Выбрать главу

Muchos de los presentes, tanto libres como delincuentes, habían asistido a ahorcamientos. En Inglaterra, éstos eran una ocasión de júbilo y regocijo. Pero muchos no, pues preferían, como Richard y sus hombres, dejar aquel macabro espectáculo para otros.

Barrett, el primer condenado, fue colocado en el escabel, y el Verdugo Público recibió la orden de ajustarle la cuerda alrededor del cuello. Éste así lo hizo entre lágrimas y con el rostro más pálido que la cera, pero se negó a propinar un puntapié al escabel hasta que varios marinos cargaron sus mosquetes con pólvora y una bala y lo apuntaron a bocajarro. Muy pálido pero sereno, Barrett se mantuvo firme.

Era de los que no se amilanaban ante nada. Puesto que la caída no fue suficiente para quebrarle el cuello, permaneció colgando y retorciéndose en el extremo de la cuerda durante una eternidad. Cuando finalmente murió, fue por falta de aire. Una hora más tarde se retiró el cadáver y el escabel se colocó de nuevo en su sitio para recibir a Lovell.

El teniente George Johnston, el edecán del gobernador ahora que el teniente King se había ido a la isla de Norfolk, dio un paso al frente y anunció que se habían concedido veinticuatro horas de suspensión de la pena a Lovell y Hall. A continuación, los convictos recibieron la orden de retirarse. La lección de Phillip no ejerció el menor efecto. Los que tenían intención de robar, lo seguirían haciendo mientras que los que no tenían intención de hacerlo, no lo harían. Lo más que se conseguiría con los ahorcamientos sería reducir el número de los ladrones por simple substracción.

Mientras Richard se retiraba, miró distraídamente hacia las convictas y vio unas plumas de avestruz de color rojo agitándose en lo alto de un elegante sombrero negro. Sorprendido, se detuvo en seco. ¡Lizzie Lock! Tenía que ser Lizzie Lock. La habían deportado junto con su precioso sombrero, el cual se encontraba en perfecto estado a pesar de los viajes. Probablemente porque ella le habría dispensado mejores cuidados que a su propia persona. Ahora no era el momento de intentar acercarse a ella. Ya llegaría la ocasión. El hecho de saber que estaba allí ya era un consuelo suficiente.

A la mañana siguiente, todos recibieron la orden de volver a reunirse -bajo un impresionante aguacero- para escuchar la noticia de que su excelencia el gobernador había indultado a Lovell y Hall y que éstos serían desterrados a un lugar todavía por decidir. No obstante, añadió el teniente George Johnston en tono amenazador, su excelencia estaba considerando muy en serio la posibilidad de enviar a todos los reincidentes a Nueva Zelanda y abandonarlos en la playa para que se los comieran los caníbales. En cuanto se pudieran utilizar los servicios del Supply, todos irían a parar allí, ¡que no lo dudaran ni por un instante! Entre tanto, los desterrados serían encadenados y conducidos a una pelada roca que se levantaba en las inmediaciones de la cala y que ya había recibido el nombre de «Tripaseca», donde subsistirían con una cuarta parte de la ración habitual y un poco de agua. Pero ni Tripaseca, ni la cuerda de la horca ni la amenaza de festines caníbales impidieron que los desesperados siguieran robando comida.

Si los convictos se concentraban en los comestibles, los marinos preferían saquear ron y mujeres; los azotes de los marinos aumentaron de cincuenta a cien y ciento cincuenta, aunque el encargado de administrar los azotes nunca pegaba tan fuerte como cuando su víctima era un convicto, lo cual era muy comprensible. El hecho de que los marinos se pudieran concentrar en la bebida y las mujeres se debía a que ellos eran los encargados de repartir la comida; por mucho que se supervisara su tarea, las raciones de los marinos eran siempre mucho más abundantes que las que se repartían a los convictos. Cosa también muy comprensible.

