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La muerte se seguía cobrando un alarmante tributo tanto entre los hombres libres como entre los delincuentes, incluyendo a las mujeres y los niños. Algunos convictos se habían fugado y ya no se les había vuelto a ver. Un ligero desgaste, pero no suficiente; en Sydney Cove aún quedaban más de mil personas cuya alimentación dependía del Gobierno. El escorbuto y el estado de semiinanición en que se encontraban los hombres hacían que el ritmo de los trabajos fuera terriblemente lento y, por si fuera poco, una parte de convictos -y de marinos- se negaba a trabajar por principio. Bajo el mando de un gobernador como Arthur Phillip, no se les azotaba para que trabajaran; era fácil encontrar una excusa.

En mayo se produjeron las primeras heladas del invierno inminente que acabaron con casi todo lo que había en los huertos. Lizzie contempló su pequeña parcela y se echó a llorar; después se alejó peligrosamente tierra adentro en busca de cualquier planta verde que pareciera comestible. Cuando trasladaron al campamento los cadáveres de dos convictos desnudos, muertos por los nativos, Richard le prohibió abandonar los alrededores de la ensenada. Tenían col agria y se la iban a comer. Si los demás preferían enfermar de escorbuto, allá ellos.

El 4 de junio se celebró el cumpleaños del rey y hubo una fiesta, que quizá fue el método elegido por el gobernador Phillip para infundir un poco de ánimo a su rebaño, cada vez más reducido y apático.

Tronaron los cañones, los marinos desfilaron, se sirvió una ración extraordinaria de comida y, al anochecer, se encendió una gigantesca hoguera. Se concedió a los convictos tres días enteros de vacaciones, pero lo más importante fue el regalo de media pinta de ron convertida en grog mediante la adición de media pinta de agua. Las personas libres recibieron media pinta de ron sin aguar y una pinta de una espesa cerveza negra llamada porter. Para celebrar la ocasión con un acto oficial, su excelencia el gobernador estableció los límites del primer condado de Nueva Gales del Sur y le impuso el nombre de condado de Cumberland.

– ¡Bah! -se oyó exclamar al jefe de Sanidad doctor White-. No cabe duda de que es el condado más grande del mundo, pero no tiene absolutamente nada. ¡Bah!

La afirmación no era del todo cierta; en algún lugar del condado de Cumberland había cuatro vacas negras del Cabo y un toro negro del Cabo. El valioso hato de ganado mayor del Gobierno, que pastaba en las inmediaciones de la granja al cuidado de un convicto, había aprovechado el estado de embriaguez de este último para escaparse del recinto meneando el rabo. Los habían buscado desesperadamente y habían encontrado huellas de su paso en las boñigas y los arbustos mordisqueados, pero estaba claro que las bestias no tenían la menor intención de que las atraparan, y no las atraparon. ¡Un desastre!

El Supply había regresado de su segundo viaje a la isla de Norfolk con una noticia buena y otra mala. Los troncos de pino no se podían cargar enteros porque no había ningún fondeadero y tampoco se podían remolcar porque se hundían por efecto del peso, pero podían proporcionar gran cantidad de vigas, alfardas y tablas aserradas para Port Jackson, lo cual significaba que en Port Jackson se podrían construir edificios de madera de mejor calidad que los que se construían con troncos de palmera y concentrarse en la construcción de un almacén de licores en piedra. El Fishburn y el Golden Grove tuvieron que esperar a que se levantara en la playa un edificio más seguro para el almacenamiento de licores.

Por otra parte, informó el Supply, el cultivo de plantas en la isla de Norfolk estaba resultando prácticamente imposible porque el lugar estaba infestado de millones de orugas y gusanos. El teniente King estaba tan desesperado que había mandado que las componentes del grupo de convictas que tenía a sus órdenes se sentaran entre las plantas para eliminar los gusanos a mano. Pero, a pesar de lo rápido que trabajaban, cada gusano eliminado era sustituido inmediatamente por dos. ¡Y pensar que era una tierra tan fértil y profunda! Pero no había manera de cultivar nada en ella. Se rumoreaba que, en los despachos que enviaba, el teniente King no podía ocultar su entusiasmo por la isla de Norfolk. A pesar de la miríada de plagas que la asolaban, King tenía el convencimiento de que la isla estaba en mejores condiciones de alimentar a la gente que los alrededores de Port Jackson.

Entre los convictos enfermos había algunos grupos sanos, la mayoría de ellos dirigidos por hombres ingeniosos que sabían cómo conservar sanos a los convictos que tenían a su cargo, mientras que una minoría lo estaba por hombres de otra clase que se dedicaban a robar a los más débiles. No había ninguna norma que obligara a los convictos a entregar a los que ostentaban el mando el botín de las plantas de perejil silvestre o las parras de té dulce que encontraban (el hinojo de mar estaba demasiado lejos). La principal limitación en las expediciones de recogida de plantas era el temor a los nativos, los cuales se mostraban cada vez más atrevidos y ahora incluso penetraban de vez en cuando en el campamento. El gobernador abrigaba la esperanza de capturar y domesticar a unos cuantos y enseñarles el idioma inglés y las costumbres inglesas para que, cuando regresaran anglicanizados a sus tribus, convencieran a aquellos desventurados de que se aliaran con los ingleses y participaran en sus proyectos. Estaba seguro de que, si lo hicieran, su existencia mejoraría de forma considerable; en ningún momento se le ocurrió pensar que, a lo mejor, ellos preferían vivir a su manera, pues, ¿cómo habría sido posible que la prefirieran siendo tan mísera y patética?

A juicio de los ingleses, los indígenas eran feos, mucho menos atractivos que los negros de África porque olían muy mal, se pintaban con arcilla blanca y se mutilaban el rostro, arrancándose un incisivo o perforándose con un pequeño hueso el cartílago situado entre las ventanas de la nariz. Su desvergonzada desnudez ofendía la vista tanto como el comportamiento de sus mujeres, que a veces coqueteaban descaradamente con ellos y otras les dirigían improperios a voz en grito.

Siendo polos opuestos, no cabía ninguna posibilidad de que ambos grupos se pudieran comprender el uno al otro y, por otra parte, su comportamiento no estaba presidido por la sensatez. Obedeciendo a las exhortaciones del gobernador que insistía en que trataran a los indígenas con guantes de seda, los convictos acabaron aborreciendo a aquellos primitivos individuos, sabiendo que éstos jamás serían castigados por el hecho de robar pescado, verduras o herramientas. Para colmo, el gobernador siempre echaba la culpa a los convictos en las contadas ocasiones en que se producían ataques y asesinatos; aunque no hubiera testigos, siempre daba por sentado que los convictos habían hecho algo para provocar a los nativos, mientras que los convictos opinaban lo contrario: el gobernador habría sido capaz de aliarse con el demonio con tal de echar la culpa a un convicto, pues los convictos eran a su juicio una forma de vida inferior a la de los nativos. Aquellos primeros meses en Sydney Cove consolidaron unas actitudes que se iban a prolongar en el tiempo.