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– Bueno pues, aún dispones de un poco de tiempo. El Scarborough, el Charlotte y el Lady Penrhyn zarparán en mayo, pero rumbo a Catay, para recoger cargas de té. El Alexander, el Friendship, el Prince of Wales y el Borrowdale zarparán directamente rumbo a Inglaterra aproximadamente a mediados de julio, según tengo entendido, por lo que debes entregar tus cartas a uno de ellos. El Fishburn y el Golden Grove no pueden zarpar hasta que se hayan construido edificios a prueba de ladrones para guardar su vino, su ron, su cerveza negra e incluso el alcohol de graduación normal de los médicos.

– ¿Y el Sirius? Me habían dicho que regresaría a sus obligaciones navales en cuanto pudiera.

Donovan frunció el entrecejo.

– El gobernador no es partidario de que se vaya hasta estar seguro de que la colonia sobrevivirá. Si se quedara sólo el Supply que tiene treinta años y es tan pequeño…¡no quiero ni pensarlo! Pero el capitán Hunter no está nada contento. Como el comandante Ross, piensa que toda esta empresa es una pérdida de tiempo y de dinero ingleses.

Richard apuró la jarra de cerveza suave.

– ¡Oh, qué festín tan extraordinario! No sé cómo daros las gracias. Y, además, me alegro de que no os vayáis tan deprisa. -Richard hizo una mueca y meneó la cabeza-. Ni siquiera puedo beber cerveza suave sin que se me suba a la cabeza.

– Túmbate y echa una siestecita. Nos queda todo el resto del día por delante.

Richard así lo hizo. En cuanto apoyó la cabeza en una almohada de hojas, se quedó dormido como un tronco.

Stephen Donovan lo estudió acurrucado en posición defensiva, sin la menor intención de dormir. Tal vez porque era un hombre libre y, como marino que era, amaba sinceramente el mar y contemplaba Nueva Gales del Sur de una manera muy distinta de como lo hacía el cautivo Richard Morgan; no había nada que le impidiera tomar sus bártulos e irse a otro sitio. El hecho de que deseara quedarse se podía atribuir en buena medida a Richard, por cuyo destino se preocupaba, mejor dicho, por cuya persona se preocupaba. Era una tragedia que su afecto se hubiera fijado en un hombre que no le podía corresponder, pero no una tragedia de proporciones épicas; puesto que había elegido sus preferencias sexuales antes de embarcarse, las había vivido con optimismo y se había conformado con mantener relaciones jovialmente superficiales y con tener su equipaje preparado por si tuviera que cambiar de barco precipitadamente. No sospechaba, cuando había subido a bordo del Alexander que Richard Morgan estaba a punto de destruir su complacencia. Y tampoco sabía por qué razón su corazón había elegido a Richard Morgan. Había ocurrido sin más. Así era el amor. Una cosa aparte, una cosa del alma. Había cruzado la cubierta como si tuviera alas en los pies, tan seguro de su instinto que no dudó ni por un instante de que tropezaría con un alma gemela. El hecho de no haberla encontrado carecía de importancia. Una sola mirada bastó para que ya no pudiera echarse atrás.

Aquella tierra desconocida también lo había inducido a quedarse. Su destino lo atraía. Los pobres nativos desaparecerían y ellos lo sabían en su fuero interno. Por eso estaban empezando a rebelarse. Pero no eran ni tan sofisticados ni estaban tan bien organizados como los indios americanos, cuyos lazos tribales se extendían a naciones enteras, eran expertos conocedores del arte de la guerra y cambiaban de alianzas con los franceses contra los ingleses o los ingleses contra los franceses. En cambio, aquellos indígenas no eran muy numerosos y, al parecer, sólo se dedicaban a combatir entre sí, agrupados en pequeñas tribus: las alianzas militares no eran propias de su naturaleza, la cual, según sospechaba Donovan, debía de ser altamente espiritual. A diferencia de Richard, él estaba en condiciones de escuchar a los que mantenían ciertos contactos y tratos con los nativos de Nueva Gales del Sur. El gobernador mantenía la actitud más apropiada, pero los marinos no la compartían. Tampoco la compartían los convictos, los cuales veían en los nativos a un nuevo enemigo al que temer y aborrecer. De una curiosa manera, los convictos se encontraban situados en medio, como un trozo de hierro entre el yunque y el martillo. Una buena analogía. Pero a veces aquel trozo de hierro se convertía en una espada.

