Выбрать главу

– No sé por qué han transportado a las convictas hasta aquí si no podemos acercarnos a ellas -dijo Neddy Perrott.

– El gobernador quiere que se celebren bodas, Neddy, para darle gusto al reverendo Johnson. Y sospecho que también para que toda esta expedición sea santificada por Dios -dijo Richard pensando en voz alta-. La existencia de fornicación en el rebaño más bien parece obra de Satanás.

– Pues bueno, yo no tengo todavía intención de casarme con mi Mary -dijo Bill-. Hace demasiado poco tiempo que me he librado de unas cadenas y no quiero cargar con otras.

Lo cual puede que fuera el sentir de Bill, pero no el de la mayoría de sus compañeros. A partir del siguiente domingo, cada vez fueron más numerosas las parejas de convictos casadas por el complacido capellán.

Ahora les facilitaban las raciones semanalmente. ¡Y cuán difícil era mantenerse firme y no devorarlo todo en cuestión de un par de días! Las raciones eran muy escasas, sobre todo, teniendo en cuenta que estaban trabajando. Gracias a la abyecta gratitud del teniente Furzer, disponían de buenas ollas y cazuelas, aunque no tuvieran muchas cosas que echar en ellas.

La cabaña se terminó de construir con una doble hilera de arbolillos a modo de paredes, una de ellas vertical y la otra horizontal, y una techumbre, en la cual toda una serie de listones contribuían a sujetar las hojas de palmera entretejidas. No se mojaban ni siquiera cuando caían fuertes lluvias, pero, en cambio, cuando el viento se convertía en un vendaval, éste penetraba a través de los intersticios entre los arbolillos, por cuyo motivo decidieron proteger las paredes exteriores con hojas de palmera. La cabaña carecía de ventanas y sólo contaba con una puerta que se abría a la roca de piedra arenisca. A pesar de su sencillez, era mucho mejor que la prisión del Alexander. Se aspiraba en el aire el limpio y punzante olor de las resinas en lugar del de la repugnante mezcla de aceite de brea y podredumbre, y el suelo estaba constituido por una suave alfombra de hojas muertas. Además, los hombres no llevaban cadenas y no estaban sometidos a una vigilancia demasiado estrecha. Los marinos se encargaban sobre todo de vigilar a los bribones reconocidos y, por consiguiente, los que nunca causaban problemas no eran objeto de especial vigilancia, aparte de los habituales controles que se llevaban a cabo para asegurarse de que estuvieran en sus correspondientes lugares de trabajo.

El lugar de trabajo de Richard era un pequeño recinto abierto hecho con cortezas de árbol, cerca de toda una serie de fosos de aserrar que se estaban excavando detrás de las tiendas de los marinos, lo cual no era nada fácil, pues el lecho de roca se encontraba a sólo seis pulgadas por debajo de la superficie. Los hoyos se tenían que cavar, rompiendo la roca mediante picos y cuñas.

Aunque las sierras aún no se habían recibido (la descarga de los barcos era dolorosamente lenta), las hachas y las destrales se amontonaban con tal rapidez que Richard no daba abasto para afilarlas.

– Necesito ayuda, señor -le dijo al comandante Ross, un día después del comienzo de su trabajo-. Dadme dos hombres ahora y, cuando haya que afilar las sierras, yo ya tendré a un hombre preparado para hacerse cargo de las hachas y las destrales.

– Comprendo tus razones y sé que son muchas. Pero ¿por qué dos hombres?

– Porque ya ha habido discusiones acerca de la propiedad y yo dispongo de medios para llevar una lista. Más que una lista, lo que hace falta es un ayudante que sepa leer y escribir y pueda grabar el nombre del propietario en el mango de cada hacha y cada destral. Y, cuando se reciban las sierras, podría hacer lo mismo con ellas. Eso permitiría que los marinos ahorraran tiempo, señor.

Los párpados de los pálidos ojos azules se entornaron, pero la boca no sonrió.

– Pues sí, Morgan, tienes efectivamente una cabeza que piensa muy bien. Supongo que ya sabes a quién quieres, ¿verdad?

– Sí, señor. A dos de mis hombres. A Connelly para grabar y a Edmunds para que aprenda a afilar.

– Aún no he localizado tu caja de herramientas.

El pesar de Richard fue sincero.

