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– ¡Oh, sí! -contestó Lizzie con un brillo de alegría en los ojos.

– Para eso tendré que casarme contigo, pues, de otro modo, no te podría tener.

Lizzie vaciló.

– ¿Tú me quieres, Richard? -preguntó.

Él también vaciló.

– En cierto modo -contestó muy despacio-, en cierto modo. Pero, si quieres ser amada como un marido ama a la esposa de su corazón, sería mejor decir que no.

Lizzie siempre había sabido que Richard no se sentía atraído por ella y siempre le había agradecido su sinceridad. Tras llegar a Nueva Gales del Sur, lo había buscado en vano entre los hombres que abarrotaban el campamento de las mujeres y había tratado de averiguar si alguna mujer se jactaba de haberse acostado con Richard Morgan. Todo había sido inútil. Al final, había llegado a la conclusión de que éste no figuraba entre los hombres que habían sido deportados a Botany Bay. Pero ahora allí lo tenía, y le estaba pidiendo que se casara con él. No porque la amara o la deseara, sino porque necesitaba sus servicios. ¿Acaso se compadecía de ella? ¡No, eso no podría soportarlo! Era porque necesitaba sus servicios. Eso sí lo podría soportar.

– Me casaré contigo, pero con ciertas condiciones -contestó.

– Dime cuáles son.

– Que la gente no sepa cuál es la situación entre nosotros. Eso no es la cárcel de Gloucester y no quiero que tus hombres puedan pensar que necesito… que necesito algo.

– Mis hombres no se meterán contigo -contestó Richard, lanzando un suspiro de alivio-. Ya los conoces. Son los viejos amigos de siempre o los pocos que se incorporaron al grupo poco después de que nos enviaran al Ceres.

– ¿Bill Whiting, Jimmy Price y Joey Long?

– Sí, pero no Ike Rogers ni Willy Wilton. Ésos murieron.

Así pues, el 30 de marzo de 1788 Richard Morgan se casó con Elizabeth Lock. Bill Whiting estuvo encantado de ser testigo y Ann Colpitts lo fue por parte de Lizzie.

Cuando firmó en el registro del capellán, Richard descubrió horrorizado que prácticamente había olvidado escribir.

El rostro del reverendo Johnson dio a entender con toda claridad la opinión que le merecía aquella unión: pensaba que Richard se había casado con una mujer de categoría inferior a la suya. Lizzie se presentó con el atuendo que conservaba desde su ingreso en la cárcel de Gloucester: un vestido con una holgada falda a rayas negras y escarlata, una boa de plumas rojas, unos zapatos de tacón de terciopelo negro con hebilla de diamantes de imitación, unas medias blancas con estampado lateral de color negro, una redecilla de encaje escarlata para el pelo y el impresionante sombrero del señor James Thistlethwaite. Parecía una prostituta que intentara hacerse pasar por una mujer respetable.

De pronto, la mente de Richard experimentó un repentino impulso de hacer daño; éste se inclinó hacia delante y acercó los labios a la oreja del reverendo.

– No os preocupéis -dijo en un susurro, guiñándole el ojo a Stephen Donovan por encima de los hombros del reverendo Johnson-.

Me estoy agenciando simplemente una criada. Qué inteligencia la vuestra al haber pensado en el matrimonio, ilustre señor. Una vez casadas, ya no se pueden escapar.

El capellán retrocedió de forma tan precipitada que le pisó dolorosamente un pie a su mujer; ésta emitió un pequeño grito, él se deshizo en disculpas y consiguió salir del trance con la dignidad más o menos intacta.

– Una pareja perfecta -dijo Donovan, contemplando las espaldas que se alejaban-. Ambos trabajan con el mismo celo en nombre del Señor. -Después posó sus risueños ojos en Lizzie y la levantó del suelo para darle un beso-. Soy Stephen Donovan, experto marino del Sirius, señora Morgan -dijo inclinándose en reverencia con el tricornio del domingo en la mano-. Os deseo toda la felicidad del mundo.

Acto seguido, estrechó la mano de Richard.

– No habrá festín nupcial -anunció Richard-, pero nos sentiríamos muy honrados si vos nos acompañarais, señor Donovan.

– Gracias, pero no es posible, tengo que hacer la guardia dentro de una hora. Toma, un pequeño regalo -dijo, depositando un paquete en la mano de Richard.

Tras lo cual se retiró, lanzando cariñosos besos a un grupo de mujeres que lo estaba mirando con asombro.

El paquete contenía manteca de antimonio y un chal de seda escarlata adornado con flecos.

