– ¡No las pagaré! -gritó, indignado-. ¡Que ellos me paguen las quince libras a mí! ¡Me deben el flete de su maldito paquete!
– Os ruego que paguéis, señor -dijo el juez-abogado Collins en tono cansado- y no hagáis perder más el tiempo a este tribunal. Vuestro barco estaba al servicio del Gobierno y vos recibisteis la correspondiente remuneración con la exclusiva finalidad de transportar a estas personas junto con las pocas pertenencias que tenían hasta este país. ¡Quince libras, señor, y dejémonos de historias!
El veredicto les hizo comprender a los convictos del Alexander que las autoridades sabían muy bien que Esmeralda Sinclair había estado vendiendo sus pertenencias en Sydney Cove.
El episodio tuvo una curiosa consecuencia. Dos días después del término del juicio, el comandante Ross mandó llamar a Richard a su casa de troncos de palmera. Le estaban construyendo a toda prisa una casa de piedra, pues su alojamiento no se consideraba apropiado para el teniente gobernador. Su hijo John, de nueve años, había desembarcado del Sirius y ahora vivía con él; la madre del niño y sus hermanos y hermanas menores se habían quedado en Inglaterra.
El comandante estaba de excelente humor y sonreía de oreja a oreja.
– ¡Ah, Morgan! ¿Te has enterado de que el capitán Sinclair ha perdido el caso?
– Sí, señor -contestó Richard, devolviéndole cautelosamente la sonrisa.
– Toma esto… Te pertenece -dijo Ross-. Apareció como por arte de magia en la bodega del Alexander. Pero, primero, mira a ver si falta algo.
En un taburete de campamento se encontraba la gran caja de herramientas de Richard, libre de cualquier envoltura de tejido; de no haber conservado la placa de latón con su nombre, ¿cómo se habría podido saber a quién pertenecía?
Al ver que la cerradura estaba rota, se hundió en el desánimo. Pero, cuando abrió la caja y fue sacando todas las bandejas, comprobó que no faltaba nada.
– Pero ¿qué es lo que estoy viendo? -exclamó el comandante, echando un vistazo al contenido de las bandejas-. Tú no eres un afilador de sierras, Richard… Eres un armero.
Todo estaba perfectamente ordenado. El senhor Tomas Habitas debía de haber llenado la caja personalmente, pues ésta contenía pedreñales enteros, piezas de pedreñales, tornillos, pernos, cerrojos, revestimientos de latón y de cobre, muelles, varios líquidos, entre ellos, ¡aceite de ballena!, y brochas especiales. Muchas más cosas de las que él necesitaba para ir y venir del trabajo. Nada se había tocado ni estaba roto: todo estaba tan bien envuelto en hilas que ni una chinche habría podido penetrar en su interior. Con lo que había allí dentro, habría podido fabricar un arma, de haber tenido una caja sin terminar, un cañón y una recámara recién forjados.
– Soy un maestro armero -reconoció Richard en tono de disculpa-. Pero también soy un auténtico afilador de sierras, señor. Mi hermano de Bristol es aserrador y yo siempre le trisco las sierras.
– Te tenías muy callado tu oficio de armero.
– Como delincuente convicto, comandante Ross, no me pareció aconsejable dar a conocer mis habilidades con las armas. Temía que mi interés se interpretara erróneamente.
– ¡Nada de eso! -replicó el comandante Ross, encantado-. Tú puedes empezar a trabajar y dar un repaso a todos los mosquetes, las pistolas y escopetas de este campamento. Mandaré construir de inmediato un banco de prueba… Hay demasiados niños sueltos por ahí para disparar contra botellas colocadas en tocones de árboles. ¿Que tal es tu aprendiz de afilador de sierras?
– Tan bueno como yo, señor.
– En tal caso, él se dedicará a afilar sierras y tú trabajarás con las pistolas.
– Para trabajar con pistolas, comandante Ross, necesitaré un banco de trabajo propiamente dicho de la altura adecuada, una especie de taburete y tanta sombra como luz. De otro modo, este trabajo no se puede hacer debidamente.
