– Habla, pues.
– Uno de mis charlatanes en los almacenes del Gobierno se ha ido de la lengua y Furzer ha descubierto que Joey Long sabe reparar calzado. Por consiguiente, me voy a quedar sin el vigilante de mi casa. Le pedí a Furzer una semana de tiempo porque nuestro huerto está produciendo algunas hortalizas gracias al esfuerzo de Joey Long, y Furzer es un hombre con quien se puede hablar en serio. Obtuve la semana que necesitaba a cambio de una parte de lo que sobreviva en el huerto -dijo Richard sin el menor rencor.
– La verdura es una moneda casi tan buena como el ron -comentó secamente Donovan-. Sigue.
– Cuando estaba en la cárcel de Gloucester, llegué a un acuerdo con una convicta llamada Elizabeth Lock, o Lizzie tal como todo el mundo la llamaba. A cambio de mi protección, ella vigilaba mis pertenencias. Acabo de averiguar que está aquí y tengo intención de casarme con ella, pues no existe ningún otro medio menos oficial de asegurarme sus servicios.
Donovan pareció sorprenderse.
– Tratándose de ti, Richard, eso me suena lamentablemente frío. No te creía tan… -Donovan se encogió de hombros- duro e insensible.
– Sé que suena muy frío -dijo tristemente Richard-, pero no veo ninguna otra solución a nuestros problemas. Esperaba que alguno de mis hombres quisiera casarse… Casi todos ellos visitan a las mujeres a pesar de las amenazas del gobernador, pero, hasta ahora, ninguno de ellos parece tener el menor interés en casarse.
– Hablas de las pertenencias materiales como si éstas tuvieran la misma importancia que una unión legal de por vida…, como si lo primero tuviera tanto valor como lo segundo y ambas cosas fueran exactamente iguales. Eres un hombre, Richard, y un hombre que se siente atraído por las mujeres. ¿Por qué no confiesas claramente que te gustaría tomar a esta Lizzie Lock por esposa? ¿Y que estás tan deseoso de compañía femenina como casi todos los demás? Al decir que le ofreciste tu protección en la cárcel de Gloucester, deduzco que eso significa que mantuviste relaciones sexuales con ella. Y deduzco que ahora las quieres seguir manteniendo. Lo que me desconcierta es la frialdad con que lo dices… Pareces noble, pero por motivos equivocados.
– ¡Yo no mantuve relaciones sexuales con ella! -replicó Richard, enfurecido-. ¡No estoy hablando de sexo! Lizzie era como mi hermana y así la sigo considerando. Teme quedar embarazada y es por eso por lo que ella tampoco quería mantener relaciones sexuales.
Sosteniéndose la cabeza con las manos, Donovan apoyó los codos en las rodillas y miró a Richard, consternado. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Todo eso por un simple exceso de placer? ¡No! Es un hombre astuto que se sale con la suya porque está en el lugar adecuado en el momento adecuado y sabe cómo tratar a los que ejercen poder sobre él. No se arrastra por los suelos como la mayoría porque su orgullo le impide arrastrarse. Estoy en presencia de un misterio, pero se me ocurren algunas ideas.
– Si yo conociera la historia de tu vida, es posible que te pudiera ayudar -dijo-. Cuéntamela, te lo ruego.
– No puedo.
– Tienes mucho miedo, pero no al sexo sino al amor. Pero ¿qué es lo que tiene el amor para que te infunda semejante temor?
– Allí donde yo estuve -contestó Richard, respirando hondo- no quisiera volver a estar porque creo que no podría resistirlo por segunda vez. Puedo amar a Lizzie como a una hermana y a vos como a un hermano, pero más allá no puedo ir. La plenitud del amor que yo sentía por mi mujer y mis hijos es sagrada.
– Y ellos han muerto.
– Sí.
– Eres todavía muy joven y éste es un nuevo lugar, ¿por qué no volver a empezar?
– Todo es posible. Pero no con Lizzie Lock.
– Pues entonces, ¿por qué casarte con ella? -preguntó Donovan con un extraño fulgor en los ojos.
