Los que a Lizzie le interesaban eran los que utilizaban los nativos para construir sus toscas chozas; dichos árboles permitían obtener unas láminas de corteza de color herrumbre y consistencia semejante a la del cuero. Tras haber insistido repetidamente en que Ned Pugh le hiciera una corta escalera de mano, utilizó la corteza para cubrir la techumbre de hojas de palmera de su cabaña en perenne estado de ampliación y después la cosió con bramante y una aguja de empacar que pidió prestada a los almacenes del Gobierno con la condición de devolverla. De esta manera, cuando llegaron las lluvias, todas las goteras se pudieron eliminar, añadiendo otra capa de corteza; Lizzie tenía un almacén de cortezas en la estancia que habían añadido a la cabaña para guardar sus pertenencias.
Al lento ritmo con que se estaban construyendo los edificios de ladrillo o piedra, pasarían años antes de que los convictos pudieran disponer de viviendas más sólidas que las de troncos de palmera o las de entramado de listones de arbolillos que utilizaban en aquellos momentos. Por otra parte, los entramados de listones de madera de árboles jóvenes protegidos por hojas de palmera entretejidas, como los que ellos habían utilizado en su cabaña, estaban resultando mucho más aconsejables en medio de aquellas lluvias tan frías que las inútiles armazones de troncos rellenadas con barro.
En realidad, las viviendas eran muy cómodas. Todos ellos pudieron seguir trabajando durante las dos semanas de mal tiempo; el comandante ofreció a los aserradores una tienda en cuanto quedó una libre. La casa de piedra que él ocupaba se había terminado justo antes del comienzo de las lluvias, la primera vez que tenía suerte desde hacía algún tiempo. Tal como ocurría en el caso de otros representantes de la autoridad, buena parte de sus posesiones más valiosas se habían quedado en Inglaterra y se enviarían por medio de un barco almacén que, al parecer, sería el Guardian, cuya llegada se esperaba en Nueva Gales del Sur a partir de principios del año 1789. El barco llevaría más comida y también más ganado, caballos, ovejas, cabras, cerdos, gallinas, pavos, gansos y patos. Londres había sido excesivamente optimista en lo tocante a la duración de cosas tales como la harina que había transportado la flota, pues había contado con la rápida obtención de cosechas de trigo y grandes cantidades de verdura, melones y todo tipo de fruta de rápido crecimiento dentro del primer año. Pero tal cosa no iba a ocurrir y todo el mundo lo sabía, desde los situados más arriba hasta los situados más abajo. El pan duro ya se había terminado y ahora se estaban cociendo unas minúsculas hogazas hechas con una harina llena de gorgojos, y la cecina llevaba tanto tiempo en los toneles que una libra de la misma daba para cuatro minúsculas raciones una vez hervida. Y, sin embargo, se esperaba que los reclusos pudieran vivir con eso, más una pequeña cantidad de guisantes y arroz; ya no les daban pan más que los domingos, los martes y los jueves.
Las raciones se volvían a repartir a diario; nadie podía conservar a mano las raciones correspondientes a una semana sin que se las robaran, ni siquiera después de que un desesperado gobernador Phillip decidiera ahorcar a un muchacho de diecisiete años por robar comida. Los bebés y los niños delicados de salud se morían como moscas. Lo extraño era que consiguieran sobrevivir, pero algunos lo conseguían. Los huérfanos de padre y madre convictos eran muy numerosos; a todos los recogía, cuidaba y alimentaba el reverendo Johnson, el cual se alegraba enormemente de que sus depravados progenitores hubieran muerto. Pues no cabía la menor duda de que eran depravados sin posibilidad de redención… ¿si no por qué motivo Dios habría enviado un terremoto a Port Jackson acompañado de un hedor de azufre a lo largo de todo el día siguiente?
Los nativos eran cada vez más agresivos y ahora se dedicaban a robar cabras. Al parecer, las ovejas no les interesaban, quizá porque no sabían muy bien lo que había debajo de toda aquella lana. El pellejo de cabra se parecía al de canguro.
De hecho, una cabra era el origen del único problema en que se habían visto metidos los hombres de Richard. Cuando Anthony Rope, un trabajador de los almacenes del Gobierno, se casó con Elizabeth Pulley, Johnny Cross se tropezó con una cabra muerta, de la cual se apropió para ofrecérsela a los recién casados como base del festín nupcial. Con su carne prepararon una empanada marina, utilizando una corteza de pan a falta de pasta. Todo el grupo fue detenido y juzgado por haber matado la cabra más que por habérsela comido. Curiosamente, el tribunal militar se creyó los desesperados juramentos de los convictos, según los cuales la cabra ya estaba muerta; todos fueron absueltos, incluidos Johnny Cross y Jimmy Price.
Todos los barcos menos el Fishburn y el Golden Grove habían zarpado, pero Richard no escribió ninguna carta. Tenía por costumbre copiar pasajes de libros para conservar la capacidad de escribir, pero no podía escribir cartas a casa. Como si, evitando hacerlo, el dolor pudiera permanecer enterrado.
A finales de agosto llegó la primavera y cesaron las lluvias y los típicos vientos equinocciales. Las flores brotaban por doquier. De repente, muchos arbolillos y arbustos de aspecto anodino se llenaron de brillantes y lanudos globos amarillos, puntiagudos colgantes que parecían escobillas para limpiar botellas, capullos que parecían arañas de color de rosa y beige, y penachos anaranjados. Hasta los árboles más altos tenían las copas llenas de ojos enmarcados por pestañas color marfil y hojas nuevas de un delicado color de rosa. Las flores tenían casi todas un aspecto plumoso y sutil, muy distinto del de los vistosos pétalos de los capullos ingleses o americanos. Los pétalos se encontraban más bien entre la hierba, donde unos pequeños arbustos mostraban unas flores de ciclamen que parecían tulipanes en miniatura. El limpio y resinoso aire estaba lleno de mil perfumes distintos, algunos muy suaves y otros casi asfixiantes.
El 5 de septiembre apareció un cielo nocturno que muy pocos habrían visto en su vida, y tanto menos con una estructura semejante a la de aquel inmenso espectáculo de celestes fuegos artificiales. La bóveda celeste se iluminó con unos fabulosos arcos y cortinajes de los que colgaban luminosos flecos amarillo verdosos, carmesí y violeta, grandes rayos añil acero que se extendían desde todas direcciones hasta el cenit, se movían con la rapidez de un relámpago o bien permanecían misteriosamente inmóviles y radiantes. En 1750 había habido una aurora en Inglaterra, pero todos la recordaban como un simple y brumoso resplandor de vivos colores. Los marineros aseguraron a la gente al día siguiente que aquello había sido mucho más prodigioso que cualquier aurora boreal.
Los ánimos se elevaron, a pesar de que no había habido un auténtico invierno y tampoco se había registrado un acusado aumento de la temperatura. Sin embargo, las ovejas parían al igual que las cabras, y las gallinas empollaban huevos. Nada de lo cual se podía tocar, pero, por lo menos, era un augurio de prosperidad en un vago futuro. Siempre y cuando alguien viviera para verlo; las raciones no mejoraron.
Lizzie pidió y obtuvo más semillas y volvió a entregarse al cuidado del huerto con renovado entusiasmo. ¡Oh, quién tuviera una patata de siembra! No obstante, si las zanahorias y los nabos crecieran, tendrían un alimento verdaderamente sustancioso con que llenar la tripa. Puede que las verduras fueran beneficiosas contra el escorbuto, pero no saciaban el hambre.