El invierno era frío, pero no insoportable; nadie moriría congelado. Si los invasores hubieran estado mejor alimentados, habrían temblado menos. La comida calentaba el cuerpo. Algunos propietarios de cabañas amontonaban piedra arenisca en sus chimeneas construidas sin mortero y dejaban sus viviendas reducidas a cenizas con tanta frecuencia que el gobernador dio orden de que no se instalaran chimeneas más que en las casas de ladrillo o de piedra. La herrería se incendió; por suerte, se pudieron rescatar objetos perecederos como, por ejemplo, los fuelles, lo cual demostró que la herrería tendría que ser uno de los primeros edificios que se construyeran con materiales más sólidos. Al igual que las dos tahonas, una de ellas comunitaria y la otra dedicada a cocer el pan para el Sirius y el Supply.
Ned Pugh de la cárcel de Gloucester se presentó ante sus antiguos compañeros. Había sido enviado al Friendship junto con su mujer Bess Parker y su hijita, la cual contaba dos años en el momento de desembarcar en Nueva Gales del Sur. En cuestión de tres semanas, Bess y la niña murieron de disentería. Ned estaba tan desconsolado que Hannah Smith, una convicta que había hecho amistad con Bess entre Río y Ciudad del Cabo, lo tomó bajo su protección. Tenía un hijo de dieciocho meses que había muerto en Sydney Cove el 6 de junio. A los nueve días ambos se casaron. Aparte la escasez de comida, no les iban mal las cosas. Ned era carpintero de oficio y un buen trabajador. Un hijo se encontraba en camino y los futuros progenitores estaban firmemente dispuestos a conservarlo.
A Maisie Harding, la alegre dispensadora de favores en la cárcel de Gloucester, no la habían deportado, a pesar de haber sido condenada a catorce años tras haberle sido conmutada la condena a la horca; nadie sabía qué había sido de ella. En cambio, Betty Mason había embarcado en el Friendship, embarazada una vez más de su carcelero de Gloucester. El bebé había muerto en el barco poco después de zarpar de la Ciudad del Cabo, lo cual, combinado con su añoranza de Johnny el carcelero, le había alterado la mente. Se convirtió en una mujer dura y amargada que de vez en cuando recibía azotes por robar camisas de hombre. A pesar de que Lizzie Morgan aseguraba que otra reclusa la había tomado con ella y la martirizaba.
En la cabaña de Richard todo iba bien, aparte del hambre perenne. Por lo menos la mitad de los hombres conocían tan bien a Lizzie que la aceptaban como una hermana que había regresado al redil; el único a quien Lizzie no consiguió seducir era Taffy Edmunds, cuyas tendencias misóginas se habían intensificado. No quería que ella lo mimara y cuidara; él mismo se lavaba y remendaba la ropa y sólo se animaba los domingos por la noche cuando el grupo encendía una hoguera en el exterior junto al huerto en barbecho y él podía cantar como contratenor dando la réplica a la voz de barítono de Richard.
Richard y Lizzie disponían de una pequeña habitación para ellos solos añadida a la estructura básica de la cabaña, pero ambos dormían separados por mucho frío que hiciera. Algunas noches en que le costaba conciliar el sueño, Lizzie acariciaba la idea de insinuarse a Richard, pero jamás lo hizo. Temía demasiado ser rechazada y prefería no poner a prueba la temperatura de los afectos e impulsos de Richard. Siempre se decía que los hombres no soportaban la abstinencia sexual, pero, entre los diez hombres de su grupo, había por lo menos tres que parecían desmentir dicho aserto: Joey Long, Taffy Edmunds y su Richard. Sabía, por las conversaciones con las demás mujeres en el lavadero y en otros lugares, que Joey, Taffy y Richard no eran los únicos; había ciertamente algunos hombres que sentían atracción por otros hombres, pero también había otros diseminados aquí y allá que habían optado por vivir como monjes y que se habían apartado de cualquier tipo de alivio sexual, incluso el de la masturbación, según sospechaba ella. En caso de que Richard se masturbara, debía de hacerlo en silencio y sin moverse. Por eso no se atrevía a intentar nada que pudiera provocar el rechazo de Richard.