Donovan estaba entusiasmado con la campiña, pero, como todo el mundo, no sabía si se podría domesticar hasta el extremo de poder equipararla con algo parecido a la prosperidad inglesa. De una cosa estaba seguro: jamás se podría llegar a aquella acogedora vida de pueblo en la que un hombre dedicaba unos pequeños campos al cultivo y otros a la ganadería y podía desplazarse a pie a la taberna en cuestión de media hora. En caso de que se consiguiera domesticar aquel lugar, las distancias serían enormes y la sensación de aislamiento sería omnipresente, desde la distancia a la que se encontraba la taberna hasta lo lejos que pudiera estar una civilización de similares características.

Se sentía a gusto quizá porque se sentía atraído por los pájaros, y aquélla era una tierra de pájaros. Se elevaban en el aire, volaban en círculo y se sentían libres. Él volaba por los mares y ellos por los cielos. Y el cielo de allí no se parecía al de ningún otro lugar, era puro e ilimitado. Por la noche, el firmamento extendía un mar de estrellas tan denso que se formaban unas vaporosas nubes, una red de fría y ardiente infinitud que hacía que un hombre se sintiera más insignificante que una gota de lluvia caída en el océano. Le encantaba su insignificancia, lo consolaba porque no deseaba ser importante. La importancia reducía el mundo al nivel de juguete del hombre, lo cual era una pena. Richard buscaba a Dios en la iglesia porque así le habían enseñado a hacerlo, pero el Dios de Donovan no podía ser tan limitado. El Dios de Donovan estaba allí arriba en medio del esplendor y las estrellas eran el vapor de su aliento.

Richard se despertó al cabo de dos horas, acurrucado, inmóvil y sin emitir ni un suspiro.

– ¿Me he pasado mucho rato durmiendo? -preguntó desperezándose mientras se incorporaba lentamente.

– ¿Acaso no tienes reloj?

– Pues sí, pero lo guardo en mi caja. Lo sacaré cuando tenga mi propia casa y cesen los robos. -Su mirada se sintió súbitamente atraída por unas hordas de pececillos en el agua, unas criaturas a rayas blancas y negras y con las aletas amarillas-. No sabemos qué ocurrió cuando el capitán King llegó a la isla de Norfolk… ¿lo sabéis vos? -preguntó.

Buena parte de las conversaciones de los convictos giraban en torno a la isla de Norfolk, la cual había adquirido fama de ser un destino alternativo mucho más agradable y productivo que Port Jackson.

– Sólo sé que King tardó cinco días y tuvo que hacer varios viajes a la orilla en busca de un lugar idóneo para desembarcar. Calas abrigadas no hay ninguna, sólo una laguna en el interior de un arrecife de coral azotado por el oleaje, que, al final, resultó ser el único lugar posible para desembarcar. Una parte del arrecife está más sumergida que el resto y permite el paso de un esquife. Pero King no encontró lino, y los pinos que hay allí, aunque serían apropiados para la construcción de mástiles, jamás se podrán cargar a bordo de un barco porque no hay ningún lugar donde hacerlo, y no flotan. No obstante, el terreno es extraordinariamente fértil y profundo. El Supply se fue sin más datos, pero no tardará en regresar. No sabemos más. La isla es pequeña -no más de diez mil acres en total- y está densamente cubierta de pinos gigantescos. Mucho me temo, Richard, que la isla de Norfolk tenga tan poco de paraíso como Port Jackson.

– Bueno, se comprende que así sea. -Richard dudó momentáneamente y después decidió lanzarse-. Señor Donovan, hay algo de lo que necesito hablar y vos sois la única persona de cuyo consejo me puedo fiar, pues no tenéis ningún interés personal como el que puedan tener mis hombres.