– Sobre todo -dijo Richard con expresión pensativa- porque vos sois más adulto que la mayoría de los oficiales, Daniel. Se comportan como niños, se pelean cuando llevan unas copas de más, se baten en duelos… y se niegan a llevarse bien.
– ¿Y tú cómo sabes todo esto, Richard? -preguntó Stanfield.
– ¿En un lugar como éste, en el que no debe de haber más de mil almas? Puede que seamos delincuentes, Daniel, pero tenemos ojos y orejas como los hombres libres. Y, por muy baja que sea nuestra situación en estos momentos, todos nacimos como ingleses libres, aunque algunos seamos originarios de Irlanda o de Gales. No hay nadie de Escocia, donde no se utilizan jueces ingleses.
– Sí, éste es otro tema de discusiones. Casi todos nuestros oficiales son escoceses, mientras que los marineros pueden ser cualquier cosa.
– Esperemos que los que se queden -dijo Richard cerrando la caja de herramientas- aprendan a enterrar las diferencias que en este lugar no tienen el menor significado. Aunque dudo mucho que eso ocurra. -Tendió la mano por segunda vez-. Os deseo mucha suerte.
– Y yo a ti.
Los hombres estaban todos en casa a la hora de la cena que Lizzie había preparado. Si hubiera dispuesto de algunos ingredientes más, habría podido demostrar que era una una cocinera de primera. Pero el menú sólo consistió en un puré de guisantes y una olla de arroz. Mas una cucharada de col agria para cada uno.
Richard guardó su caja de herramientas y se incorporó al círculo de los que permanecían sentados alrededor de la hoguera; puede que no hubiera mucha madera para aserrar, pero leña para el fuego la había en en cantidad.
¿Qué hacer? ¿Cómo comunicar la noticia? ¿Convendría que se lo dijera a Lizzie en privado? Sí, por supuesto que se lo tenía que decir primero a ella en privado, por más que temiera sus lágrimas y protestas. Lizzie creería que él había pedido no llevarla consigo.
Comió en silencio, alegrándose de que nadie le hubiera visto dejar la caja de herramientas en el cuarto donde guardaban sus cosas. Tenían por costumbre guardarse una pequeña parte de su ración de guisantes con arroz para un desayuno frío, a pesar de que todos ellos se lo habrían podido comer todo sin saciar el apetito.
¿Cómo sobrevivirían sin él? Bastante bien, pensó; después de los ocho meses que llevan aquí, cada uno de ellos se ha forjado su propia vida independientemente del grupo. Sólo la comida y el alojamiento los mantienen unidos. Los hombres que trabajan en el almacén del Gobierno -que son la mayoría- mantienen excelentes relaciones con otros convictos del almacén y con el teniente Furzer, y los demás son todos unos bribones. Si por alguno de ellos me preocupo, es por Joey Long, un alma sencilla que se deja llevar por cualquiera. Rezo para que los demás cuiden de él. En cuanto a Lizzie…, sería capaz de sobrevivir al hundimiento del Royal George. Mi autoridad nunca ha sido de carácter mandón; puede que algunos ni siquiera noten mi ausencia y puede que algunos se alegren de ir por su cuenta.
– Acompáñame a dar un paseo, Lizzie -dijo cuando terminaron de cenar.
Ella lo miró con asombro, pero lo acompañó sin decir nada, consciente de que aquella noche Richard estaba preocupado por algo que no guardaba relación con nada que ella hubiera hecho, de eso no le cabía ninguna duda.
Estaba cayendo la noche, pero el toque de queda oficial era siempre a las ocho en punto a lo largo de todo el año, cuando ya había anochecido. Richard acompañó a su mujer a un lugar tranquilo a la orilla del agua y buscó una roca donde ambos pudieran sentarse. Los grillos estaban armando un alboroto tremendo entre la hierba, y las gigantescas arañas cazadoras estaban al acecho, pero no había nada más que los molestara.
– Hoy me ha mandado llamar el comandante Ross -dijo, mirando hacia el otro lado de la cala, donde la miríada de luces de la orilla oriental ardía y parpadeaba-. Me ha comunicado que mañana tendré que embarcar en el Golden Grove. Me envían a la isla de Norfolk.