Pero no toda su vida giraba en torno a la comida o la falta de ella, y también había momentos agradables. A pesar de las raciones de dos tercios que recibían sus madres (tanto las convictas como las esposas de los marinos) y de las medias raciones que recibían ellos, los niños que lograban sobrevivir, jugaban, brincaban, cometían travesuras y rechazaban los intentos del reverendo Johnson de confinarlos en una escuela para que aprendieran a leer y escribir y a contar. A los que no podía atrapar era a los hijos de padres vivos; los huérfanos tenían que hacer lo que él les ordenaba. La vida familiar de los convictos y los marinos solía ser muy feliz. Pero también había pendencias, sobre todo entre las mujeres, las cuales eran capaces de organizar venganzas de las que cualquier sardo se habría podido enorgullecer. Puesto que se negaban a dejarse avasallar y solían replicar con toda suerte de insultos, las mujeres eran azotadas más a menudo que los hombres. No por robar comida sino camisas de hombre.
Richard no le había vuelto a ver el pelo a Stephen Donovan, el cual había desaparecido después del 30 de marzo, tal vez, según deducía Richard, porque pensaba que el matrimonio se iría convirtiendo poco a poco en algo satisfactorio para ambas partes. ¡Oh, cuánto echaba de menos a Stephen! Echaba de menos la amistad, las ingeniosas conversaciones y las discusiones que ambos solían mantener acerca de un libro que uno de ellos había leído y el otro estaba leyendo. Su esposa no podía sustituir nada de todo aquello. Richard reconocía su lealtad, su capacidad de trabajo, su sencillez y su alegre carácter, cualidades todas ellas que lo impulsaban a tomarla bajo su protección. Pero no la podía amar como esposa.
Los primeros barcos de transporte y barcos almacén habían zarpado en mayo, y el Alexander, el Friendship, el Prince of Wales y el Borrowdale iban a zarpar a mediados de julio.
Por consiguiente, cuando el matrimonio de convictos formado por Henry Cable y Susannah Holmes de Norfolk demandó al capitán Duncan Sinclair por la desaparición de buena parte de sus pertenencias a principios de julio, los convictos que habían viajado en el Alexander exultaron de júbilo, pese a constarles que Sinclair ganaría el caso. Cable se había enamorado de Susannah en la cárcel de Yarmouth y Susannah había dado a luz un hijo. Pero, cuando a ésta la enviaron sola al pontón Dunkikr en Plymouth, no le permitieron llevarse a su hijo. Aquella crueldad londinense causó un escándalo en Yarmouth, lo cual dio lugar a que se enviara una petición a lord Sydney. Cuando Cable se reunió con Susannah en el pontón Dunkirk, lo hizo llevando consigo el bebé. Su apurada situación conmovió muchos corazones de Yarmouth; una gran cantidad de ropa y algunos libros fueron envueltos en lona y cosidos en un paquete que sus protectores de Norfolk enviaron a bordo del Alexander, a pesar de que ellos habían embarcado en el Friendship. En Sydney Cove, lo único que Sinclair les entregó fueron los libros; de la ropa no quedaba ni rastro.
Puesto que se trataba de un caso civil, el jurado estuvo presidido por el juez-abogado capitán de marinos David Collins, asistido por el jefe de Sanidad John White y el reverendo Johnson. Sinclair declaró que el paquete se había roto durante su traslado de una parte de la bodega a otra y que los libros se habían caído y habían sido envueltos por separado. En cuanto a lo que había ocurrido con el paquete propiamente dicho, no tenía ni idea. El tribunal falló en favor de los Cable, a quienes el reverendo Johnson había casado poco después de desembarcar. El valor de los libros se estableció en cinco libras sobre el valor total de veinte libras; el capitán Duncan Sinclair fue condenado a pagar a los Cable quince libras en concepto de daños y perjuicios.