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Las convictas se habían convertido de repente en el centro de la atención de los convictos y los marinos solteros que estaban deseando dar rienda suelta a las pasiones y necesidades reprimidas a lo largo de más de un año. Las idas y venidas después del anochecer eran tantas que ni siquiera las habría podido impedir un número de marinos de guardia diez veces superior al que había en aquellos momentos, incluso en el caso de que los marinos de guardia no hubieran estado igualmente deseosos de satisfacer sus necesidades sexuales. La situación se complicaba porque no había suficientes mujeres y también porque no todas las mujeres estaban dispuestas a ofrecer sus servicios sexuales a los hombres. Por suerte, algunas aceptaban alegremente a todos los que acudían a ellas mientras que otras lo hacían a cambio de una jarra de ron o de una camisa de hombre. Las ocasionales violaciones se situaban a medio camino entre la buena disposición de algunas mujeres a atender a varios hombres y los escrúpulos que sentían casi todos ellos ante el hecho de forzar a las mujeres que no querían.

Sin embargo, todas las autoridades, desde el gobernador hasta el reverendo Richard Johnson, se mostraban horrorizadas ante las idas y venidas al campamento de las mujeres, y las consideraban depravadas, licenciosas y absolutamente inmorales. Como es natural, su actitud se debía al fácil acceso que ellos tenían a las mujeres, tanto a la señora Deborah Brooks como a la señora Mary Johnson. ¡Algo habría que hacer!

Los miembros del grupo de Richard se escapaban furtivamente después del anochecer. Excepto él, Taffy Edmunds y Joey Long. Al parecer, Joey se conformaba con la compañía de MacGregor. Taffy era otra cosa, un solitario cuyas inclinaciones misóginas se habían intensificado ante la repentina proximidad de las mujeres. Un tipo raro, eso era todo. Taffy se divertía cantando. Richard no estaba muy seguro de las razones que lo inducían a no acercarse al campamento de las mujeres. No podía enfrentarse con la perspectiva de conseguir a una mujer después de dos años lejos de su compañía y más de tres sin Annemarie Latour. Desde Annemarie Latour su miembro se mostraba inerte y él no sabía por qué. No era porque se hubiera apagado en él la fuerza de la vida. Puede que ello se debiera a una sensación de vergüenza y culpa, pues todo había ocurrido en medio de la desoladora angustia que le había causado la pérdida de William Henry, entre muchas otras. Pero no lo sabía y no quería saberlo. Sólo había muerto aquella parte de su persona, mientras que la otra parte se había sumido en un sueño sin sueños. Cualquier cosa que hubiera ocurrido en su mente había desterrado el sexo. Ignoraba si ello constituía una limitación o bien una liberación. No lo sabía, pero, por encima de todo, no era un motivo de dolor para él.

El 7 de febrero se iba a celebrar una gran ceremonia, la primera a la que los convictos habían recibido la orden de asistir. A las once de la mañana éstos fueron conducidos, los hombres separados de las mujeres, a la punta sudoriental de la ensenada donde se había desbrozado el terreno para dedicarlo a huerto; armados con mosquetes y vestidos con uniforme de gala, los marinos desfilaron al son de pífanos y tambores, con las banderas y estandartes ondeando al viento. Poco después llegó su excelencia el gobernador Phillip en compañía del rubio y gigantesco capitán David Collins, su juez-abogado; el teniente gobernador comandante Robert Ross; el agrimensor general Augustus Alt; el cirujano general John White, y el capellán reverendo Richard Johnson.

Los marinos saludaron con la bandera, el gobernador se descubrió y los felicitó, y los marinos se alejaron con su banda. Tras lo cual, se invitó a los convictos a sentarse en el suelo. A continuación, se colocó una mesa de campamento delante del gobernador y se depositaron solemnemente sobre la misma dos cajas de cuero rojo que se abrieron en presencia de todo el mundo tras habérseles retirado los sellos. Acto seguido, el juez-abogado leyó el nombramiento de Phillip y el nombramiento para el tribunal de la judicatura.

