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El comandante se levantó.

– Necesito dar un paseo. Ven conmigo -dijo lacónicamente-. Tienes una cabeza muy bien organizada -añadió mientras abandonaba la tienda seguido de Richard-, me di cuenta cuando lo de las bombas y los pantoques del Alexander. Eres un hombre práctico y no pierdes el tiempo compadeciéndote de ti mismo. Si tuviéramos más hombres como tú y menos escoria de todas las Newgates de Inglaterra, puede que esta colonia hubiera dado resultado.

De lo cual Richard dedujo, mientras caminaba siguiendo el rápido ritmo de los pasos del teniente gobernador, que éste no tenía la menor confianza en aquel experimento. Pasaron por delante del campamento de los marinos solteros y se acercaron a las cuatro tiendas de campaña redondas, en las que se alojaban los oficiales. El teniente Shairp estaba sentado bajo la sombra de un toldo en el exterior del alojamiento del capitán James Meredith, tomando el té con él en una preciosa taza de porcelana. Al ver al comandante, ambos se levantaron, dando a entender con su actitud que no apreciaban a su franco y mordaz superior. Bueno, eso todo el mundo lo sabía, incluidos los convictos; alimentadas por el ron y el oporto, las discusiones entre las filas de los oficiales acababan muchas veces en peleas, consejos de guerra y, siempre, en posiciones contrarias a Ross, el cual, en ciertas circunstancias, contaba también con numerosos partidarios.

– ¿Ya se están construyendo los aserraderos? -preguntó fríamente el comandante.

– Sí, señor -contestó Meredith, señalando vagamente un lugar a su espalda.

– ¿Cuándo fue la última vez que lo inspeccionasteis, capitán-teniente?

– Ahora mismo iba a hacerlo. En cuanto termine de desayunar.

– A base de ron y no de té, observo. Bebéis demasiado, capitán-teniente, y sois muy pendenciero. No discutáis conmigo.

Shairp saludó militarmente y se retiró para regresar poco después, sosteniendo a MacGregor en una mano.

– Aquí tienes, Morgan, ya te lo puedes llevar. Me dicen que uno de tus hombres lo ganó. -Shairp soltó una risita-. Ni yo mismo lo recuerdo.

Experimentando el deseo de que se lo tragara la tierra, Richard tomó la encantadora criatura que le ofrecía Shairp y siguió al comandante Ross hacia el vado.

– ¿Quieres entrar con esta cosa en la comisaría?

– No, si encuentro a uno de mis hombres, señor. Nuestro campamento nos viene de paso -contestó Richard con una tranquilidad que no sentía; no sabía por qué razón estaba siempre presente cuando el comandante echaba un rapapolvo a alguien.

– Bueno, ya es hora de que visite los excedentes. Enséñame el camino, Morgan.

Richard encabezó la marcha, sosteniendo en sus brazos al revoltoso MacGregor.

– Vivirá de cazar ratones -dijo el comandante Ross cuando ambos llegaron al lugar donde se levantaban unos doce refugios diseminados entre los árboles-. Aquí hay tantas ratas como en Londres.

– Dale eso a Joey Long -le dijo Richard a un sorprendido John ny Cross-. Como veis, señor, conseguimos levantar una especie de armazón, pero creo que el convicto Crowder ha dado con la mejor solución para las paredes. Lo malo es que, sin herramientas y material, las obras van a paso de tortuga.

– No sabía que los ingleses fueran tan ingeniosos -comentó Ross mientras recorría detenidamente el lugar-. Cuando terminéis aquí, podríais empezar a construir otro campamento entre aquí y la granja del gobernador que ahora mismo se está proyectando y cuyos terrenos ya se están desbrozando. Si no tenemos verduras del tiempo, el escorbuto nos matará a todos. Hay demasiadas mujeres en el lado occidental. Las repartiré y enviaré a algunas aquí. Lo cual no significa que tenga que haber relaciones carnales con ellas, ¿comprendido, Morgan?

– Comprendido, señor.

