Выбрать главу

El peor aspecto de la existencia de Richard eran las sierras. Sólo les habían enviado ciento setenta y cinco sierras manuales y veinte sierras de doble asa, y las veinte sierras de doble asa eran sierras de aserrar a lo largo. No había sierras de doble asa capaces de cortar una madera como aquélla al través, lo cual significaba que los árboles se tenían que talar con un hacha y segmentar también con un hacha. Ambas clases de sierra tendrían que haberse fabricado con el mejor acero, pero no había sido así. Los muchos meses transcurridos en el mar las habían oxidado, y no había manteca de antimonio en ningún barco.

El teniente Philip Gidley King se llevó veinticinco sierras manuales y cinco sierras de doble asa a la isla de Norfolk cuando el Supply zarpó hacia aquel lejano lugar a mediados del mes de febrero. Allí establecería una colonia aparte y convertiría el lino autóctono en lona y los gigantescos pinos de que había hablado el capitán Cook en mástiles de barco.

– Señor, es casi una tarea imposible -le dijo Richard al comandante Ross-. Me he fabricado mi propio papel de esmeril y he eliminado toda la herrumbre que he podido, pero las sierras no están suficientemente lisas. El aceite de ballena es un protector muy eficaz, pero no tenemos. Los aceites de que disponemos se solidifican en cola en cuanto se genera calor en el interior del corte. Necesito una sustancia como el aceite de ballena o la manteca de antimonio. Las sierras están fabricadas con un acero tan malo que, si aserramos una madera tan dura como ésta, temo que se rompan. Tenemos quince sierras de doble asa, lo cual equivale a no más de catorce hoyos de aserrar… Yo siempre estaré trabajando en una sierra porque esta madera estropea los dientes. Pero, por encima de todo, señor, necesito algo que elimine la herrumbre.

Ross estaba más preocupado que nunca; todos los aserradores le habían contado la misma historia.

– Pues entonces, tendremos que buscar alguna sustancia local -dijo-. El doctor Bowes Smith es un hombre de mentalidad muy inquisitiva que siempre anda por ahí sangrando árboles, hirviendo raíces u hojas en busca de remedios, resinas y probablemente el elixir de la vida. Dame una de las sierras manuales más oxidadas que tengas y le pediré que haga un experimento.

Y allá se fue. Richard se compadeció mucho de él; tenía grandes dotes para la organización y la acción, pero no era capaz de comprender las debilidades de los demás y tanto menos las de sus marinos, a quienes, cuando cometían alguna transgresión, tenía autoridad para azotar. Cuando quería azotar a un convicto, tenía por lo menos que comentar el asunto al gobernador. Por si no fueran suficientes todos los males que aquel conflicto estaba provocando en su fuero interno, los rayos la habían tomado con él; su pequeño rebaño de ovejas había perecido mientras permanecía resguardado bajo un árbol; más tarde, otro rayo había caído sobre su tienda y casi todos sus archivos y papeles se habían quemado junto con otras muchas cosas. Pero, mientras la figura del militar se perdía en la lejanía, Richard pensó que, sin el comandante Ross, el caos en Port Jackson habría sido infinito. El gobernador es un idealista; el teniente gobernador es un realista.

El cobertizo de cortezas de árbol de Richard se había ampliado mucho y ahora éste contaba con otros dos colaboradores, Neddy Perrott y Job Hollister. Billy Earl, Johnny Cross y Jimmy Price se habían ido a trabajar con Bill Whiting en los almacenes del Gobierno, con lo cual Joey Long se había quedado sin nada que hacer. Richard se agenció una azada, la añadió a la pala y el azadón que ya tenía y le encargó la creación de un huerto en el exterior de su cabaña, rezando para que nadie lo requisara para otro trabajo; todo el mundo sabía que Joey era un poco simple, lo cual hacía que fuera menos apreciado. Si Joey se quedara en la cabaña, sus pertenencias no comestibles estarían a salvo. El saqueo de comida estaba tan generalizado que tanto los hombres como las mujeres se llevaban sus raciones a su lugar de trabajo… y, una vez allí, tenían que vigilar para que no les robaran nada. Casi todos los robos de comida eran recíprocamente destructivos y, por consiguiente, no revestían el menor interés ni para el Gobierno ni para los marinos; los convictos más fuertes robaban impunemente a los débiles o enfermos.

