Tras haber decidido lo que iba a hacer, Richard tenía intención de rezar pidiendo que Dios lo iluminara, pero el sermón no lo ayudó. En su lugar, Dios le contestó, presentándole la figura de Stephen Donovan, que se situó a su lado y lo acompañó en un recorrido por la ensenada, pisó con él las pasaderas y bajó a la orilla, cerca de la nueva granja.
– Es terrible, ¿verdad? -dijo Donovan, rompiendo el silencio mientras ambos se sentaban con los brazos alrededor de las rodillas en una roca situada cinco pies por encima de las plácidas aguas-. Tengo entendido que seis hombres tardan una semana entera en arrancar un tocón de árbol en aquel campo de trigo de allí y que el gobernador ha decidido que la tierra se remueva a mano para recibir las semillas, pues no se atreve a utilizar un arado.
– Lo cual significa que un día no comeré -dijo Richard, quitándose su mejor chaqueta y sentándose a la sombra de un árbol cuya copa se inclinaba sobre el arroyo-. Qué poca sombra hay aquí.
– Y qué dura es la vida. Sin embargo, no te quepa duda de que mejorará -dijo Donovan, arrojando unas hojas muertas al agua-. Eso es como cualquier otra aventura arriesgada, en la que lo peor son siempre los primeros seis meses. No sé por qué entonces las cosas empiezan a resultar más soportables, como no sea tal vez porque desaparece la impresión de extrañeza. Pero una cosa es segura. Cuando Dios creó este rincón del globo, utilizó una plantilla distinta. -Bajó un poco la voz y habló en tono más suave-. Sólo los fuertes sobrevivirán y tú serás uno de ellos.
– De eso podéis estar bien seguro, señor Donovan. Si conseguí resistir en el Ceres y el Alexander, también conseguiré resistir aquí. No, no desespero. Pero os he echado de menos. ¿Cómo están el Alexander y el bueno de Esmeralda?
– Lo ignoro, Richard, pues ya no estoy en el Alexander. La separación se produjo cuando sorprendí a Esmeralda, abriendo todas las bolsas y los fardos de los convictos que se guardaban en las bodegas. Para ver qué podía vender a cambio de una fortuna.
– Miserable.
– Pues sí, Sinclair es eso y mucho más. -El largo y flexible cuerpo se estiró y contorsionó sin el menor esfuerzo-. Ahora tengo una litera mucho mejor. Me enamoré, ¿sabes?
Richard esbozó una sonrisa.
– ¿De quién, señor Donovan?
– ¿A que no te lo crees? Del asistente del capitán Hunter. Johnny Livingstone. Como al Sirius le faltan seis o siete marinos, solicité incorporarme a la tripulación y me aceptaron. Creo que al capitán Hunter no le cae muy bien este asunto, pero no va a rechazar a un marino tan experto como yo. Por consiguiente, disfruto de buenas raciones y, encima, tengo un poco de amor.
– Me alegro mucho -dijo sinceramente Richard-. También me alegro de haberos visto precisamente hoy y no otro día. Es domingo y no trabajo. Lo cual quiere decir que estoy a vuestra disposición. Necesito que alguien me preste oído.
– Pronuncia la palabra y tendrás algo más que un oído.
– Gracias por el ofrecimiento, pero pensad en Johnny Livingstone.
– El agua parece que es buena para pasar en ella un buen rato de diversión. Y bien que me gustaría de no ser porque el otro día el Sirius atrapó un tiburón cuyos hombros medían seis pies y medio. ¡En el interior de Port Jackson! -Donovan enrolló su chaqueta para formar una almohada y se tumbó-. Nunca te lo pregunté, Richard… ¿conseguiste aprender a nadar?
– Pues sí. En cuanto imité a Wallace, todo fue muy fácil. Por cierto, Joey Long se quedó con uno de sus cachorros. Es un bicho encantador, le entusiasman las ratas. Come mejor que nosotros, aunque yo no siento tentación de pasarme a su dieta.
– ¿Ya has visto algún canguro?
