención de dirigirse a Botany Bay y a los barcos franceses que, según los rumores, iban a permanecer unos cuantos días allí.

– ¡Qué barbaridad -exclamó Jimmy Price-, pero cuántas hormigas y arañas hay por aquí! Me ha picado una hormiga y no sabes lo que me duele. ¡Menudo tamaño tienen! Miden media pulgada de longitud y hasta se les ven las pinzas. -Dirigió una mirada de odio a un soberbio árbol de corteza blanca-. ¿Y qué es eso que nos ensordece con su graznido? Me silban los oídos.

Sus quejas acerca de los graznidos estaban tan justificadas como sus protestas contra las hormigas; era un buen año para las cigarras.

Billy Earl apareció entre los árboles temblando y más pálido que la cera.

– ¡Acabo de ver una serpiente! -dijo entre jadeos-. ¡Más larga que Ike Rogers cuando se ponía las botas! ¡Tan gruesa como mi brazo! Y Tommy Crowder me ha dicho que al otro lado de la cala hay unos enormes caimanes. ¡No soporto este lugar!

– Ya nos acostumbraremos a todas estas criaturas -dijo Richard en tono tranquilizador-. No he sabido de nadie que haya sufrido una mordedura o una picadura de nada que sea más grande que una hormiga, aunque la hormiga se asemeje a un escarabajo. Los caimanes son como lagartos gigantes, he visto uno reptando por el tronco de un árbol.

La casa se terminó a media tarde de aquel día tan húmedo y caluroso y tan lleno de sorpresas y terrores. El sol se puso y las nubes empezaron a acumularse en el cielo, hacia el sur. Negras y azul oscuro, con algunos destellos de relámpagos. Habían construido la cabaña al amparo de una enorme roca de piedra arenisca, en cuya parte inferior había una pequeña bolsa como excavada con una cuchara.

– Creo -dijo Richard, contemplando la inminente tormenta- que tendríamos que colocar nuestras pertenencias bajo la roca, por si acaso. Estas hojas de palmera no impedirán que penetre el agua de la lluvia.

La tormenta se desencadenó una hora después, más terrible y violenta que la que habían sufrido en la mar a la altura de Cape Dromedary; cada uno de sus colosales y fulgurantes rayos bajaba directamente a la tierra en medio de los árboles. ¡No era de extrañar que tantos de ellos estuvieran partidos y ennegrecidos! Los relámpagos. A menos de treinta pies del lugar donde ellos permanecían acurrucados, un gigantesco árbol de satinada corteza carmesí estalló en un cataclismo de cegador fuego azulado, chispas y truenos que prácticamente lo desintegraron antes de que empezara a arder envuelto en grandes llamaradas. Pero no por mucho tiempo. La lluvia cayó de repente entre los aullidos de un frío vendaval que apagó el fuego y, en un minuto, destruyó la techumbre de hojas de palmera de su cabaña. El suelo se convirtió en un mar y el agua los acribilló dolorosamente con su fuerza, dejándolos empapados y a punto de morir ahogados. Aquella noche les castañetearon los dientes y durmieron rodeados por el armazón de su cabaña, y su único consuelo fue saber que todas sus pertenencias estaban secas y a salvo bajo el saliente de la roca.

– Necesitamos mejores herramientas y algo que mantenga unida nuestra casa -dijo Will Connelly casi al borde de las lágrimas.

Ya es hora, pensó Richard, de buscar una autoridad de más rango que la de Furzer, pues éste no sabe organizarse ni siquiera para salvarse a sí mismo. No me importa que los convictos tengan prohibido acercarse a las autoridades, pues eso es justo lo que voy a hacer.

Se alejó azotado por el fresco aire y se alegró al comprobar que el suelo era tan arenoso que no podía convertirse en barro. Cuando llegó al lugar de la corriente donde los marinos habían colocado tres piedras para que les sirvieran de vado, vio corriente arriba un retazo de desnudos cuerpos negros y aspiró un penetrante olor de pescado podrido. Entonces no eran figuraciones suyas; le habían dicho que los indios apestaban a aceite de pescado, justo como el barro de Bristol. Al ver que éstos no se acercaban, pisó las piedras para cruzar el arroyo y se volvió para dirigirse a otro asentamiento más grande que había en el lado occidental de la ensenada, donde estaban acampados casi todos los convictos varones y todas las mujeres (éstas aún estaban desembarcando en pequeños grupos). Allí se habían levantado también la tienda hospital, las tiendas de los marinos, las tiendas más grandes de los oficiales de marina y la tienda del comandante Ross. Observó que a aquel lado de la cala los convictos vivían en tiendas, lo cual significaba que en los barcos no había suficientes tiendas. Por eso él y el resto de los últimos cien convictos varones habían sido relegados al lado oriental para que intentaran construirse un refugio y se las arreglaran como pudieran, lejos de la vista y del pensamiento.

– ¿Puedo ver al comandante Ross? -le preguntó al centinela que montaba guardia en el exterior de la enorme tienda redonda.

– No -contestó el centinela.

– Es un asunto un poco urgente -insistió Richard.

– El teniente gobernador está demasiado ocupado para recibir a los sujetos como tú.

– Pues entonces, ¿puedo esperar hasta que tenga un momento libre?

– No. Y ahora, largo de aquí… ¿Cómo te llamas?

– Richard Morgan, número dos, cero, tres, Alexander.

– Que pase -dijo una voz desde dentro.

Richard entró en un espacio con suelo de tablas de madera, bastante bien ventilado gracias a toda la serie de ventanas abiertas por doquier. Una cortina interior lo dividía en un despacho y algo que probablemente era el alojamiento del comandante. Allí estaba él, sentado junto a una mesa plegable que le servía de escritorio, solo como siempre. Ross despreciaba a sus oficiales subalternos casi tanto como a los reclutas, pero defendía los derechos y la dignidad del cuerpo de Marina contra todos los contendientes de la Armada Real. Consideraba al gobernador Arthur Phillip un necio sin el menor sentido práctico y deploraba la indulgencia.

– ¿Qué ocurre, Morgan?

– Estoy en el lado este, señor, y quisiera hablar con vos.

– Quieres presentar una queja, ¿verdad?

– No, señor, simplemente quisiera haceros unas cuantas peticiones -contestó Richard, mirándole directamente a los ojos, en la certeza de que debía de ser una de las pocas personas de Port Jackson que le tenía simpatía al pintoresco comandante.

– ¿Qué peticiones?

– No tenemos nada con que construir nuestros refugios, señor, aparte unas cuantas destrales. Casi todos nosotros hemos conseguido construir una especie de armazones, pero no podemos colocar techumbres de hojas de palmera sin algo con que sujetarlas. Gustosamente prescindiríamos de los clavos, pero no tenemos herramientas con que abrir agujeros o aserrar o golpear. El trabajo iría más rápido si por lo menos tuviéramos algunas herramientas.