Se había hecho un silencio absoluto; diecinueve pares de redondos ojos lo estudiaron con profunda admiración mientras se abría paso entre los pertrechos hasta la sombrerera de la adormilada Lizzie Lock.
– ¿Ya estás dormida, Lizzie? -preguntó con risueña voz.
Lizzie abrió los ojos y contempló con incredulidad el amado rostro.
– ¡Richard! ¡Oh, Richard, mi amor!
Se levantó de un salto de la cama y le arrojó los brazos al cuello mientras rompía a llorar de emoción.
– No llores, Lizzie -le dijo él con dulzura en cuanto se calmó un poco-. Ven a hablar conmigo.
La acompañó al exterior rodeándole el talle con su brazo mientras todos los ojos los seguían.
– Ojalá tuviera yo la mitad de tu suerte, Lizzie -dijo una mujer que ya había dejado atrás la juventud.
– Pues yo me conformaría con la cuarta parte -dijo su compañera, visiblemente embarazada.
Se encaminaron hacia la orilla de la ensenada, cerca de la improvisada tahona sin que Lizzie soltara su mano en ningún momento, y se sentaron sobre un montón de bloques de piedra arenisca.
– ¿Qué tal lo pasaste cuando nos fuimos?
– Me quedé mucho tiempo en Gloucester y después me enviaron a la Newgate de Londres -contestó Lizzie, estremeciéndose.
Eran los primeros síntomas de un resfriado, pues iba envuelta en un vestido de segunda mano hecho jirones.
Richard se quitó la chaqueta y se la colocó alrededor de los escuálidos hombros mientras la estudiaba con detenimiento. ¿Cuántos años debía de tener ahora, treinta y dos? Parecía que tuviera cuarenta y dos, pero sus brillantes ojos negros aún no habían renunciado a la vida. En el momento en que ella le había arrojado los brazos al cuello, pensó que iba a experimentar una oleada de amor e incluso de deseo, pero no sintió ninguna de las dos cosas. Quería cuidar de ella y se compadecía de ella, pero nada más.
– Cuéntamelo todo -le dijo-. Quiero saberlo.
– Me alegro de que no te quedaras mucho tiempo en Londres… Aquella cárcel es un infierno. Nos hicieron subir a bordo del Lady Penrhyn, que no transportaba varones y en el que prácticamente no había marinos. En el barco estábamos tal como estamos ahora en la tienda, todas apretujadas. Algunas mujeres dieron a luz. Muchas ya estaban muy adelantadas en su embarazo y parieron a bordo. Casi todos los bebés murieron porque sus madres no los podían amamantar. El de mi amiga Ann se murió. Algunas cayeron durante la travesía y ahora están preñadas. -Lizzie apretó el brazo de Richard y lo sacudió con furia-. ¿Te imaginas, Richard? Ni siquiera nos daban trapos para el período y tuvimos que empezar a rasgar nuestros propios vestidos… ropa de segunda mano como la que ahora llevamos. Toda la ropa que teníamos cuando embarcamos la guardaron en la bodega para cuando llegáramos aquí. En Río, el gobernador nos envió cien sacos de arpillera para que los usáramos como vestidos, pues cuando la flota zarpó de Portsmouth, aún no había llegado la ropa de mujer que se esperaba. Nos habría hecho un favor si, en su lugar, nos hubiera enviado unos cuantos rollos de tejido barato, agujas, hilo y tijeras -dijo amargamente-. Los sacos no se podían usar como trapos. Si robábamos alguna camisa de los marineros para usarla como trapo, nos azotaban o nos cortaban el pelo y nos rasuraban la cabeza. Las más descaradas eran amordazadas. El peor castigo era ser desnudada y colocada en el interior de un barril, con la cabeza, los brazos y las piernas fuera. Lavábamos los trapos todo lo que podíamos, pero el agua de mar deja para siempre la sangre en los tejidos. Yo me ganaba unos cuantos peniques cosiendo y remendando prendas para el médico y los oficiales, pero muchas chicas eran tan pobres que no tenían nada y compartíamos lo que teníamos. -Lizzie se estremeció a pesar de la chaqueta-. ¡Pero eso no fue lo peor! -añadió, apretando los dientes-. Todos los hombres del Lady Penrhyn nos miraban y nos hablaban como si fuéramos putas, tanto si lo éramos como si no, y eso que la mayoría no lo éramos. Como si no tuviéramos otra cosa que ofrecerles que nuestros coños.