Por si fuera poco, cada vez resultaba más difícil controlar a los nativos, los cuales se dedicaban a birlar pescado, palas, azadones y las pocas verduras que habían logrado sobrevivir en una fértil isla situada el este de la cala, donde se estaba creando la gran Granja del Gobierno en la esperanza de que en septiembre la tierra ya estuviera preparada para el trigo. Unos hombres enviados para cortar cañas destinadas a la construcción de techumbres en una bahía situada más allá de la isla Garden fueron atacados en un primer tiempo por unos indios; uno de ellos resultó herido. Más tarde, los mismos indios mataron a dos hombres en el mismo lugar. Una visita corriente arriba hasta la pantanosa fuente del arroyo permitió descubrir los cuerpos en estado de descomposición de varios lagartos de gran tamaño, señal de que los nativos no eran tontos y sabían cómo contaminar el agua.

Las guardias de los marinos se intensificaron a medida que la colonia se iba ampliando. Descubrieron que un árbol que sir Joseph Banks había clasificado como casuarina producía una excelente madera para ripias, pero, por desgracia, se encontraba situado un poco lejos, en las inmediaciones del pantano del arroyo; y una milla tierra adentro descubrieron una excelente arcilla para ladrillos. Los grupos efectuaban correrías en territorio virgen y necesitaban escolta. Para agravar la situación, ahora los nativos habían perdido el miedo a las armas de fuego y eran más audaces en sus incursiones, sabedores tal vez de que se había dictado la orden de no causarles daño en ninguna circunstancia.

El gobernador Phillip fue a explorar otra cala del norte llamada Broken Bay, pero regresó muy desanimado; era un buen refugio para los barcos, pero la tierra no era cultivable. Su excelencia tenía motivos más que sobrados para estar desanimado. Los directores de un plan elaborado en el Home Office habían dado por sentado que las cosechas brotarían de una tierra que sólo necesitaría que le hicieran unas cuantas cosquillas, que habría excelente madera para todos los propósitos imaginables, que el ganado se multiplicaría a pasos agigantados y que, en cuestión de un año, Nueva Gales del Sur sería prácticamente autosuficiente. De ahí que el Home Office, el Almirantazgo y los contratistas no se hubieran asegurado de que la flota llevara provisiones y suministros suficientes para tres años. Las previsiones eran más bien para un año, lo cual significaba que el primer velero almacén no llegaría a tiempo. ¿Y cómo podrían los hombres -y las mujeres- llevar a cabo un trabajo fructífero, estando perpetuamente hambrientos?

Los dos meses transcurridos en Sydney Cove -así habían bautizado el lugar en el que inicialmente habían desembarcado-, sólo sirvieron para demostrarles que aquél era un paraje duro, indiferente e indiscriminadamente cruel. Parecía fuerte, inmutable y extraño, la clase de lugar en el que los hombres podrían ganarse el sustento pero jamás prosperar. Los nativos, tremendamente atrasados a los ojos ingleses, eran un indicador muy fidedigno de lo que prometía Nueva Gales del Sur: miseria combinada con sordidez.

La última semana de marzo cesaron las tormentas, y la humedad y el calor empezaron a disminuir. Los que tenían sombreros los habían transformado en gorros yanquis, eliminándoles los bordes de los tricornios, pero Richard prefirió que su tricornio siguiera siendo un tricornio porque trabajaba en un cobertizo hecho con cortezas de árbol y tenía un sombrero de paja de marinero y porque quería ir vestido como Dios manda en los oficios religiosos del domingo. Las costumbres de Bristol no morían fácilmente.

Los oficios del domingo se celebraban en distintos lugares, pero el 23 de marzo -tercer aniversario del día en que había sido declarado culpable y condenado a cumplir la pena en Gloucester- se celebraron en proximidad del campamento de los marinos solteros en toda una serie de salientes rocosos. Gracias a éstos, los presentes pudieron ver y oír cómo el reverendo Richard Johnson los exhortaba en nombre del Señor a reprimir sus vergonzosos impulsos e incorporarse a las filas de aquellos que habían decidido casarse.