– El eslabón está flojo -explicó Richard-, por eso no golpea con la suficiente fuerza para que se encienda la chispa -explicó-. Por lo demás, el comandante ha conservado sus pistolas en perfecto estado. He eliminado la herrumbre y las he vuelto a untar con manteca de antimonio para dorarlas un poco. Gracias por vuestro regalo de boda, ahora lo aprecio mucho más que en aquel momento. ¿Qué habéis estado haciendo hasta ahora?
– Capitaneando una lancha que transporta sobre todo caparazones de ostras. Ahora que ya hemos agotado todo lo que había en Port Jackson, saldremos a alta mar.
– En tal caso, será mejor que regreséis a vuestra lancha. Se esta acercando el comandante Ross -dijo Richard, posando la pistola en el banco de trabajo con un suspiro de satisfacción.
Donovan captó la indirecta y se retiró.
– ¿Listo? -preguntó bruscamente Ross.
– Sí, señor. Lo único que falta es probarlas.
– Pues entonces, acompáñame al banco de prueba -dijo el comandante, tomando el estuche de nogal que le ofrecía Richard-. En cuanto los mosquetes estén en condiciones de funcionar, todos los sábados se llevarán a cabo ejercicios de tiro en el banco de prueba y tú los supervisarás. Este lugar se tendría que fortificar, pero, puesto que su excelencia considera que las almenas y los emplazamientos de cañones son una frivolidad, lo único que puedo hacer es tener preparados a mis hombres para casos de emergencia. ¿Qué ocurrirá si vienen los franceses? No hay ningún barco amarrado en posición defensiva ni un cañón capaz de disparar antes de tres horas.
El banco de prueba era un edificio de troncos sin fachada en cuyo interior había un montículo de arena; el blanco era un poste al que se había fijado un trozo de ennegrecida madera. El comandante disparó mientras Richard cargaba la segunda pistola, la disparaba y emitía un gruñido de satisfacción.
– Mejor que cuando las compré. Mañana ya puedes empezar con los mosquetes. Y ya te he encontrado un aprendiz.
Eso es lo que tienen de malo los dictadores, pensó Richard. Espero que el aprendiz que me ha buscado Ross tenga el temperamento adecuado para esta clase de trabajo tan laborioso. Manejar unas pistolas tan bonitas… Éste es un hombre honrado que ha estado dispuesto a sacrificar sus propias posesiones en caso de que yo fuera torpe; manejar unas pistolas tan bonitas, repito, está muy bien, pero yo tengo que desmontar, limpiar y volver a montar unos doscientos Brown Besses si no más. Un buen ayudante será un regalo del cielo, pero, si no es apropiado, será más bien un estorbo.
El soldado raso Daniel Stanfield resultó ser un regalo del cielo. Era un rubio y delgado muchacho que no se las daba de apuesto; se expresaba en un correcto inglés sin ningún acento regional especial y había sido esmeradamente educado por su madre, antes de entrar a estudiar en una escuela benéfica, dijo en respuesta a una pregunta de Richard. Sus gustos se inclinaban más por la lectura que por el ron y, aunque sentía unas ansias enormes de aprender, tenía el suficiente sentido común para no hacerse pesado. Prestaba atención y recordaba, colocaba las cosas en el lugar que les correspondía y tenía unas manos muy hábiles.
– Ésta es una situación muy curiosa -comentó mientras observaba cómo Richard desmontaba un mosquete.
– ¿Y eso? -preguntó Richard, deslizando las baquetas a lo largo de la caja del cañón-. Me estoy preparando para desmontar la pieza en todos sus componentes. Por consiguiente, no apartéis los ojos de mí. Siempre hay una dirección apropiada para empujar las baquetas, no se trata simplemente de fuerza bruta. Presentan una forma ahusada y, si uno empuja por el lado que no debe, puede estropear las baquetas… y probablemente el arma.
– Es una situación muy curiosa -repitió Stanfield- porque, oficialmente, yo soy tu jefe, pero en esta tienda mi jefe eres tú. No me siento cómodo cuando tú me llamas «señor» y yo te llamo a ti «Morgan». Si no te molesta, preferiría que me llamaras Daniel y que yo te llamara a ti señor Morgan. Dentro de esta tienda.
Parpadeando con asombro, Richard esbozó una sonrisa.