– ¿Cómo supo que me encanta el color rojo? -preguntó Lizzie, ronroneando de placer.

¿Cómo, en efecto?

Richard meneó la cabeza, soltando una carcajada.

– Este hombre puede ver a través de una puerta de hierro, Lizzie, pero es otro de quien te puedes fiar.

En mayo, el gobernador encontró unos terrenos razonablemente buenos unas quince millas tierra adentro hacia el oeste, y decidió trasladar a algunos convictos a aquel lugar coronado por la colina de Rose Hill (así bautizada en honor de su protector sir George Rose) con el fin de que lo desbrozaran debidamente y lo prepararan para el cultivo de trigo y maíz. Por su parte, él seguiría intentando cultivar cebada en la granja de Sydney Cove. Ahora los aserraderos producían un poco de madera, pero se estaban enviando grandes cantidades de troncos de palmera desde otras calas más próximas a los impresionantes baluartes de los Heads. Aquellos rectos y redondos troncos eran sumamente delicados y se pudrían con gran rapidez, pero se podían aserrar y rellenar con barro sin ninguna dificultad, por lo que, en la construcción de casi todos los edificios que se estaban levantando, se utilizaban troncos de palmera y techumbres de hojas de palmera o bien cañas. Las ripias de madera de casuarina se estaban curando y reservando para la construcción de estructuras permanentes, empezando por la residencia del gobernador.

Los moldes de los ladrillos ya se habían desembarcado e inmediatamente se había iniciado la fabricación de ladrillos a partir del cercano y espléndido campo de arcilla. La fabricación se llevaba a cabo con toda la rapidez con que se podía dar la vuelta a los tristes doce moldes de ladrillos de que disponían. Sin embargo, la construcción con ladrillos o con la estupenda piedra arenisca local planteaba un problema: nadie había encontrado en ningún sitio la menor traza de piedra caliza en ningún lugar. Lo cual era de todo punto ridículo. La piedra caliza era como la tierra… Su abundancia era tal que a nadie en Londres se le había ocurrido pensar en ella. Pero, a falta de piedra caliza, ¿cómo se podía mezclar el mortero necesario para unir entre sí los bloques de ladrillos o de piedra arenisca?

No hubo más remedio que utilizar los botes de los barcos para ir a recoger todos los caparazones vacíos de moluscos arrojados a las playas y las rocas de Port Jackson, lo cual fue una tarea muy dura. Los nativos eran muy aficionados a las ostras (unas ostras exquisitas, por cierto, en opinión de los oficiales de mayor antigüedad) y dejaban los caparazones amontonados cual si fueran pequeñas escombreras. Como no se descubriera otra alternativa, el Gobierno quemaría los caparazones de ostra para obtener la cal necesaria para el mortero. La experiencia demostró que se necesitaban treinta mil caparazones vacíos para conseguir el mortero suficiente para la fabricación de cinco mil ladrillos, la cantidad necesaria para la construcción de una casita, por lo que, con el paso del tiempo, las incursiones en busca de aquella única fuente de cal se extendieron a Botany Bay y a Port Hacking al sur y a unas cien millas al norte de Port Jackson. Millones y millones de caparazones vacíos de ostra quemados y pulverizados sirvieron para unir los ladrillos y los bloques de los primeros edificios sólidos e imperecederos que se construyeron alrededor de Sydney Cove.

Casi todo el mundo empezó a presentar los primeros síntomas de escorbuto, incluidos los marinos cuyas raciones de harina se habían vuelto a reducir para estirar al máximo la poca harina que quedaba en los almacenes. Los convictos masticaban hierba y todo tipo de hojas tiernas que no olieran a resina. Si conseguían retenerlas en el estómago, las volvían a comer… Si las vomitaban o les provocaban malestar, las evitaban. ¿Qué otra cosa podían hacer? Puesto que disponían de tiempo y de armas para poder penetrar tierra adentro, los hombres libres más veteranos recogían todas las provisiones que encontraban de plantas comestibles: hinojo marino (una planta suculenta que crecía en las saladas marismas de Botany Bay), perejil silvestre y una hoja de parra que, preparada como infusión, permitía obtener un té de dulce y agradable sabor. A pesar de la gran cantidad de convictos que eran desterrados en cadenas a Tripaseca, azotados e incluso ahorcados, seguía habiendo hurtos de comida. Quienquiera que tuviera algunas hortalizas las perdía en cuanto se reducía la vigilancia; en este sentido, los hombres de Richard se podían considerar afortunados, pues tenían a MacGregor, un estupendo perro guardián durante la noche, y a Lizzie Morgan que vigilaba de día.