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El gobernador Phillip había decidido enviar el Sirius a Ciudad del Cabo por más provisiones. El barco almacén Guardian era todavía una perspectiva demasiado lejana para poder abrigar esperanzas de supervivencia sin algo con que seguir adelante. El barco zarparía rumbo al este hacia el cabo de Hornos en su camino hacia allí; la decisión de regresar rodeando la Tierra de Van Diemen o el cabo de Hornos correspondería al capitán Hunter. Y el Golden Grove zarparía de Port Jackson con él, pues las existencias del almacén de licores estaban prácticamente agotadas. Primero zarparía rumbo a la isla de Norfolk con el primer contingente de convictos, siguiendo el plan de Phillip consistente en incrementar la población de la pequeña colonia con la población sobrante de la más grande.

Cuando el comandante Ross lo mandó llamar el último día de septiembre, Richard ya sabía lo que le iba a decir. Acababa de cumplir los cuarenta años y cada uno de sus cumpleaños desde el trigesimosexto lo había pasado en un lugar distinto: la cárcel de Gloucester, el pontón Ceres, el Alexander y Nueva Gales del Sur. Seguro que lo enviarían a otro sitio antes de cumplir los cuarenta y uno, aunque no esperaba que ello ocurriera tan pronto. En cuestión de unas semanas estaría en la isla de Norfolk. No le cabía la menor duda.

– Has obrado maravillas con el soldado raso Stanfield, Morgan -dijo el teniente gobernador- y nos has dejado también a dos expertos triscadores de sierras. Tenía intención de enviar a Stanfield a la isla de Norfolk, pero está muy preocupado por el bienestar de la señora Harmsworth y de sus hijos y yo estoy obligado a ocuparme no sólo de mis marinos sino también de sus mujeres, sus hijos y sus subordinados. Stanfield se quedará aquí y seguirá con los mosquetes. Tú irás a la isla de Norfolk como aserrador, triscador de sierras y armero. El teniente King ha informado a su excelencia de que su único aserrador cualificado se acaba de ahogar. Tú no eres un aserrador cualificado, Morgan, pero estoy seguro de que no tardarás en dominar el oficio. Porque tú eres así. Le he comunicado al teniente King en mis despachos que serás muy valioso para la isla de Norfolk. -Los finos labios se estiraron en una amarga sonrisa-. Como también lo serán algunos de los que irán.

– ¿Puedo llevarme a mi mujer, señor? -preguntó Richard.

– Me temo que no. No hay suficientes literas disponibles para las mujeres. Su excelencia me ha facilitado la lista de las mujeres que irán. Pienso enviar a Blackman del Alexander como segundo aserrador, pues sospecho que tendrás que afilar muchas sierras. La madera para la construcción que se utiliza en Port Jackson procede de la isla de Norfolk, hasta que podamos encontrar una fuente adecuada de piedra caliza que nos permita utilizar piedra o ladrillos. La madera de aquí es inservible mientras que las vigas y las tablas que ha traído el Supply desde allí son ideales. El Supply tuvo una travesía muy accidentada y se tiene que reparar. Por eso será el Golden Grove el encargado de transportaros a la isla de Norfolk.

– ¿Me puedo llevar mis herramientas?

Ross pareció ofenderse.

– El Gobierno de su majestad de Nueva Gales del Sur no tiene poder para privarte de un solo clavo o una sola media -dijo con la cara muy seria-. Llévate todo lo que sea tuyo, es una orden. Lamento lo de tu mujer, pero eso no está en mi mano resolverlo. El soldado raso Stanfield se las arreglará con lo que le proporcione el Gobierno, ahora que ya ha aprendido a hacer papel de esmeril y limas. Recoge tus cosas. Embarcarás mañana a las cuatro de la tarde. Espera en el muelle del este… y que no acuda mucha gente a despedirte, ¿me oyes?

El soldado raso Stanfield estaba tan ocupado con un Brown Bess que no levantó los ojos cuando Richard entró en la tienda.

– Señor Stanfield -dijo Richard.

Stanfield experimentó un sobresalto.