– Como tú quieras, pero yo estaría encantado de llamarte Daniel. Eres casi lo bastante joven para ser mi hijo.
Había cometido una imprudencia y sintió que se le encogía el corazón de angustia. Vuelve a dormir, William Henry, vuelve a dormir en lo más profundo de mi mente.
– Erais famoso por ser uno de los convictos más discretos -dijo Daniel unos días después, cuando ya había aprendido a desmontar un mosquete-. No sé qué hicisteis ni por qué, pero todos nosotros los marinos sabemos quién es quién, aunque no qué y por qué. Sois también el jefe de varios grupos muy tranquilos, lo cual significa que sois respetado en el campamento de los marinos. Porque les ahorráis trabajo.
Richard no levantó la vista para sonreír, prefirió dedicarle una sonrisa al Brown Bess que sostenía entre las rodillas.
Cuando el comandante Ross lo había mandado llamar, Daniel Stanfield se presentó ante él en la certeza de no haber cometido ningún delito, ni siquiera en la cuestión de las mujeres. Dedicaba sus atenciones a la señora Alice Harmsworth, que había perdido a su bebé un mes después de desembarcar y a su marido marino dos meses después de haber perdido al hijo. Ahora era una viuda con dos hijos pequeños y procuraba vivir lo mejor que podía. La protección de Stanfield, que, hasta aquel momento, no tenía ninguna connotación de carácter amoroso, había significado un cambio muy importante para ella y sus hijos.
– Tengo que adiestrar a uno de mis hombres como armero, Stanfield -dijo el comandante Ross- y mis ojos se han fijado en ti porque eres el mejor tirador y, al mismo tiempo, tienes unas manos muy hábiles. He descubierto a un convicto que es maestro armero: Morgan, del Alexander. Su excelencia el gobernador se muestra cada vez más favorable a convertir la isla de Norfolk en una gran colonia, lo cual significa que vamos a necesitar un afilador de sierras y un armero para cada colonia. Por consiguiente, te voy a enviar a Morgan para que aprendas por lo menos los rudimentos de la armería. Cualquiera de vosotros que sea enviado a la isla de Norfolk deberá estar lo suficientemente bien preparado para hacerse cargo del cuidado de los mosquetes de allí. Si eres tú el elegido para ir a Norfolk, tendría que enviar también a un triscador de sierras, lo cual significa que me inclino por enviar a Morgan. Pero sólo en el caso de que tú puedas hacerte cargo del cuidado de las armas de Port Jackson. Por consiguiente, ya puedes empezar a aprender, Stanfield… y cuanto más rápido, mejor.
El invierno estaba resultando ser una estación muy lluviosa; a principios de agosto, mucho después de que los hombres de la cabaña de Richard se hubieran despedido del Alexander saludándolo irónicamente con la mano, hacía catorce días que llovía sin tregua. El arroyo se desbordó y dio lugar a que los marinos casados abandonaran su campamento cómodamente situado en proximidad del agua; el terreno, a pesar de ser arenoso, tendía a convertirse en lodo y, cuando la argamasa de barro se ablandó, todas las casas construidas con tablas de tronco resultaron ser unas trampas mortales atravesadas por gélidos vientos. Las techumbres de paja no sólo sufrieron goteras, sino que permitieron el paso de verdaderas cascadas mientras que los efectos personales almacenados al aire libre resultaron irremediablemente dañados y los almacenes del Gobierno se llenaron de moho, humedad y bichos de todo tipo.
Como de costumbre, los más emprendedores fueron los que menos daños sufrieron. Como no tenía ningún huerto que cuidar, Lizzie aprovechó los sorprendentes árboles de aquel lugar, cuyo follaje no era especialmente llamativo pero cuyos troncos solían ser espectaculares. Los había de corteza parda o pardo grisácea como los árboles ingleses, y también de otros colores: blanco, gris, amarillo, rosa pálido, rosa salmón, bermellón, crema, gris casi azulado y, a veces, rosa pardusco. Y dichos troncos diferían también por otros motivos: la base podía estar cubierta de absurdos garabatos como la de los cornejos, presentar rayas de otros colores, ser suave como la seda o mas áspera que una cuerda o bien presentar manchas, motas, escamas o melladuras. En invierno, los árboles no solían perder las hojas pero muchos se despojaban de sus cortezas.