Su voz le dijo a Lizzie que ella no iba a acompañarlo, pero, a pesar de todo, Lizzie no pudo evitar preguntarlo.
– ¿Iré contigo?
– No. Pedí que te permitieran acompañarme, pero me dijeron que no. Al parecer, el Gobierno ya ha elegido a otras mujeres.
Una lágrima cayó sobre la roca que todavía conservaba el calor de los últimos rayos de sol; le empezaron a temblar los labios, pero luchó valerosamente por conservar la calma. A Richard, aquel hombre tan misterioso, no le habría gustado que armara una escena. No quería destacar por encima de los demás y hacía todo lo posible por ocultar sus cualidades y aptitudes. Nada sería capaz de sacarlo de su armadura, nada lo puede debilitar, nada lo puede apartar de lo que él considera su objetivo. Y yo tampoco soy nada a sus ojos, a pesar de que se preocupa sinceramente por mi bienestar. Si alguna vez tuvo alguna luz en su interior, ahora la ha apagado. No sé nada de él porque nunca habla de sí mismo; cuando se enfada, sólo se nota en la clase de silencio que mantiene, tras lo cual procura salirse con la suya por otros medios. Estoy segura de que, desde su propia mente, consiguió introducir su nombre en la mente del comandante Ross. Pero ¿qué bobada estoy diciendo? ¿Cómo puede una mente influir en otra sin necesidad de lenguaje, miradas y proximidad? Sin embargo, yo sé que él lo puede hacer. ¿Qué otro hombre de este lugar ha conseguido ganarse al comandante Ross? Sin adularle ni darle coba… Bueno, al comandante Ross no se le puede engañar, tal como saben muy bien todos los que lo han intentado. Se quiere ir. Richard se quiere ir. Estoy segura de que pidió permiso para que yo lo acompañara, pero también estoy segura de que él sabía que la respuesta sería que no. Si fuera un malvado, diría que ha vendido su alma al diablo, pero no hay en él la menor maldad. ¿Le ha vendido el alma a Dios? ¿Compra Dios las almas?
– No importa, Richard -dijo, procurando que su voz no dejara traslucir el dolor que sentía-. Vamos a donde nos envían porque no somos libres de elegir. No nos pagan por nuestro trabajo y no podemos insistir en que nos den lo que queremos. Seguiré viviendo aquí y cuidando de nuestra familia. Si me comporto bien y con honradez, no pueden obligarme a regresar al campamento de las mujeres. Soy una mujer casada, separada de su marido por un capricho del gobernador. Y he llegado a un acuerdo muy favorable con el teniente Furzer en la cuestión de las verduras, por lo que éste no querrá que me devuelvan al campamento de las mujeres. Sí, todo irá bien. -Lizzie se levantó rápidamente-. Y ahora, vamos a decírselo a los demás.
Fue Joey Long el que lloró.
Poco después del amanecer, el afligido rostro de Joey se ilumino con una sonrisa de felicidad; el agente Thomas Smyth se presentó para comunicarle que sería trasladado a la isla de Norfolk a bordo del Golden Grove, por lo que tendría que recoger sus pertenencias y dirigirse al muelle oriental para embarcar a las cuatro en punto de la tarde… También debería evitar que lo fuera a despedir mucha gente.
La recogida de sus pertenencias fue más rápida que la de las de Richard, pues le cabían casi todas en la caja. Lo que tenía que hacer Richard era elegir los libros que se iba a llevar y los que dejaría en Port Jackson para Will, Bill, Neddy, Tommy Crowder y Aaron Davis. La colección había crecido enormemente, gracias sobre todo a lo mucho que Stephen Donovan se había esforzado en recoger los libros que los oficiales de infantería de marina y los soldados se habían dejado en el Sirius. Al final, Richard decidió llevarse los que, a su juicio, le resultarían más prácticos, junto con los que el primo James el clérigo le había regalado. Lo que él necesitaba era la Encyclopaedia Britannica, pero eso tendría que esperar a que él escribiera a casa pidiendo que se la enviaran junto con el libro de Jethro Tull sobre el cultivo de los campos, escrito cincuenta y cinco años atrás, pero considerado todavía la biblia de todos los agricultores. ¡Algún día tendría que escribir a casa! Pero todavía no. Todavía no.