La disentería estalló a las dos semanas de la llegada. La intuición de Richard a propósito del arroyo había resultado acertada, aunque los médicos no comprendían cómo era posible que el agua estuviera contaminada en el lugar donde ellos la recogían. Su teoría era que el agua de Nueva Gales del Sur era demasiado fuerte para los estómagos ingleses. En la tienda hospital habían muerto tres convictos y se había tenido que levantar un segundo hospital con los materiales que tenían a mano. El escorbuto también estaba muy extendido; la palidez de la piel y una dolorosa cojera anunciaban su presencia mucho antes de que las encías se empezaran a hinchar y a sangrar. A Richard todavía le quedaba un poco de malta y la pudo estirar un poco más gracias a que el teniente Furzer apreciaba tanto al pequeño grupo de convictos que lo ayudaban que les proporcionaba malta en secreto. Aquella clase de favoritismo, al igual que ocurría con los aserradores, era inevitable dada la creciente penuria.

– Pero en caso necesario -le dijo Richard a su grupo en un tono que no admitía discusión- comeremos col agria. No me importa que tenga que sentarme sobre vuestro pecho para introducírosla a la fuerza en la garganta. Recordad a vuestras madres; nos habían enseñado que las medicinas no curaban si no tenían un sabor espantoso. La col agria es una medicina.

En Port Jackson no había suficientes remedios naturales contra el escorbuto para alimentar a su nueva población; pocas eran las plantas y bayas que no provocaran síntomas de envenenamiento. Las plantas que germinaban tras haber sido regadas fielmente en los huertos pertenecientes al Gobierno producían unos brotes que contemplaban el cielo y el sol y después morían de puro abatimiento. Nada podía crecer.

Aquí estamos a finales de verano y entrando en el otoño, pensó Richard, recordando las semillas de cítricos que se había llevado de Río de Janeiro. Por consiguiente, no sembraré mis semillas hasta septiembre u octubre, cuando estemos en primavera. ¿Quién sabe cómo será de frío el invierno de aquí? En Nueva York, el verano es muy caluroso, pero en invierno se hiela el mar. A juzgar por el aspecto de nuestros indios, dudo que haga tanto frío como allí, pero no puedo correr el riesgo de plantar algo en estos momentos.

Tres convictos -Barrett, Lovell y Hall- fueron sorprendidos robando pan y cecina en los almacenes del Gobierno y otro fue sorprendido robando vino. Los tres ladrones de comida fueron condenados a muerte. El ladrón de vino fue nombrado Verdugo Público.

En la orilla occidental de la ensenada, entre las tiendas de los hombres y de las mujeres, se levantaba un precioso árbol con una curiosa peculiaridad: una fuerte y recta rama se proyectaba hacia fuera a diez pies del suelo. Se convirtió así en el Árbol de la Horca, pues no se podía malgastar madera en la erección de un patíbulo. El 25 de febrero los tres desventurados fueron conducidos hasta allí en presencia de todos los convictos, los cuales habían recibido la orden de asistir so pena de recibir cien azotes. El gobernador Phillip estaba seguro de que aquel severo castigo ejercería el deseado efecto. ¡Era absolutamente necesario que los convictos dejaran de robar comida! Como es natural, su propio vientre, al igual que los de todos los que ejercían autoridad, estaba debidamente lleno. Por consiguiente, tal como ocurría con la cuestión de la fornicación, no era posible que las desesperadas medidas que se adoptaron para resolver el problema dieran el resultado apetecido. Se creía que todo era consecuencia de los escrotos vacíos y los vientres llenos.