La lancha del Golden Grove estaba aguardando junto al pequeño embarcadero precipitadamente construido, idéntico al que ya había en la orilla occidental de Sydney Cove; allí embarcarían también otros diecinueve convictos, a algunos de los cuales Richard los conocía muy bien del Alexander. ¡Entre ellos, Willy Dring y Joey Robinson de Hull! Y también John Alien y su amado violín… Disfrutarían de buena música en la isla de Norfolk. Bill Blackall, un tipo bastante taciturno de la banda de estribor. Len Dyer, un cockney que vivía en la zona de proa, un sujeto bastante agresivo y muy dado a los arrebatos de violencia. Will Francis, compañero del Ceres y también del Alexander, un motivo constante de preocupación para las autoridades. Jimmy Richardson, también del Ceres y del Alexander, otro taciturno; en el Ceres, él y Dyer se alojaban una cubierta más arriba, entre los londinenses. Los demás eran desconocidos que habían viajado en otros barcos, procedentes de otros pontones.
Hay una solución a esta ecuación humana que el tiempo me dará, pensó Richard mientras se instalaba con Joey Long y MacGregor en la popa. Cuando vea qué mujeres ha elegido personalmente el gobernador, la respuesta estará más clara.
Puesto que el Golden Grove era un barco almacén, no disponía de alojamientos como los de los bajeles negreros; los hombres fueron conducidos a la escotilla de popa y se encontraron en una cubierta inferior en la que sólo había unas hamacas. El resto de la carga que transportaba aquel barco de dos puentes a la isla de Norfolk se almacenó más abajo. Dejó a Joey Long y a MacGregor al cuidado de sus pertenencias y subió a cubierta.
– Volvemos a reunimos -dijo Stephen Donovan.
Al verle, Richard se quedó boquiabierto de asombro.
– Cuánto me alegro de verte por una vez sin saber qué decir -ronroneó Donovan, tomando a su amigo del brazo para acompañarlo hacia la proa.
– Johnny, te presento a Richard Morgan. Richard, éste es mi amigo Johnny Livingstone.
Una sola mirada fue suficiente para que Richard comprendiera el motivo de la atracción: Johnny Livingstone era delgado y elegante y tenía una mata de dorado cabello rizado y unos grandes y lánguidos ojos verdes, orlados por unas largas pestañas negras. Tremendamente agraciado y probablemente un buen chico, destinado, en caso de que llevara en la mar desde la infancia, a convertirse en el juguete de toda una serie de oficiales navales. Tenía pinta de sirviente como los tres que había en el Alexander, todos ellos propiedad del mayordomo Trimmings, el cual no debía de ser con ellos ni amable ni considerado.
– No puedo estrecharos la mano, señor Livingstone -dijo Richard sonriendo-, pero me alegro mucho de conoceros. -Se acercó a la barandilla para apartarse un poco de la pareja de hombres libres, pues otros convictos habían subido a cubierta y los estaban observando con curiosidad-. Pensé que estabais en el Sirius.
– Camino del cabo de Buena Esperanza rodeando el cabo de Hornos -dijo Donovan, asintiendo con la cabeza-. Lo malo es que a bordo del Sirius no somos tan necesarios como en la isla de Norfolk. Su excelencia no dispone de suficientes hombres libres para trabajar como supervisores de los convictos, pues el comandante Ross le ha hecho saber con toda claridad que el cuerpo de infantería de marina no está dispuesto a permitir que en sus servicios de guardia se incluyan los servicios de supervisión. Por consiguiente, la corona me ha nombrado supervisor de convictos en la isla de Norfolk. -Bajó la voz y arrugó expresivamente el entrecejo-. Sospecho que el capitán Hunter pensó que le gustaría llevar a cabo un largo crucero en compañía de Johnny y sugirió personalmente mi nombre al gobernador. Pero, por desgracia, Johnny optó por trasladarse también a la isla de Norfolk. El capitán Hunter se ha retirado soltando maldiciones, pero estoy seguro de que buscará la ocasión de vengarse.