– Es una lástima -dijo éste, lanzando un suspiro-. Tenía unas herramientas muy buenas.

– No desesperes, seguiré buscando.

Febrero transcurrió en medio de grandes tormentas, algún que otro cambio en el estado de la mar y muchos días de sofocante calor y humedad que siempre terminaban con una acumulación de negras nubes en el cielo meridional o noroccidental. Las tempestades del sur llevaban consigo un agradable refrescamiento de las temperaturas, mientras que las del noroeste daban lugar a más bochorno y granizadas con piedras del tamaño de huevos de gallina.

Aparte de las distintas variedades de ratas y los millones de hormigas, escarabajos, ciempiés, arañas y otros insectos hostiles, las formas de vida ancladas a la tierra no eran muy abundantes. En contraste con el cielo y los árboles, ambos llenos a rebosar de miles de pájaros, casi todos ellos de belleza espectacular. Había más variedades de loros que los que la imaginación habría podido soñar: grandes loros blancos con llamativos penachos amarillo azufre, loros grises con pechugas de color ciclamen, loros negros, loros multicolores como el arco iris, moteados loritos de color verde claro, otros rojos y azules, verde esmeralda y varias docenas más. Un martín pescador pardo de gran tamaño emitía constantemente una especie de carcajada y era capaz de matar serpientes rompiéndoles el espinazo contra el tronco de un árbol; un ave terrestre tenía una cola semejante a una lira griega y caminaba exhibiéndose como un pavo; los que acompañaban al gobernador en sus exploraciones hablaban de cisnes negros, águilas cuyas alas extendidas medían hasta nueve pies de longitud y competían por las presas con los halcones y los gavilanes. Unos minúsculos pinzones y trogloditas, alegres y descarados, volaban de acá para allá sin temor. Todas las aves estaban pintadas de vivos colores y sus voces acababan volviendo loco a cualquiera. Algunas cantaban mejor que los ruiseñores, otras emitían roncos chirridos, otras trinaban como campanitas de plata y una de ellas, un impresionante cuervo negro, emitía el grito más desolador y estremecedor que cualquier inglés hubiera escuchado en su vida. Por desgracia, lo peor de toda aquella miríada de pájaros era que ninguno de ellos resultaba comestible.

Aunque se habían visto algunos animales mamíferos como, por ejemplo, una oronda criatura muy peluda que cavaba madrigueras, el único animal que todo el mundo estaba deseando ver era el canguro. Los canguros jamás se acercaban a los lugares habitados, señal de que eran muy tímidos. En cambio, no lo eran en absoluto los enormes lagartos arborícolas. Reptaban por el campamento como si despreciaran olímpicamente a los hombres y rivalizaban con el convicto más hambriento o el marino más sediento a la hora de saquear la tienda de campaña de un oficial. Uno de ellos medía catorce pies de longitud y no era de extrañar que inspirara el mismo terror que un caimán.

– No sé cómo llamarlo -le dijo Richard a Taffy Edmunds cuando ambos lo vieron pasar un día por delante de su cobertizo de cortezas de árbol, moviendo la temible cabeza.

– Yo lo llamaría «señor» -dijo Taffy.

Les seguían enviando hachas y destrales para que les colocaran nuevos filos y, a finales de febrero, se empezaron a recibir las sierras. Los aserraderos occidentales ya estaban empezando a funcionar y en la parte oriental se cavaban toda una serie de ellos con las mismas dificultades que los de la occidentaclass="underline" el lecho rocoso. Un nuevo obstáculo se acababa de presentar: los árboles talados, alisados y colocados sobre el hoyo resultaban prácticamente imposibles de aserrar y convertir en las más mediocres tablas. La madera no sólo estaba llena de savia sino que, además, era más dura que el hierro. Los aserradores, todos convictos, tenían que hacer un esfuerzo tan sobrehumano que el gobernador se vio obligado a darles raciones extra de malta para evitar que se vinieran abajo, lo que provocó la irritación de los soldados rasos de la marina, quienes olvidaban que ellos recibían mantequilla, harina y ron, aparte las mismas raciones de pan y cecina que los convictos; los soldados elaboraron una lista de agravios contra los «privilegios» de los convictos. Sólo el comandante Ross y la implacable disciplina consiguió controlarlos, pero la implacable disciplina significaba recibir más azotes que los convictos, protestaban ellos.