– Eso es lo que piensan muchos hombres -dijo Richard, con un nudo en la garganta.
– Destruyeron todo nuestro orgullo. Cuando llegamos aquí, nos dieron unos vestidos de segunda mano y nos entregaron la ropa de la bodega siempre y cuando la tuviéramos. Yo encontré mi sombrerera, ¿no te parece un milagro? -preguntó mientras los ojos se le iluminaban de alegría-. Cuando le tocó el turno a Ann Smith, Miller el de la Comisaría la miró de arriba abajo y dijo que nada podría mejorar su desaliñado aspecto… No tenía nada porque era muy pobre. Entonces ella arrojó al suelo la ropa de segunda mano que le habían dado, se limpió los pies con ella y le dijo que se quedara con su cochina ropa, pues ella vestiría con orgullo lo que tuviera.
– Ann Smith -dijo Richard, dominado por la furia, el dolor y la vergüenza-. Se fugó poco después.
– Sí, y no se la ha vuelto a ver desde entonces. Juró que se escaparía. Ni los monstruos más fieros ni los indios le daban miedo después de lo que había tenido que aguantar en el Lady Penrhyn a manos de los ingleses. No le importaba lo que le hicieran, no estaba dispuesta a pasar por el aro. Hubo otras que tampoco quisieron pasar por el aro y fueron duramente maltratadas. La vez que el capitán Sever amenazó con azotar a Mary Gamble poco después de subir a bordo, ella le dijo que le besara el coño, puesto que lo que de verdad quería era joderla y no azotarla. -Lizzie lanzó un suspiro y se apretó amorosamente contra Richard-. O sea que también tuvimos nuestras victorias y gracias a ellas pudimos seguir adelante. Según ellos, éramos más forzudas que Sansón y siempre éramos nosotras las que atravesábamos los mamparos para mezclarnos con los marineros en busca de hombres con quienes acostarnos. En cambio, ellos eran unos angelitos y nunca cruzaban los mamparos ni iban en busca de mujeres con quienes acostarse. Pero no importa, ya nada importa. Todo ha terminado y ahora estoy en tierra y tú estás aquí, Richard, mi amor. No he rezado más que por eso.
– ¿Acaso a ti no te perseguían los hombres, Lizzie?
– ¡Qué va! No soy ni lo bastante guapa ni lo bastante joven, y lo primero que perdía cuando adelgazaba era lo que jamás había tenido… las tetas. Los hombres iban detrás de las chicas más lozanas y,además, no había muchos hombres. Sólo los marineros y seis marinos. Yo me mantenía apartada y sólo me relacionaba con Ann.
– ¿Ann Smith?
– No, Ann Colpitts. La de la cama de al lado de la mía. Fue la que perdió el bebé en el mar.
Ya estaba anocheciendo. Hora de irse. ¿Por qué había ocurrido todo aquello? ¿Qué podían haber hecho aquellas criaturas para merecer semejante desprecio y semejante humillación? ¿Y tanto sufrimiento, privadas incluso de su orgullo y dignidad? Dándoles sacos para vestirse, obligadas a vestir andrajos para conseguir trapos. ¿Cómo era posible que los contratistas hubieran olvidado que las mujeres sangran y necesitan trapos? Siento deseos de alejarme a rastras, siento deseos de morir…
Pobrecilla, no es lo bastante joven ni bonita para atraer la mirada de unos ojos satisfechos…¡cuánto se habrán divertido los marineros a su costa! ¿Y con qué clase de destino se enfrenta Lizzie aquí, donde nada es distinto de lo que había a bordo del Lady Penrhyn, como no sea el hecho de que la tierra no se mueve? No la amo y bien sabe Dios que no me provoca el menor deseo, pero yo puedo otorgarle un poco de dignidad entre sus amigas. Por mucho que Stephen diga que me estoy atribuyendo el papel de Dios y que actúo con paternalismo, no es eso lo que yo quiero. Lo único que sé es que estoy en deuda con ella. Ella cuidó de mí.
– Lizzie -le dijo-, ¿estarías dispuesta a llegar conmigo a la misma clase de acuerdo a la que llegamos en Gloucester? Mi protección a cambio de que tú cuides de mí y de mis hombres.