– Tendrás todo lo que necesites… ¡La herrumbre, Morgan, la herrumbre! No hay en este lugar ningún arma de tamaño inferior al de un cañón que no esté llena de herrumbre. La mitad de los mosquetes, que se apuntan por encima de la cabeza de los nativos o contra los canguros, se encasquilla, suelta un fogonazo o falla estrepitosamente. ¡Bueno, bueno! -El comandante se frotó alegremente las manos-. Yo sabía que este gordinflón de Sinclair tenía tus herramientas. Por consiguiente, en cuanto el tribunal se retiró, lo agarré por el cuello y le dije que tenía un confidente dispuesto a declarar que él había robado una caja de herramientas perteneciente al convicto Richard Morgan. A la mañana siguiente, me fue entregada la caja. -El comandante emitió un breve ladrido que debía de ser su versión de una alegre carcajada-. Tras echarle un vistazo, debió de pensar que le resultaría más rentable venderla entera en Londres.
– No sé cómo daros las gracias, señor -dijo Richard, pensando que ojalá pudiera estrechar la mano al comandante.
El comandante se dio una palmada en la frente.
– ¡Espera un momento! Por poco me olvido de que tengo otra cosa para ti. -Rebuscó entre un montón de objetos rescatados de su tienda destruida por un rayo y sostuvo en alto un frasco de un espeso líquido-. El médico adjunto Balmain lo destiló cuando el mes pasado estuvo… mmm… ligeramente incapacitado. El señor Bowes Smyth encontró el árbol antes de zarpar rumbo a Catay. Pensó que era muy parecido al aceite de trementina, aunque su savia es de color azulado. El señor Balmain lo probó con una sierra muy oxidada. Dijo que dio muy buen resultado.
Richard miró con rostro inexpresivo al comandante mientras éste le facilitaba la información, perfectamente al corriente (como todos sus compañeros convictos) de algo que los oficiales habían creído mantener en secreto: que, en el transcurso de la fiesta de cumpleaños de King, el señor William Balmain y el señor John White, que se aborrecían el uno al otro desde el asunto de las bombas de los pantoques del Alexander, habían sido protagonistas de una pelea de borrachos tan violenta que acabaron sacando las pistolas y desafiándose en duelo. El señor Balmain sufrió una herida superficial en el muslo, y entonces el gobernador se vio obligado a decirles amablemente a los contrincantes que los médicos deberían concentrarse en extraerles sangre a los pacientes y no los unos a los otros.
– Pues entonces me guardaré la manteca de antimonio y el aceite de ballena para las armas y le daré a Edmunds este frasco de lo que sea para las sierras -dijo Richard, retirándose sin apenas poder creer en su buena suerte.
En cuestión de dos días, lo instalaron bajo una sólida tienda de lona de costados replegables, junto a un banco de trabajo de la altura adecuada y con un taburete a juego. El comandante Ross no había exagerado; el armamento de la colonia estaba alarmantemente oxidado.
– Hay que ver lo reservado que eres, Richard -dijo Stephen Donovan, el cual se había presentado en la tienda para comprobar la veracidad de los últimos rumores que corrían.
¡Cuánto se alegró Richard de verle!
– No me parecía conveniente hablar de cosas que había dejado a mi espalda, señor Donovan -dijo Richard sin hacer el menor intento de ocultar la alegría que sentía y que llevaba escrita en toda la cara-. Ahora que ya soy oficialmente un armero, me encantará comentarlo con vos.
Con la barbilla inclinada hacia dentro y los ojos iluminados por un destello burlón, Donovan se pasó aproximadamente una hora sin decir nada, conformándose con observar cómo trabajaba Richard en el primer encargo que le habían hecho, un par de pistolas pertenecientes al comandante. ¡Qué privilegio tan grande poder contemplar a un consumado artesano dedicándose a algo que le encantaba hacer! Las fuertes y seguras manos manejaban el arma con gran delicadeza, aplicando una gota de aceite de ballena con el extremo de un palillo envuelto en hilas mientras accionaba el muelle del eslabón.