– ¿Qué vais a hacer en la isla de Norfolk, señor Livingstone? -preguntó Richard, resignándose al hecho de que sus compañeros convictos lo vieran conversando amistosamente con dos hombres libres un poco demasiado… libres.
El señor Livingstone no hizo el menor intento de contestar; Richard observó que era en extremo tímido y vergonzoso.
– Johnny es muy hábil en el manejo del torno de ebanistería, uno de los cuales -probablemente el único, sabiendo cómo actúan en Londres- se encuentra a bordo para su utilización en la isla de Norfolk. La madera de Port Jackson no se puede trabajar con torno, a diferencia de la de pino.
»El hecho de que su excelencia accediera al deseo de Johnny de abandonar el Sirius se debe a los balaustres de la nueva casa del Gobierno… Johnny los moldeará en el mismo lugar de origen de la madera, al igual que otros muchos útiles objetos de madera que su excelencia necesita.
– ¿No sería mejor hacer el trabajo en Port Jackson?
– No hay espacio para la madera en los barcos que navegan arriba y abajo entre las dos colonias. Cada barco está cargado hasta las regalas de madera destinada a mejorar los alojamientos de los infantes de marina y de los convictos.
– Claro. Hubiera tenido que suponerlo.
– Y aquí están las señoras -anunció alegremente Donovan.
Había once mujeres en la lancha. Richard las conocía a casi todas de vista a través de Lizzie, aunque no personalmente. Mary Gamble, la que le había dicho al capitán Sever que le besara el coño y había humillado a los hombres que se enorgullecían de su masculinidad, burlándose de ellos en toda la medida que le permitía su mordaz lengua; su espalda aún no había tenido tiempo de sanar cuando la volvían a azotar. Ann Dutton, amante del ron y de los infantes de marina y que iba siempre en busca de lo segundo para conseguir lo primero. Rachel Early, una zarrapastrosa, capaz de pelearse armada con una barra de hierro. Elizabeth Cole, que se había casado con un compañero convicto poco después de llegar a Port Jackson y había sido tan gravemente golpeada por éste que el comandante Ross había intervenido y la había enviado al campamento de las mujeres como lavandera. En caso de que las otras siete fueran como ellas, su excelencia se libraría de muchas molestias, aunque estaba muy claro que Elizabeth Cole había sido trasladada a mil cien millas de distancia de su marido por pura compasión.
Qué travesía tan entretenida vamos a tener, pensó Richard, lanzando un suspiro mientras contemplaba cómo acompañaban a las mujeres a la escotilla de proa.
El Golden Grove zarpó al amanecer del 2 de octubre de 1788 en compañía del Sirius hasta que ambos veleros dejaron atrás los Heads. Después, el Golden Grove viró en busca de un viento que lo impulsara hacia el nordeste mientras el Sirius aprovechaba la corriente costera del sur en busca de la ruta oriental que lo llevaría al cabo de Hornos, a cuatro mil millas al este.
Cuando cinco días más tarde el velero se estaba acercando a la isla de Lord Howe, Richard ya había resuelto la ecuación. Tal como ya sospechaba, el gobernador se había querido librar de una molestia. No necesariamente porque hubiera problemas disciplinarios como en el caso de Mary Gamble y Will Francis. No, la mayoría de los convictos habían sido todavía más desgraciados, pues estaban considerados unos desequilibrados mentales. Sólo las características de cuatro de los hombres se ajustaban a lo que se decía de ellos en el manifiesto del barco: eran jóvenes, fuertes, estaban solteros y eran unos enamorados de la mar. Serían los tripulantes de la batea de pesca de la isla de Norfolk. En cuanto a él, Richard no sabía muy bien por qué razón lo habían elegido. No era aserrador y, sin embargo, figuraba como tal en la lista. ¿Acaso el comandante Ross había adivinado que ya estaba cansado de Port Jackson? Y, en caso de que así fuera, ¿dónde estaba la diferencia? Todo el mundo estaba harto de Port Jackson, incluso el gobernador. En su fuero interno tenía la impresión de que el comandante Ross lo estaba guardando como se guarda el dinero en el banco… como reserva para el futuro. Bueno, tal vez…