– ¡Ah! Sé que te vas a la isla de Norfolk.

– Sí y he recibido la orden de llevarme todas las herramientas de mi propiedad, cosa que lamento muy de veras. El comandante Ross me asegura que podréis seguir trabajando con lo que os facilite el Gobierno.

– Por supuesto que sí -dijo jovialmente Stanfield-. Te doy las gracias por tu generosidad y por el tiempo que me has dedicado, Richard. -Se levantó y le tendió la mano-. Siento que seas tú el que se vaya. De no ser por la pobre señora Harmsworth, me encantaría el cambio.

Richard le estrechó cordialmente la mano.

– Espero que volvamos a vernos, Daniel.

– Estoy seguro de que sí. No tengo intención de regresar corriendo a casa. Y la señora Harmsworth, tampoco. Más tarde o mas temprano habrá abundancia de comida, ambos estamos convencidos de que así será. Como soldado raso de la infantería de marina, tendré suerte si termino mi carrera como sargento, lo cual quiere decir que mi vida en Inglaterra sería muy dura cuando me retirara. Mientras que aquí se me ofrece la ocasión de convertirme en terrateniente en cuanto se cumpla mi plazo de tres años, y puedo cultivar la tierra. Dentro de veinte años, creo que estaré mejor en Nueva Gales del Sur que en Inglaterra -dijo Daniel Stanfield mientras ayudaba a Richard a guardar las herramientas en la caja-. ¿Cuándo termina tu condena?

– En marzo de 1792.

– En tal caso, es probable que la termines en la isla de Norfolk. Adonde no me cabe la menor duda de que seré enviado en algún momento -dijo Stanfield-. El comandante Ross no quiere tener a los marinos permanentemente estacionados en la isla, por lo que todos seremos enviados allí por turnos. Por eso tengo que convencer a la señora Harmsworth de que se case conmigo antes de que me destinen allí.

– Sería una insensata si os rechazara, Daniel. No obstante, si la historia se sigue desarrollando como hasta ahora -dijo Richard, colocando en la caja las hilas-, cuando os envíen a la isla de Norfolk, la corona ya habrá fundado otra colonia en otro sitio de esta inmensa tierra y a mí me habrán enviado allí.

– Para eso tendrán que pasar varios años -dijo el joven marino con firmeza-. Los de aquí tendrán que demostrar primero que el asentamiento de unos ingleses en un lugar tan lejano ha sido un éxito. Sobre todo, porque pocos de ellos deseaban venir o tenían otra alternativa. El gobernador está decidido a no fracasar, pero hay muchos otros no mucho más jóvenes que él que no piensan lo mismo. -Sus bellos ojos grises miraron directamente a Richard-. Confío en que esta conversación no salga de aquí.

– Por lo que a mí respecta, no -dijo Richard-. Aquí no hay nada que no se hubiera podido resolver antes de nuestra partida. Cualesquiera que sean las actitudes oficiales, la culpa de todo la tienen la falta de planificación y de órdenes precisas de Londres. Y las rivalidades entre los oficiales navales y los de la infantería de marina.

– Justamente -dijo Stanfield con una sonrisa en los labios.

Richard respiró hondo y decidió dejar su destino en manos de Daniel Stanfield.

– El comandante es una mezcla muy curiosa -dijo.

– Vaya si lo es. Ve los deberes que le corresponden tal como los vería cualquier comandante de la infantería de marina y es contrario a los deberes que no contribuyen al bienestar del Cuerpo o de los bolsillos de los marinos. Deja que los que tenemos un oficio trabajemos como carpinteros o albañiles o armeros, pero no soporta que sus oficiales presten servicio en los tribunales de justicia porque no les pagan el trabajo extra. El gobernador afirma que todos los hombres tienen el deber de hacer todo lo que la corona les exija y, en Nueva Gales del Sur, la corona es él. Y después está el capitán Hunter, que se pone del lado del gobernador por la simple razón de que ambos pertenecen a la Armada Real. -Stanfield se encogió de hombros-. Lo cual dificulta mucho las cosas.