Desde allí se dirigieron a la comisaría donde seguía reinando la confusión. Los caballos, el ganado y otros animales, cuya desolada apariencia era similar a la de todo el mundo, ya se habían desembarcado y habían sido confinados en una especie de improvisados recintos, cercados por ramas amontonadas.

– Furzer -dijo el teniente gobernador, irrumpiendo en la espaciosa tienda redonda-, sois el típico irlandés de siempre. ¿Jamás habéis oído hablar de lo que es el método? ¿Qué vais a hacer con estos animales si no les dais pastos? ¿Coméroslos? Ya no queda trigo y apenas tenemos heno. ¡Menudo furriel estáis hecho! Puesto que los carpinteros no tienen nada que hacer hasta que dispongan de un poco de madera, ¡ponedlos ahora mismo a construir corrales! Buscad a alguien que sepa reconocer unos buenos pastizales y mandad construir los corrales allí. Habrá que conducir el ganado y manear los caballos… ¡Dios se apiade de vos como se os escapen! Y ahora, ¿dónde están vuestras listas de lo que había en cada barco, de si ya se ha desembarcado o no y de donde está ahora?

El teniente Furzer no pudo presentar ninguna lista digna de tal nombre y apenas tenía idea de los lugares donde estaban almacenadas las cosas que se habían desembarcado. Los únicos almacenes eran unas improvisadas tiendas de lona.

– Tenía intención de elaborar las listas cuando todo se hubiera guardado en almacenes definitivos, señor -balbució.

– ¡Señor, Señor, Señor, pero qué imbécil sois, Furzer!

El furriel tragó saliva y proyectó la barbilla hacia fuera.

– ¡Yo no puedo encargarme de todo con los hombres que tengo, comandante Ross, es la pura verdad!

– Pues entonces, os aconsejo que reclutéis a más convictos. Morgan, ¿se te ocurre alguna idea sobre qué hombres podrían ser los más indicados? Tú eres un convicto y tienes que conocer a algunos.

– En efecto, señor. Conozco un montón. Empezando por Thomas Crowder y Aaron Davis. Son de Bristol y les encantan los trabajos de despacho. Son unos tunantes, pero demasiado listos para morder la mano que les da el trabajo de despacho; por consiguiente, se abstendrán de robar. Amenazadlos con ponerlos a talar árboles a razón de doce al día y veréis qué bien se portan.

– ¿Y qué me dices de ti?

– Yo puedo ser más útil en otro lugar, señor -contestó Richard.

– ¿Haciendo qué?

– Afilando sierras, hachas, destrales y cualquier otra cosa que necesite un filo cortante. También sé triscar sierras, lo cual es todo un arte. Ahora mismo dispongo de ciertas herramientas y, si mi caja de herramientas se cargó en algún barco, dispondré de todo lo necesario. -Richard carraspeó-. No quisiera criticar a los que mandan, señor, pero tanto las hachas como las destrales son de muy mala calidad. También lo son las palas, los picos y los azadones.

– Eso ya lo he visto yo -dijo el comandante Ross con la cara muy seria-. Nos han tomado el pelo, Morgan, desde los tacaños funcionarios del Almirantazgo hasta el contratista y los capitanes de los barcos, algunos de los cuales ya están ocupados en la tarea de vender ropa de segunda mano y prendas de mejor calidad…, incluyendo las pertenencias de los convictos, tal como yo tengo sobrados motivos para creer. -Antes de retirarse, Ross añadió-: Pero pondré especial empeño en averiguar si hay una caja de herramientas a nombre de un tal Richard Morgan. Entre tanto, toma todo lo que necesites de lo que tiene Furzer aquí presente, tanto si son leznas como si son clavos, martillos o alambre. -Inclinó la cabeza a modo de saludo y abandonó la tienda, encasquetándose mejor el ladeado sombrero.

Siempre hecho un brazo de mar, el comandante Ross, sin importar el tiempo que hiciera.

– Tráeme a Crowder y Davis y llévate todo lo que necesites -dijo el teniente Furzer, sintiéndose profundamente humillado.

Richard le llevó a Crowder y Davis y tomó las herramientas y el material necesario para terminar sus cabañas y empezar a construir las destinadas a las convictas.