Richard y sus hombres sólo oyeron algunos retazos de las palabras. Se autorizaba a su excelencia el gobernador en nombre de su majestad británica Jorge III, rey de Gran Bretaña, Francia e Irlanda, a ejercer pleno poder y autoridad en Nueva Gales del Sur, a construir castillos, fortalezas y ciudades, y a erigir las baterías que considerara necesarias… El sol brillaba con fuerza y los deberes del gobernador parecían interminables. Cuando terminó la lectura del nombramiento oficial, algunos de los presentes estaban medio dormidos y los capitanes de los barcos, que habían bajado a tierra para asistir a la ceremonia, ya se estaban retirando, pues nadie les había facilitado cómodos asientos a la sombra. El capitán Duncan Sinclair fue el primero en marcharse.

Agradeciendo el sombrero de paja de marinero que le habían proporcionado, Richard se esforzó en prestar atención. Sobre todo, cuando el gobernador Phillip subió a un pequeño estrado y dirigió unas palabras a los convictos. ¡Lo había intentado!, gritó… ¡Sí, lo había intentado! Pero, después de los diez días que llevaban en tierra, estaba llegando rápidamente a la conclusión de que muy pocos de ellos merecían la pena, de que casi todos eran incorregibles, holgazanes e indignos de ser alimentados, de que de entre los seiscientos que estaban trabajando, no más de doscientos se esforzaban en serio, y los que no trabajaran, no comerían.

Casi todo lo que dijo se escuchó a la perfección; de su menuda figura brotaba una voz impresionante. En el futuro, serían tratados con la máxima severidad, pues era evidente que ninguna otra cosa ejercería el menor efecto. En Inglaterra, el robo de una gallina no estaba castigado con la pena de muerte, pero allí, donde cada gallina era más valiosa que un cofre de rubíes, el robo de una de ellas se castigaría con la muerte. Todos los animales estaban reservados a la cría. El menor intento de birlar cualquier objeto perteneciente al Gobierno se castigaría con la horca… ¡y lo decía muy en serio! Cualquier hombre que intentara penetrar de noche en la tienda de las mujeres sería fusilado porque no los habían trasladado hasta allí para fornicar. La única relación aceptable entre hombres y mujeres era el matrimonio, de lo contrario, ¿por qué razón les habrían proporcionado un capellán? La justicia sería imparcial pero implacable. Ningún convicto debería atribuir a su trabajo un valor equivalente al de un esposo inglés, pues él no tenía mujer e hijos que mantener con su salario, sino que era propiedad del gobierno de su majestad británica en Nueva Gales del Sur. Nadie sería obligado a trabajar por encima de sus fuerzas, pero todo el mundo debería contribuir al bienestar general. Su primer deber sería primero la construcción de edificios permanentes para los oficiales, después para los marinos y, finalmente, para ellos. Y ahora ya se podían retirar e ir pensando en todo aquello, pues él había hablado muy en serio…

– ¡Qué agradable resulta que a uno lo quieran tanto! -dijo Bill Whiting, levantándose-. ¿Por qué no se limitaron a ahorcarnos en Inglaterra si lo que pretendían era ahorcarnos aquí? -Soltó un bufido de desprecio-. ¡Menuda idiotez! ¡Que no nos han trasladado hasta aquí para que forniquemos! ¿Pues qué pensaban que iba a ocurrir? Yo bromeo con las ovejas, pero no es ninguna broma que me disparen por acercarme a mi Mary.

– ¿Mary? -preguntó Richard.

– Mary Williams, del Lady Penrhyn. Más vieja que las montañas y más fea que un pecado, pero sus dos mitades son mías, ¡enteramente mías! O, por lo menos, lo eran hasta que me enteré de que me van a pegar un tiro por ceder a un impulso natural. En Inglaterra, el único que me podría pegar un tiro es su marido.

– Me alegro mucho de saber que tienes a Mary Williams, Bill. Eso no es obra del gobernador sino del reverendo Johnson -dijo Richard-. Este hombre habría tenido que ser metodista. Supongo que es por eso por lo que aceptó el puesto: es demasiado radical para ser del agrado de algún obispo de la Iglesia anglicana.