– Ni siquiera he oído el suave rumor de su cola entre los árboles. Pero es que no salgo del campamento… Me paso el rato afilando nuestras malditas sierras y hachas. -Richard se incorporó-. Supongo que en el Sirius no habrá un poco de manteca de antimonio, ¿verdad?
Las sedosas pestañas negras se levantaron y los ojos azules se iluminaron.
– Tenemos mantequilla de vaca, pero no de la otra. ¿Cómo sabes tú tantas cosas sobre la manteca de antimonio y demás?
– Cualquier afilador y triscador de sierras las sabe.
– Pues yo jamás había conocido a ninguno que las supiera. -Los párpados se volvieron a cerrar-. Es un domingo precioso y se está muy bien aquí contigo al aire libre. Haré averiguaciones acerca de la manteca. También tengo entendido que la madera no se puede aserrar.
– No exactamente, pero es un trabajo en extremo lento. Sin embargo, lo es todavía más porque las sierras son una porquería. En realidad, aquí todo parece una porquería. -El rostro de Richard se endureció-. Eso me hace comprender lo que Inglaterra piensa de nosotros. Equipó a su basura con basura. No nos ofreció la oportunidad de abrirnos camino. Pero hay algunos como yo que se sienten fortalecidos y reconfortados sabiéndolo.
Donovan se levantó.
– Prométeme una cosa -dijo, encasquetándose el sombrero.
Profundamente decepcionado, Richard trató de fingir que la brusca partida no le importaba.
– Decidme cuál -dijo.
– Permaneceré ausente una hora. Espérame aquí.
– Aquí estaré, pero lo aprovecharé para cambiarme de ropa. Hace demasiado calor para estas prendas de domingo.
Richard regresó antes que Donovan, vestido como casi todos los convictos cuando dos meses atrás se habían instalado en Sydney Cove; calzones de lona cortados por debajo de la rodilla, descalzo, una desteñida camisa de lino a cuadros con un estampado tan tenue como una leve y suave sombra en el interior de otra sombra. Cuando Donovan regresó, éste también iba vestido con un sencillo atuendo y se tambaleaba bajo el peso de un cesto de naranjas de Río.
– Son unas cuantas cosas que puedes necesitar -dijo, depositándolo en el suelo.
Richard sintió que le escocía la piel y palideció intensamente.
– ¡Señor Donovan, no puedo aceptar cosas que pertenecen al Sirius!
– Ninguna de ellas le pertenece o, mejor dicho, todo se ha conseguido legalmente… Bueno, casi todo -contestó Donovan sin inmutarse-. Confieso que he arrancado unos cuantos berros del capitán Hunter… Los cultiva en lechos húmedos de hilas. O sea que vamos a comer muy bien y sobrará mucho para llevarlo a los demás. Los marinos no se meterán contigo si yo te acompaño y llevo yo mismo el cesto. Le he comprado malta a nuestro comisario, el sombrero de otro marinero, unos sedales de pescar muy fuertes, anzuelos, unos trozos de corcho y unos viejos restos de plomo de escotilla para plomadas. Pero el principal motivo de que este cesto pese tanto son los libros -añadió mientras rebuscaba en su interior-. ¿Querrás creer que algunos marinos que se encontraban a bordo desde Portsmouth se dejaron los libros al desembarcar? ¡Qué barbaridad! ¡Ah! -Tomó un tarrito-. Tenemos mantequilla para los panecillos, recién hechos esta misma mañana. Y una jarra de cerveza suave.
La única comida de su vida con la cual ésta se hubiera podido comparar era la que Donovan le ofreció cuando terminaron de llenar los toneles de agua en Tenerife, pero hasta aquélla palidecía en comparación con el sabor de los berros tan exquisitamente verdes.
Richard comió con voracidad mientras Donovan lo miraba y le ofrecía todos los berros, la mantequilla y casi todos los panecillos.
– ¿Ya has escrito a casa, Richard? -le preguntó después.
Richard paladeó la cerveza suave.
– No he tenido tiempo ni… deseo de hacerlo -contestó-. No me gusta Nueva Gales del Sur. Antes de escribir cartas, quiero tener algo que resulte divertido y merezca la pena contarse.