– Porque sospecho que su suerte es muy dura y yo la quiero como un hermano. Debéis saber, señor Donovan, que el amor no es algo que pueda surgir por conveniencia. Si lo fuera, es posible que optara por amar a Lizzie Lock. Pero jamas lo haré. Estuvimos un año entero juntos en la cárcel de Gloucester, lo más normal es que hubiera ocurrido.
– Eso quiere decir que lo que propones no es tan frío e insensible como parece. El amor no es algo que pueda nacer a voluntad.
El sol se había ocultado detrás de las rocas en la parte occidental de la ensenada y la luz era larga y dorada; sentado allí, Stephen Donovan pensó en las rarezas del corazón humano. Sí, Richard tenía razón. El amor nacía inesperadamente y a veces era un visitante inoportuno. Richard pretendía evitarlo, casándose con una hermana de quien se compadecía y a la que deseaba ayudar.
– Si te casas con Lizzie Lock -dijo finalmente-, no serás libre de casarte en otro sitio. Y puede que algún día te interese hacerlo.
– Entonces, ¿vos me aconsejáis que no lo haga?
– En efecto.
– Lo pensaré -dijo Richard, levantándose.
Un lunes por la mañana Richard pidió permiso al comandante Ross para ir a ver al reverendo Johnson y solicitó su autorización para visitar a Elizabeth Lock, una convicta del campamento de mujeres, con la posible intención de pedirle que se casara con él.
A sus treinta y pocos años, el señor Johnson era un hombre de mofletudo rostro, carnosos labios, aspecto levemente afeminado y aire estudiadamente episcopal, desde su blanco alzacuello almidonado hasta su negra túnica clerical que disimulaba una prominente barriga, pues no quería dar la impresión de estar demasiado bien alimentado en aquel lugar donde reinaba el hambre. En sus pálidos ojos azules ardía la clase de fervor que el primo James el clérigo solía calificar de mesianismo jesuítico, y en Nueva Gales del Sur había encontrado su misión: elevar el tono moral de su rebaño, cuidar de los enfermos y los huérfanos, dirigir su iglesia a su manera y ser considerado un benefactor de la humanidad. Sus intenciones eran intrínsecamente buenas, pero la profundidad de su comprensión era muy poca y su compasión estaba exclusivamente reservada a los desvalidos. En su opinión, los convictos adultos eran universalmente depravados y no eran dignos en modo alguno de la salvación, pues, de no haber sido unos depravados, ¿cómo habrían podido convertirse en delincuentes?
Al enterarse de que el primo segundo de Richard era el párroco de St. James de Bristol y descubrir que Richard era un hombre educado, cortés y aparentemente sincero, el señor Johnson le concedió su autorización y dispuso con carácter provisional que se casara con Elizabeth Lock en el transcurso de los oficios del domingo siguiente, en el que todos los convictos podrían ver cuán acertada era su actuación.
En cuanto se puso el sol, Richard abandonó su cobertizo de cortezas de árbol para dirigirse al campamento de las mujeres, le mostró el pase al centinela y preguntó por Elizabeth Lock. El centinela no tenía ni idea, pero una mujer que llevaba un cubo de agua oyó la pregunta al pasar y le indicó una tienda. ¿Cómo se llamaba a la puerta de una tienda? Decidió rascar con las uñas la aleta cerrada de la entrada.
– ¡Entra si eres guapo! -contestó una voz de mujer.
Richard apartó a un lado la aleta y entró en un dormitorio de lona, en el que habrían tenido holgadamente cabida diez mujeres, pero que, en su lugar, acogía a veinte. Diez estrechas literas estaban pegadas la una a la otra a lo largo de cada una de las dos alargadas paredes de la tienda, y el pasillo que las separaba aparecía enteramente ocupado por pertrechos de todo tipo, desde una sombrerera hasta una gata con sus seis gatitos. Las ocupantes, tras haber comido alrededor de la hoguera comunitaria del exterior, estaban tumbadas en sus camas en distintas fases de desnudez. Todas ellas muy flacas, frágiles e indómitas. Lizzie estaba en la cama correspondiente a la sombrerera. Como era de esperar.